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Victoria de Inglaterra, la reina rebelde

Tuvo una vida apasionante: la historia de amor que vivió con el príncipe Alberto y sus polémicas relaciones con dos de sus criados son solo algunos pasajes de 81 años repletos de emociones que repasamos cuando se cumplen 115 años de su fallecimiento.

La reina Victoria de Inglaterra fue monarca durante 64 años. / archivo.

beatriz gonzález

Hasta el pasado mes de septiembre, cuando su tataranieta Isabel II superó los 63 años y siete meses que ella se mantuvo en el trono, el reinado de Victoria de Inglaterra era el más largo de todos los habidos en 1.000 años de monarquía británica. Los historiadores destacan el papel que la reina, que dio nombre a la época victoriana, desempeñó en esas seis décadas, a lo largo de las que se vivió la mayor expansión del imperio. Usó la corona para influir políticamente en lo que creía que era bueno para su país, y trazó estrategias para lograrlo. Pero eso no le impidió atender una agitada vida privada en la que hizo lo que quiso, sin importarle en absoluto la opinión de los demás.

A pesar de que su matrimonio se había concertado para conciliar intereses, la joven Victoria, que entonces tenía solo 20 años, se enamoró perdidamente de su marido, con quien tuvo nueve hijos. Tras dos décadas juntos, la muerte del príncipe Alberto la sumió en una depresión de la que dicen que no hubiera salido sin ayuda de uno de sus criados, John Brown. Junto a él se cree que vivió un segundo gran amor, pero cuando este también murió se apoyó en otra persona de su servicio, Abdul Karim, un sirviente indio que enseguida se convirtió en su más íntimo confidente, a pesar de la oposición de sus nueve hijos.

Sin embargo, antes de que todo eso ocurriera, nadie presagiaba que Victoria desarrollaría esa fuerte personalidad gracias a la que acabó saltándose los convencionalismos sociales. Fue recién cumplidos los 18 años, en cuanto tuvo la corona en su poder, cuando se hizo evidente que nadie dictaría su destino. Hija de la princesa Victoria de Sajonia-Coburgo-Saalfeld y del príncipe Eduardo, duque de Kent, ocupaba la cuarta posición en la línea sucesoria al trono cuando vino al mundo en mayo de 1819.

Ocho meses después, el padre de Victoria murió y seis días más tarde, lo hizo su abuelo. Después la corona pasaría a un hermano de su padre, Guillermo IV. Fue entonces cuando se hizo evidente que Victoria estaba llamada a ocupar el trono porque ninguno de sus tíos paternos había tenido descendencia. Contaba diez años cuando le enseñaron un árbol genealógico que terminaba en ella. Al darse cuenta de que si sus tíos no tenían hijos algún día le cederían la corona, dijo: "Seré una buena reina". Desde entonces, toda la corte se esmeró en la preparación de la futura monarca.

Prisionera en su palacio

Sin embargo, ese prometedor futuro impidió una infancia y adolescencia felices. Según contaba ella misma, era una prisionera encerrada en palacio. Dormía en la habitación de su madre, quien no le permitía tener una alcoba propia y la sometía a una brutal vigilancia.

Tanto que cuando llegó a la mayoría de edad, la futura reina Victoria aún no había dado un paso ni dentro ni fuera de palacio sin la compañía de su institutriz, sus educadores o su madre. Tampoco había podido hablar jamás a solas con otra persona adulta. Ni siquiera tuvo ocasión de tratar con gente que no fuera de su familia o del servicio, aparte de educadores y consejeros. Una de las escasa excepciones fue el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Saalfeld, a quien conoció en su adolescencia.

Y en realidad no era una excepción a la regla ya que, aunque no se presentaron hasta los 16 años, eran primos. La madre de Victoria y su tío, el rey de Bélgica, veían en el príncipe Alberto un buen pretendiente. Por eso ambos comenzaron una operación para que aquel príncipe culto, inteligente y de buena planta acabara llevando al altar a la futura reina.

El príncipe Alberto memorizó sus gustos musicales y literarios para impresionarla

Dicen que Alberto memorizó todos los gustos musicales y literarios de Victoria para impresionarla. Pero cuando se dio cuenta de que su prima era consciente de que trataba de agradarla por interés, decidió ser él mismo. En ese momento empezó a despertar la curiosidad de la princesa. Y aunque él había empezado a cortejarla por orden de sus consejeros, para su propia sorpresa no tardó en quedar fascinado por Victoria. Solo dos años después de conocer al príncipe Alberto, Victoria asumiría la corona del gran imperio británico, el mismo que llegó a abarcar una población de 458 millones de personas y una quinta parte de las tierras emergidas en el mundo. Y entonces, la joven Victoria tomó las riendas de su vida.

