
A primera hora de la mañana, empezó a posar tras un buen madrugón. Si hubiéramos parado a comer ya nos tendríamos que decir «buenas tardes», pero no ha habido tiempo aún. Y sin embargo, si Belén Rueda (Madrid, 1965) fuera un smartphone ahora mismo tendría la batería al 97%. ¿Cómo lo consigue? Entregándose en cada momento. «Hay una mala costumbre que tenemos los actores –explica durante una pausa–. Cuando repites una toma quieres quedarte con una cosa que te gustó de una anterior y quitar otra que no te convence. No, cada vez que ruedas tienes que vivirlo. Puedes creer tener una sensación, pero la pantalla capta otra cosa. Las emociones son tan fuertes que cuesta esconderlas».
En boca de otra actriz, estas palabras podrían interpretarse como una lección de oficio de una ilustre veterana, una estrella indiscutible con un Goya y una carrera de éxitos en cine y televisión. Lo que de hecho es Belén Rueda. Sin embargo, todo lo que comparte viene siempre acompañado por un halo de asombro, como si a pesar de llevar más de tres décadas poniéndose delante de una cámara aún le sorprendiera lo que se produce en ese encuentro. Ella, que incluso desde su apellido, parecía predestinada a moverse en platós y rodajes, no da nada por asumido. Ni siquiera su propio estatus.
Durante la conversación, entrelaza recuerdos de sus trabajos sin jerarquizarlos. Tanto había de ella en la presentadora de Vip Noche en Telecinco –«casi nadie se acuerda de que lo empecé presentando con José Luis Moreno y que Emilio [Aragón] llegó después»–, como en la sitcom familiar Los Serrano o en la gran revelación que supuso su papel en la película Mar adentro, de Alejandro Amenábar.
De todas esas experiencias atesora momentos. También algo de memorabilia. Por ejemplo, de Periodistas se quedó con el letrero de Crónica, el diario en el que trabajaba con José Coronado, Álex Angulo, María Pujalte o Pepón Nieto. Tras repartirlo con gente del equipo, en su casa hoy sólo tiene un «CA».
En aquella serie, además de Belén dando sus primeros pasos como actriz, había una jovencísima script, Carlota Pereda. «Me fascinaba porque Carlota era muy cinéfila, una auténtica enciclopedia», reconoce la actriz. Han pasado 25 años y, tras debutar como directora con Cerdita en 2022, Pereda tenía muy claro quién debía protagonizar su segunda película, La ermita, una historia sobre miedos infantiles, espíritus del más allá y fenómenos paranormales. Si alguien está pensando «un momento, esto ya lo he visto antes» es comprensible, pero se estará equivocando. Esta no es otra película de terror de Belén Rueda, la reina del género.
«Me gusta hacer cosas muy diferentes», introduce y, dominando el suspense con la pausa justa, añade: «Y sobre todo, me gustan los retos». En La ermita (estreno, 17 de noviembre), el gran desafío ha sido interpretar el personaje más desagradable de su filmografía. Se trata de Carol, una mujer, que se hace pasar por medium, a pesar de no tener ninguna fe en los muertos y mucho menos en los vivos. Con medio rostro quemado y tuerta de un ojo, es una bruja moderna que ha supuesto largas sesiones de maquillaje y caracterización. «Justo me acababa de operar de presbicia el ojo que me taparon, así que además me dejaron sin apenas poder ver», cuenta entre risas.
Aunque seguramente la gran transformación no es tanto física como de actitud. Carol bebe y maldice como el capitán Haddock, pero con peor humor. Con su abrigo de pieles, tiene un punto incluso a lo Cruella de Vil animada, solo que menos simpática. Este alarde de mal genio y bordería además lo despliega delante de una niña acosada por fantasmas, que asiste aterrada a la inminente muerte de su madre.
«Cuando me tocaban secuencias con Maia [Zaltegui, la actriz de ocho años que interpreta a Emma], sin querer me salía la ternura, el espíritu protector. En cuanto Carlota decía «corten», justo después de haberle dicho algo horrible a la niña, me daba cuenta de que debía haberlo hecho muy bien porque la pobre me miraba aún con auténtico terror. Los parámetros a esas edades, cuando son tan pequeños, son diferentes: si alguien es desagradable con ellos, se dan la vuelta y se van. Siempre se acercan a quienes les tratan con cariño».
Para alguien con una tendencia natural a complacer a los que la rodean, convertirse en lo opuesto es una oportunidad que no se puede dejar escapar. «Todos tenemos dentro a esa persona, por mucho que luego en tu vida potencies más una faceta u otra. En mi caso, profundizar en ese lado oscuro es muy interesante», explica Belén. «Antes de ponernos a rodar, he actuado así para ponerme a prueba y mis compañeros se han quedado sorprendidos. He intentado aguantar sin justificarme, sin decir que estaba de broma o ensayando, pero no he podido».
Es algo en lo que sigue trabajando cada día. «Le he dado muchas vueltas a este personaje, al comportamiento que yo nunca tendría. Ahora comienzo a entender que no tiene que ver con lo que otros pensarán de mí». ¿No es eso darse permiso a ser actriz? «Sí, pero luego me quedo con ese runrún en la cabeza». Entonces, ¿le sigue preocupando caerle bien a todo el mundo? «Ahora ya no, me voy a mi casa y me da igual», concluye con voz grave.
