El frío y los constantes cambios de temperatura son los dos factores que más secan la piel en invierno. El problema es que la sequedad también suele venir acompañada de rojeces, tirantez e irritación , que aparecen porque la barrera cutánea –es la capa protectora de la piel; compuesta por ceramidas, ácidos grasos y lípidos, funciona como un escudo protector y, además, absorbe y mantiene la humedad para prevenir la deshidratación– no está funcionando como debería.
En invierno las bajas temperaturas, la calefacción y los cambios bruscos entre frío y calor rompen esta capa protectora, creando grietas en la piel, sequedad e inflamación, aunque también puede aparecer acné persistente y descamación. “No nos llegan bien los nutrientes, los capilares están muy cerrados y la circulación sanguínea y linfática no es la mejor. Por eso necesitamos estimular la producción de proteínas dérmicas y, por supuesto, un extra de hidratación y protección”, asegura la experta en piel Carmen Navarro.
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Para reconstruirla lo primero que tienes que hacer es evitar los activos excesivamente agresivos y usar cosméticos suaves. Comienza sustituyendo el limpiador espumoso por una leche o aceite, ya que no contienen sulfatos y así tu cutis no se irritará con la limpieza. Además, también deberás limitar la exfoliación y optar por una fórmula suave una vez a la semana.
Después aplica sérum y crema que nutran la piel y que incorporen en su formulación ceramidas –componentes esenciales de la barrera cutánea y que actúan como pegamento para rellenar las grietas de esta y evitar la pérdida de humedad–, ácidos grasos y escualeno.
Termina tu rutina con un aceite facial que ayude a sellar y evite que se evapore cualquiera de los productos que ha usado. Puedes elegir el de jojoba, que es ligero y posee estructura molecular similar al sebo que produce nuestra propia piel.
Y si notas que durante el invierno el ambiente en tu casa o en tu lugar de trabajo es demasiado seco, invierte en un humidificador, que devolverá la humedad al aire ¡y a tu piel!