Cuentan que cuando le informaron de que ya era reina quiso saber si podría hacer lo que quisiera, a lo que los miembros del consejo contestaron que sí, y se encerró durante una hora en su habitación.

Un matrimonio acordado

Cuando salió, ordenó que desalojasen de sus aposentos la cama y todas las pertenencias de su madre, la duquesa de Kent. Cuando intentó hablar, s u hija la mandó callar diciéndole que ahora ella era la soberana y nadie, ni siquiera su madre, podría volver a darle órdenes. Después, hizo todo lo posible porque el oficial irlandés John Conroy, consejero de su madre, desapareciera de los asuntos relacionados con palacio. Era su venganza contra ambos, que años antes, cuando aún era una niña, quisieron que firmara un documento que otorgaría la regencia a su madre, a lo que la entonces princesa Victoria se negó.

"Con este libro que mamá me ha dado podría escribir el diario de mi viaje a Gales", comenzó a relatar Victoria cuando tenía 12 años. Fue el primero de los 141 diarios que escribió hasta su muerte. De ellos se conservan todavía varios, y por eso hoy se conocen algunos de los pensamientos más íntimos de la reina.

Por ejemplo, lo que pasaba por su cabeza tras la coronación. "Soy muy joven, y quizás en muchas cosas me falte experiencia, aunque no en todas; pero estoy segura de que no hay demasiadas personas con la buena voluntad y el firme deseo de hacer las cosas bien que yo tengo", contaba.

Algunas de sus primeras decisiones le pusieron al pueblo en contra

Sin embargo, las cosas no empezaron bien para la nueva reina. Algunas de sus primeras decisiones consiguieron poner en contra al pueblo, que no entendía su forma de actuar. En especial cuando quiso llevar la contraria al Parlamento desaprobando al primer ministro elegido. Lord Melbourne, líder de los liberales, se había convertido en el consejero de la reina desde que esta retiró su confianza a su madre y al oficial John Conroy. Por eso, cuando tras varias votaciones en la Cámara de los Comunes Lord Melbourne no consiguió alcanzar la mayoría y decidió dimitir como primer ministro, la reina no lo aceptó. Su actitud llevó a una crisis que finalmente se resolvió con la vuelta de Lord Melbourne.

La impopularidad que cosechó por ese episodio le hizo sentirse vulnerable, y a su vez eso reanimó la correspondencia que mantenía desde hacía tiempo con el príncipe Alberto, quien le aconsejaba que no dependiera tanto de una sola persona, fuera Lord Melbourne u otro consejero.

Dos décadas de felicidad

Aunque ella temía el matrimonio porque pensaba que le haría perder libertad, poco a poco fue menos reticente y finalmente la idea de dejar de sentirse sola pesó más que sus deseos de independencia. El 10 de febrero de 1840 la pareja se casaba, convirtiéndose en uno de los primeros enlaces de la monarquía británica en el que los cónyuges estaban enamorados el uno del otro. El príncipe consorte no defraudó: se convirtió en un buen marido, fiel compañero y perfecto consejero en asuntos políticos.

Para ella, los 20 años de matrimonio que vivió junto al príncipe Alberto fueron los mejores de su vida, según sus palabras. Cuando una fiebre tifoidea acabó con la vida de su marido a los 42 años, la reina quedó desolada. A partir de aquel día y hasta su muerte vistió de luto, llevando siempre consigo una fotografía del príncipe. Cada mañana ordenaba al servicio disponer la ropa limpia de Alberto sobre la cama para sentirlo cerca.

Victoria estuvo dos décadas casada con su marido y conseideraba que sus hijos le restaban tiempo para estar con él. / archivo.

De su feliz unión nacieron nueve hijos. Sin embargo, la reina no disfrutó especialmente de su rol de madre. "No hallo ninguna compensación en la compañía de mis hijos", decía. "Es más, pocas veces me encuentro a gusto con ellos. Me pregunto por qué ha tenido que dejarme Alberto y ellos continúan a mi lado".

Según sus biógrafos, el amor por su marido era tal que le parecía que sus hijos le quitaban tiempo para él. Tampoco le gustaba estar embarazada porque le hacía sentirse "como un conejo o una cobaya". Según los testimonios de quienes la rodeaban entonces, nunca fue una madre cariñosa. Dejó claro a sus hijos que además de su madre era su soberana, y por tanto le debían obediencia por encima de cualquier otra cosa.

