A todos nos gusta sentirnos seguros en cualquier ámbito de nuestra vida, sobre todo en las relaciones de pareja. El problema ocurre cuando lo hemos pasado tan mal en una relación anterior que evitamos pasar por lo mismo en la relación que comenzamos con otra persona y sin querer se apodera de nosotros el mierdo a que te hagan daño en el amor de nuevo.
Han sido tantas las desilusiones y el sufrimiento experimentado que tememos revivirlo de nuevo; sobre todo si tras la ruptura, las heridas no han sido sanadas adecuadamente y esa etapa no quedó concluida. De esta forma, el pasado estará presente en la nueva relación de pareja de forma constante y cualquier gesto, palabra o acto que nos recuerde a lo que ya vivimos pone en marcha la señal de alarma.
El problema es que nuestra mente no siempre acierta y aunque su intención sea protegernos del sufrimiento, en ocasiones acaba por boicotearnos sin que nos demos cuenta.
Tenemos pánico a sufrir, a pasarlo mal y a decepcionarnos. A que el futuro que nos imaginamos con la otra persona se derrumbe porque al final no sucede como esperamos, a que tras entregarnos y mostrar nuestras vulnerabilidades no nos valoren como habíamos pensado.
Lo que olvidamos es que amar es un acto que conlleva riesgo e incertidumbre y que experimentar miedo es mucho más normal de lo que pensamos porque en cuestiones de amor nada está asegurado.
Lo importante es impedir que el miedo nos gobierne y que tome las decisiones en nuestra relación, porque si nos fiamos de sus argumentos es muy probable que nuestra relación se deteriore y llegue a su fin. Por lo tanto, es mucho mejor que expresemos a nuestra pareja cuáles son nuestros temores.
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Si no lo hacemos, podemos vernos inmersos en una espiral de creencias negativas que terminarán por hacernos sentir mal lo que puede provocar una barrera de distanciamiento con nuestra pareja.
Por lo tanto, liberarnos de ese miedo a que nos hagan daño es fundamental para construir un vínculo sano. Porque aunque en el pasado lo hayamos pasado mal, no significa que siempre vaya a suceder lo mismo ni que tengamos que cambiar nuestra forma de ser y actuar. Ni la persona es la misma, ni la relación tampoco y eso no podemos ignorarlo.
Es fundamental trabajar con uno mismo y enfrentarse a las heridas del pasado, a ese sufrimiento que atravesamos y al que quizás todavía no hemos puesto punto y final.
El primer paso es reflexionar sobre qué tememos de forma concreta. Hay que ir más allá del temor a que nos hagan daño y descifrar a qué tenemos pánico. Quizás sea que nos abandonen de nuevo o que rechacen nuestra forma de ser, la cuestión es profundizar para saber qué hay detrás.
Además, es importante tener presente que el sufrimiento es inevitable. Todos en mayor o menor medida sufrimos en algún momento de nuestras vidas, no podemos escapar de ello. Lo importante es la actitud que tomamos para hacerle frente.
Otro aspecto importante es aprender a gestionar nuestras emociones. La tristeza, la rabia, la ira, los celos o la frustración son indicadores de cómo nos encontramos que guardan información sobre nosotros. De ahí que expresarlas sea lo más adecuado, eso sí sin dejarse llevar por los extremos, es decir, regulándolas. Por ejemplo, los celos se asocian con la inseguridad y la baja autoestima.
Una de las mejores estrategias para hacer frente al miedo a que nos hagan daño es expresar cómo nos sentimos a nuestra pareja. ¿Por qué? porque solo así podrá ayudarnos, comprendernos, despejar nuestras dudas y conocernos.
Y no solo esto, tener presente que amar conlleva riesgos, esfuerzos y tiempo para crear un vínculo que no tenemos la seguridad de que vaya a perdurar es fundamental, pero también es lo bonito porque a pesar de esa incertidumbre queremos apostar por ello. Esto implica aceptar y empatizar y por supuesto, quererse con responsabilidad.
Texto de: Gema Sánchez Cuevas, psicológa.
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