Para continuar ese proceso de madurez y crecimiento, ha encontrado un eco de sí misma en sus dos hijas, Belén (29 años) y Lucía (24). Especialmente en la mayor, que ha seguido sus pasos como actriz y con quien trabajó en la serie Madres. Amor y vida. «Veo muchas reacciones en ella que no recordaba que yo también tuve cuando empezaba. Hay días en los que vuelve súper contenta, muy segura, diciendo: «Guau, qué bien lo he hecho todo»; y otros en los que no entiende por qué el director o la directora se han ensañado tanto con ella. Es natural, porque los rodajes están vivos, los directores tampoco siempre tienen aún claro lo que quieren o lo que están buscando en ti. Lo hablo mucho con ella, para que vea que no todo se reduce muchas veces a nuestro trabajo y me reconozco a mí misma en mi hija. Yo conservo algo de esa inseguridad, pero ahora la sé esconder mejor».
Belén Rueda recuerda perfectamente el rodaje de Mar adentro, cuando le asaltaban las dudas y los miedos. Era su primer papel en cine, compartía secuencias con un Javier Bardem que había estado nominado al Óscar y detrás de las cámaras estaba Alejandro Amenábar, que venía de dirigir a Nicole Kidman. «Me sentía realmente perdida y más de una vez me fui al camerino después de rodar para que no me vieran llorando», cuenta la actriz.
«Hubo una secuencia en concreto, en la que yo miraba unas fotos de Ramón Sampedro a lo largo de su vida y entendía su tristeza, los motivos por los que quería morirse. Estaba muy metida y me cayó una lágrima por el ojo izquierdo. Entonces, vino Alejandro y me dijo que le había encantado y que quería repetirlo cambiando la luz. Yo, súper concentrada, recordando por qué ojo tenía que caer la lágrima, y lo volví a hacer igual. Estaba encantada, lo había logrado. Pues al día siguiente Alejandro me dijo que íbamos a repetir otra vez la secuencia completa. Me entró una inseguridad horrible y, aunque él me decía que era por un tema técnico, yo estaba convencida de que era una excusa».
Para alguien tan acostumbrada a pasarlo mal en la pantalla ante el terror a lo desconocido, ha habido uno muy presente casi desde el inicio de su carrera: el miedo a no trabajar pasado la frontera de la cuarentena. «Te lo meten en la cabeza y te lo puedes llegar a creer. Estrené Mar adentro cuando cumplí los 40, porque empecé tarde a hacer ficción. No era sólo que me lo contasen, es que lo veía en otras actrices: que de repente dejaban de trabajar. Acababa de entrar en el cine y ya veía que esto se me iba a acabar. Afortunadamente, tenía gente a mi alrededor que impidió que me montara yo mis propias películas de terror».
Ese círculo de confianza también evitó que creyera que el trabajo estaba garantizado. «Me sucedió en realidad sólo una vez, con Los Serrano, pero en cuanto regresaba a casa después de las grabaciones volvía a la realidad. Cuando tienes que perseguir a tus hijas en la vida real para que hagan los deberes, con las broncas de cada día, no te da tiempo para tonterías», explica la actriz.
Además del estreno de La ermita, Belén volverá este invierno a representar Salomé en los escenarios. Estrenada en el pasado Festival de Mérida, es la segunda obra de teatro en la que se pone a las órdenes de Magui Mira, una mujer en la que ha encontrado una aliada y de la que habla con una tremenda admiración. «Conserva una energía que me fascina y siento que está contando a través de mí muchas cosas que en su momento, cuando tenía mi edad, no le permitieron. Me pasa con ella como con Petra Martínez, con quien coincidí en La princesa de Éboli. Son mujeres que han tenido una vida más difícil, en la profesión pero también en la calle, y que mantienen una ilusión y una creatividad impresionantes aunque las fuerzas ya no sean las mismas».
En el caso de Belén Rueda, que conserva su figura de bailarina y da muestras durante la sesión de una resistencia de atleta de fondo, parece que se ha invertido el paso del tiempo. «¿Por qué hablamos del físico siempre enfocado en lo de estar guapa o parecer más joven? Da la sensación de que te machacas solo para eso, cuando yo lo que quiero es poder utilizar mi cuerpo, mi fuerza, para seguir transmitiendo cosas a través de los personajes». ¿Podemos esperar entonces verla como a Charlize Theron en una película de acción? «Me gustaría, pero luego me pasa como recientemente en El silencio de la ciudad blanca, que con tanta carrera tuve un desgarro muscular. Yo le decía a Daniel Calparsoro, el director: «¿No podríamos hacer alguna vez que los personajes se tomen un cafecito, en vez de estar corriendo todo el rato?».
A pesar de lo que dice, a continuación lamenta que no le dejen hacer más escenas arriesgadas. Si por ella fuera, saltaría de un edificio en llamas con el entusiasmo de una novata, pero ya sin las inseguridades ni los fantasmas del pasado. ¿Cuál es el secreto para mantener intacto el entusiasmo? «Si no te lo crees tú, no lograrás que los demás se lo crean. Cuando decides hacer algo, te tienes que entregar al 100%». Llevamos una hora hablando y, no sé cómo ha pasado, pero Belén Rueda se ha recargado sola.