Con quien tuvo más tiranteces fue con su primogénito, el futuro rey Eduardo VII, a quien no consideraba muy inteligente. El príncipe Alberto murió unas semanas después de visitarlo en Cambridge, donde enfermó tras un largo paseo bajo la lluvia. La reina siempre pensó que, de no haber ido a verlo, su marido aún viviría, y por eso hubo una época en la que decía no soportar estar cerca de su hijo mayor. Entre sus preferidos estaban el príncipe Arturo, que era quien más se parecía a su fallecido padre, y la princesa Beatriz, con quien, sin embargo, estuvo seis meses sin hablar cuando le anunció que estaba comprometida con un príncipe alemán, a pesar de que su madre quería que permaneciera soltera para que siempre estuviera a su lado.

Madre controladora

Su necesidad de control la llevó a crear toda una red de informantes que la mantenían al tanto de lo que hacían sus vástagos. A pesar de las discusiones y peleas constantes, sus hijos sabían que no podían luchar contra la fuerte personalidad de su madre. Aunque en ocasiones les había hecho sufrir, entendían que ella pensara que su rol consistía en ser severa para que en el futuro pudieran desenvolverse por sí mismos, y lo cierto es que ninguno llegó a romper relaciones con su madre.

Una de las preocupaciones de la soberana era mantener vínculos con la mayoría de los países aliados, y lo logró gracias a su descendencia, que uniría la corona británica con gran parte de la realeza europea (entre esos enlaces se encontraba el de Beatriz, quien se casó con el príncipe Enrique de Battenberg y fueron padres de la reina Victoria Eugenia de España). Por eso acabó ganándose el apodo de 'la abuela de Europa'.

Cuando perdió a su marido, la reina Victoria tenía solo 42 años. En ese momento el mundo se hundió para ella y recurrió a la única persona en quien confiaba tanto como su marido, el sirviente escocés John Brown. Una década antes, cuando la soberana compró el castillo de Balmoral, su marido había contratado a John Brown, que entonces tenía 21 años, seis menos que la reina, para que trabajara en las cuadras. El buen humor y la simpatía de Brown, que hablaba a los monarcas con respeto pero de forma cercana, hizo que el príncipe Alberto lo retirara del trabajo en las cuadras para ponerlo al servicio de la reina.

Según una investigación que concluyó hace ya 35 años y que llevó a cabo el doctor Michael MacDonald, conservador del museo escocés de Perthsire, la reina no solo habría mantenido relaciones íntimas con su criado John Brown sino que además llegó a casarse con él en secreto. Se basaba en el testimonio de un clérigo en su lecho de muerte, quien supuestamente les habría casado. Cuando se hizo pública su investigación, un portavoz de palacio se apresuró a negar tal afirmación.

Se concede credibilidad al rumore de que vivió una etrecha relación con su criado

Pero sí se concede credibilidad al rumor de que la reina y su criado vivieron una estrecha relación. Prueba de ello es que pidió ser enterrada con un mechón de pelo y una fotografía de John Brown, al que sobrevivió. Seis años antes de morir Brown el Parlamento había coronado a la reina emperatriz de la India. Desde entonces, la monarca tenía un gran interés por conocer la cultura y formas de vida de la población india.

Sus polémicas amistades

En 1887, con motivo de su medio centenario como reina, quiso emplear a sirvientes de la colonia y pidió que seleccionaran a dos trabajadores. Uno de los elegidos fue Abdul Karim, quien viajó desde Agra. Enseguida llamó la atención de la soberana, que escribió sobre él: "El otro (refiriéndose a Karim), mucho más joven, es más alto, delgado y tiene un semblante muy fino". Entonces, Karim tenía 24 años. La reina, 68. La diferencia de edad no fue obstáculo para que entre ambos surgiera una relación muy especial.

Karim viajaba con ella por Europa, siendo presentado a reyes y ministros. Cuando no estaban juntos y se escribían cartas las firmaba como "tu adorada madre".

Por su parte, Karim siempre dijo que lo que sentía por Victoria era un inmenso amor filial. De hecho, nunca se confirmó que su relación fuera romántica, pero lo cierto es que el primogénito de la reina y su sucesor en el trono, Eduardo VII, viajó a India tras el fallecimiento de su madre para exigir que se quemara toda la correspondencia que Karim pudiera tener en su poder.

Su sirviente fue su último confidente y quien estuvo a su lado los últimos 14 años de su vida. Sin embargo, no pasó junto a ella los últimos meses. A finales de 1900 la soberana se trasladó a la isla de Wight, a la casa que el príncipe Alberto había diseñado, Osborne House, para pasar la Navidad tal y como hacía desde que él murió.

En el nuevo año empezó a sentirse débil y confusa, y unos días después murió. Ocurrió el 22 de enero de 1901. Se encontraba acompañada por su hijo y su nieto mayor, el emperador alemán Guillermo II. Tal como había pedido, tuvo un funeral militar. A pesar de su edad, el fallecimiento de la reina causó una enorme conmoción: la mayoría de sus súbditos no recordaban un día en el que Victoria no hubiese sido reina.