Muchas personas al ver a sus conocidos en las redes sociales no les reconocen. /
Mientras Mark Zuckerberg hace cajas para mudarnos al Metaverso (ese más allá virtual que promete revolucionar para siempre la forma en la que nos relacionamos), las búsquedas para silenciar a nuestros seres queridos en las diferentes redes sociales también aumentan. Google acumula casi 45 millones de entradas al respecto, en las que tanto se detallan los pasos secretos a seguir, como se celebra, entre la culpa y el orgullo, haber tenido la determinación para hacerlo.
No es personal: simplemente, hay gente a la que adoramos en la vida real que, a ese otro lado, no nos cae tan bien. «Cuanto más tiempo paso mirando lo que escribe en Internet, menos logro hablar con él. Mi marido se ha convertido en un extraño», confesaba uno de los personajes de Delphine de Vigan en Las lealtades (Anagrama, 2018), al descubrir que su pareja, el mismo con el que convive y a menudo está de acuerdo, se convertía en redes en un trol agresivo, machista y homófobo. «¿Hasta tal punto se puede transformar alguien?».
La pregunta que nos plantea la escritora francesa en la ficción es la misma que nos ha surgido cuando entramos en Instagram o TikTok y no reconocemos esas caras aparentemente familiares: ¿ quién es toda esta gente?
Lily Collins, en la serie Emily in Paris (Netflix) /
Para la psicóloga Ana Belén Medialdea, especialista en terapia breve estratégica y uno de los perfiles más populares de Instagram (@Anapsicologamadrid), la distancia aporta una sensación de protección que desata la valentía. «Le ocurre con bastante frecuencia a las personas que tienen miedo al rechazo: la pantalla les da esa seguridad que necesitan para compartir sus sentimientos u opiniones».
La experta insiste también en la importancia de que, en el proceso, contengamos la imaginación: «Nuestro yo digital y real tienen que tener nuestros mismos valores y los «pies en la tierra». Si inventamos una serie de características personales que carecemos o un estatus económico que no es real, nos engañaremos a nosotros mismos y podremos generar una gran crisis de identidad». Pero practicar la honestidad en un espacio que monetiza la exposición y nos devuelve una versión mejorada de nosotros mismos no es sencillo. Las redes tienden a la performance porque siempre hay un público dispuesto a observar y aplaudir.
Imagen de Descubriendo a Anna (Netflix) /
Sentimos la necesidad de ejecutar nuestra mejor actuación para impresionarlos y eso requiere cierto grado de autoengaño. «La locura cotidiana perpetuada en internet es la locura que conforma ese diseño arquitectónico, que ubica la identidad personal en el centro del universo. Es como si nos hubiesen colocado en un puesto de observación desde el que se tiene una panorámica completa del mundo y nos hubiesen entregado unos prismáticos que convirtiesen todo lo que vemos en un reflejo de nosotros mismos», advertía de ese poderoso efecto espejo Jia Tolentino, en su ensayo El yo en Internet. «Las redes se alimentan del deseo íntimo, favoreciendo un juego entre lo que soy y lo que quiero ser –coincide la socióloga y experta en neurolingüística, Alicia Aradilla–.
Si solo conozco de ti lo que publicas en Instagram, es fácil construir un personaje. Pero si puedo contrastar esa información en la vida presencial, el avatar puede debilitar nuestra relación. Creemos que nos alejamos de la gente que piensa distinto, pero también lo hacemos de la gente que nos resulta incongruente porque dinamita nuestra confianza», advierte.
Las redes sociales se han convertido en puro postureo. /
Otro motivo que puede erosionar la amistad es el postureo ético que recorre el universo digital. El término –acuñado por los conservadores para criticar a la izquierda estadounidense– encapsula esa imperante necesidad de posicionarnos políticamente y exhibir nuestro compromiso social. Todos esos mensajes nos estallan en forma de proclamas por nuestro feed y lo único que podemos hacer es levantarnos e irnos.
Porque no hay un gesto más teatral (y vengativo) que un unfollow. «Internet no genera comunicación sino información: potencia esferas de la misma opinión que no contemplan escuchar otras voces u otras maneras de pensar», explica Aradilla. Para la socióloga, ese exceso de información es el principal problema. «Compartimos datos que son irrelevantes para la calidad de la relación y, a veces, incluso la deteriora. Podemos ser muy buenas amigas, pero cómo te sirvan la espuma del café o ver tus pies en la playa no es importante para mí».
Mark Zuckerberg presentando en sociedad a su avatar en el Metaverso /
Si las relaciones en la vida normal se desgastan por caer en la rutina, Instagram nos abre la puerta a la cotidianidad de nuestros amigos, pero solo nos invita a mirar. «Imagínate que a alguien que quieres le encanta una cadena de televisión que a ti no te gusta; ¿no ver lo mismo estaría mal? A veces, es necesario silenciar a quien que queremos si no nos gusta ver su contenido. Es importante que aprendamos a hacer un uso saludable del contenido que visualizamos –explica la psicóloga Ana Belén Medialdea–. Normalicemos que silenciar a alguien no es sinónimo de silenciarlo de tu vida». Al fin y al cabo, los buenos amigos se reconocen en el silencio.