Rocío Aguirre viste chaqueta y pantalón de Gucci y pendientes de Unode50. /
Tiene 33 años, pero es difícil que Rocío Aguirre (Santiago de Chile) firme algún día un autorretrato tan amplio e intenso. Uno en el que, paradójicamente, jamás muestra su rostro. La fotógrafa cuenta su vida a través de fotografías en Rocío [2008-2022] X ROCÍO AGUIRRE (Paripé Books), un libro –también una exposición presente en PHotoEspaña 2023 hasta septiembre– que recorre los diferentes pasos de su travesía y de su vida privada, en los que reconstruye con imágenes el puzle que supone la madurez.
«Al comienzo veía el amor y el sexo de forma más naíf, pero con el paso del tiempo, en las fotos te das cuenta de que hay una evolución como persona y como fotógrafa. Cuando empezaba tenía menos dinero, compraba los carretes más baratos, que tenían una gama tonal súper verde, y por eso todo es muy frío y verdoso. A medida que empecé a ganar dinero, fui a por carretes Kodak, que eran más cálidos. También se advierte la evolución de las ópticas, el tipo de encuadres que hago, el mensaje que quiero dar... Está todo más pensado», asegura.
«En definitiva, es un diario de vida íntimo y personal, en el que cualquier persona de mi generación se puede sentir identificada por la mirada que ofrece, aunque creo que es un trabajo muy femenino», añade. Al no tener texto, Aguirre quiso que fueran diferentes personas las que explicaran, cada una a su manera, su visión del libro. «Como es un trabajo tan personal, pensé que ya estaba dando demasiada información y que lo mejor sería que otros hablaran por mí, porque de lo contrario, sería un ego trip incluso desagradable», confiesa entre risas.
Una de las firmas es la del músico C. Tangana (Pucho), su pareja desde hace tres años, que con sus palabras nos descubre la privacidad que rodea a la obra: «Me dijo que quería recuperar las fotos y los negativos que había estado guardando desde la adolescencia, desde que tomó la decisión de convertirse en fotógrafa. Recuperar todo este material suponía un viaje por antiguas casas familiares, amigos y amantes. Cajones de mesillas de noche, altillos, sobres de revelado dentro de álbumes vacíos, discos duros. Y también un viaje por conversaciones personales, claro. El proyecto del libro venía de largo, había sido una idea intermitente hasta esa mañana en la que me dijo que se iba para Chile y casi me da un ictus», escribe el músico. Ambos posaron juntos por primera vez en los Latin Grammy de 2021, pero desde entonces han aparecido en contadas ocasiones juntos en actos públicos.
« Me da mucho miedo la etiqueta de novia de [C. Tangana], pero lo llevamos de manera útil. El que haya participado en el libro es bonito, porque siento que se ha integrado en un proyecto mío, del mismo modo que yo lo he hecho en algunos suyos. Soy quisquillosa con que se metan en mi intimidad, que es algo sagrado», dice tajante Rocío Aguirre, que en marzo de 2020 dirigió el documental Vuelve a casa, en el que el músico nos mostró su lado más íntimo.
Otro de los textos del libro los firma su fotógrafo preferido, Martin Parr. «Me he inspirado mucho en quienes dejaron atrás lo académico y han abierto la posibilidad a otro tipo de fotografía que tenga espacio sin tener que estar súper bien compuesta ni perfecta. Le da mayor cabida al punk, y mi mirada y mi humor tienen que ver con eso. Por eso me encanta Parr, que se ríe de la ultra globalización y del white trash», señala.
El caso de Rocío no es el de los controvertidos nepo babies que se hacen conocidos tras haber estado experimentando con la cámara desde su cuna dorada. El que su trabajo sea eminentemente analógico no se debe a un postureo estético ni al hecho de que ahora esté de moda, sino a que fue cómo se adentro en el universo de la fotografía.
Su familia tenía una agencia de publicidad en el Sur de Chile, pero ella no era «otra niña bien» con una puerta abierta hacia el futuro: «No era algo ultra glamouroso, hacían anuncios de lavadoras, pero ahí descubrí que la fotografía era algo de lo que podías vivir, no solo un hobby. Mi padre me regaló una cámara compacta de esas de los 90 que están de moda otra vez. Ahora veo aquellas fotos que hice de mi papá y del mar y veo lo pequeña que era por altura desde las que las tomaba», explica emocionada.
Sobre el avasallador triunfo de la fotografía digital, asegura que en realidad, le da pena, pero no por lo que cabría pensar. «No tenía dinero para poder comprarme una cámara digital: la foto analógica me eligió más a mí que yo a ella –reconoce–. En la universidad, un amigo me dejó su cámara analógica para que hiciera los ejercicios, pero tenía que trabajar el doble que el resto de mis compañeros y eso me daba rabia. Al final, se convirtió en mi sello, porque era la única que hacía analógica, aunque en las revistas nadie las quería».
Refugiada tras la cámara, tiene sentido saber si le inquieta cuando tiene que posar para otros. «Me divierte, porque juego y me disfrazo de un personaje, pero no me siento del todo cómoda. Tengo la impresión de que la sociedad nos vende que parte de ser mujer implica estar obligada a ser guapa. El otro día pensé en la de fotógrafos, no muy agraciados, que están haciendo campañas muy potentes y que ni tienen que ir a eventos, ni pisar alfombras rojas, ni ser guapos. Pudiera parecer que, porque soy mujer y joven, tengo que encajar de esa manera. Te puedes aprovechar de eso, pero es un arma de doble filo».