Era la hermana mayor del príncipe Rainiero III de Mónaco y la primera y única hija de la princesa Charlotte y el príncipe Pierre (antes de pasar por la vicaría, un conde francés). Su propia madre era la hija ilegítima de Luis II de Mónaco y descendía por línea directa de una cantante de cabaret y de la mujer que le hacía la colada al príncipe regente, por lo que no es extraño que Antoinette Grimaldi disfrutara cuando fue adulta de la tentación favorita de los royals monegascos: los plebeyos. En esa misma piedra tropezaron años más tarde todos sus sobrinos, desde Carolina de Mónaco con Philippe Junot, a la princesa Estefanía con Daniel Ducruet y al príncipe Alberto con Charlène (y sus treinta romances con modelos y azafatas anteriores).
Pero la auténtica pionera de los escándalos de Mónaco, la mujer que lo inició todo, fue la princesa Antoinette Louise Alberte Suzanne Grimaldi, que lejos de la plácida imagen de abuelita con la que regalaba a los súbditos en el archiconocido Baile de la rosa fue la primera royal monegasca capaz de tener hijos ilegítimos, tramar varios golpes de estado, ser desterrada y perder al amor de su vida de forma trágica.
El idilio entre los padres de Antoinette acabó pronto, la princesa se casó ya embarazada de Antoinette (dicen las malas lenguas que de un amante anterior al compromiso) y la unión entre ellos apenas duró lo que tardaron en conseguir un heredero masculino al trono monegasco (afirman esas mismas malas lenguas que porque el príncipe era gay).
El matrimonio se rompió en 1933 y después vino una batalla por la custodia de los niños que no ganó ni el padre ni la madre sino el abuelo de las criaturas que decidió criarlos según sus criterios porque, al fin y al cabo, eran sus herederos.
Años más tarde tanto Antoinette como Rainiero confirmarían que esa decisión convirtió su infancia en un páramo triste, encerrados en una sala de juegos con su nanny, con unos padres a los que solo podían ver una hora al día y una madre que, según Antoinette, «parecía más interesada en los perros que en sus hijos»... lo cual es paradójico porque la propia Antoinette acabaría sus días rodeada de decenas de perros y gatos.
Antoinette y su hermano el príncipe Rainiero en una imagen de su infancia. /
Con el tiempo la madre directamente se instaló en París, renunció a sus derechos dinásticos en favor de su hijo Rainiero, Antoinette continuó sola en palacio donde nadie esperaba mucho de ella mientras su hermano pequeño fue enviado de un costoso internado inglés a otro. Hasta 1943 la princesa no dio de qué hablar.
En plena Guerra Mundial contra los nazis, Antoinette cayó rendida ante los encantos de un teniente alemán apellidado Winter. En aquel momento la princesa tenía 23 años y sería la primera vez que la maldición amorosa de los Grimaldi la alcanzara: su enamorado fue destinado al Frente Oriental de la guerra y nunca más volvió a saber de él.
Para algunos este primer amor de la princesa escondía, además, una intención secreta: aliarse con Hitler para hacer valer su primogenitura en la línea de sucesión del trono y arrebatarle el trono a su hermano. Fueran esas o no sus intenciones la realidad es que su abuelo, que en aquel momento todavía reinaba, prohibió los enlaces de la familia real mientras durara la guerra.
Pero el plato fuerte de los amores de Antoinette llegó cuando la guerra ya había acabado y ella decidió iniciar un idilio con un tenista monegasco que ya estaba casado y tenía un hijo. A Antoinette le dio igual, comenzó su relación con Alexandre-Athenase Noghès (conocido con el sobrenombre de Aleco) y tuvo con él tres hijos ilegítimos (Elizabeth-Ann, Christian-Louis y Christine Alix) a los que le dio el apellido Grimaldi pero ningún puesto en la línea del trono.
Antoinette, del brazo de su sobrino Alberto y con Carolina de Mónaco en el Baile de la rosa /
Finalmente la existencia de esos tres hijos fue reconocida para la línea sucesoria del principado en 1951, cuando la pareja se casó en el consulado de Mónaco en Génova. Hacía apenas un mes que los niños habían recibido un nuevo apellido, de Massy, ya que en noviembre su madre había sido proclamada baronesa de Massy.
El matrimonio de la princesa y el tenista duró tres años, pero no las ganas de la princesa de formar parte de los círculos de poder del principado. Ahora que sus hijos ya eran legítimos y que su hermano seguía soltero y sin herederos, comenzó su campaña para convencer al mundo de que ella misma y su único hijo eran lo que el principado necesitaba, en vez de un príncipe sin pareja ni hijos. Un plan que se fue al traste cuando Rainiero y Grace Kelly se casaron en 1956 y aún más cuando esta dio a luz al príncipe Alberto dos años más tarde. Con razón las dos cuñadas no se podían ni ver.
A las ansias de poder de la princesa se unió su segundo marido, Jean-Charles Rey, presidente del Consejo Nacional de Mónaco. Siempre se sospechó que él fue quiénestaba detrás del plan de convertir a Antoinette en regente y en Christian en el siguiente príncipe reinante de Mónaco.
Vídeo. Estefanía de Mónaco y su mala suerte en el amor, ¿la maldición de los Grimaldi?
Pero su protagonismo en las intrigas palaciegas de uno de los principados más diminutos del Europa se confirmaría más tarde, en la grave crisis que vivió Mónaco con Francia en los años 60. En aquel momento el gobierno francés exigió al principado un cambio en sus leyes fiscales para evitar que se convirtiera en el paraíso de las evasiones fiscales europeas y francesas. Si Rainiero no accedía al trato, los franceses amenazaban con anexionarse el principado.
La Antoinette que regresó a Mónaco juró ante su hermano no volver a acercarse a los círculos de poder monegascos y emplear su vida a las obras de caridad y los amores escandalosos pero plácidos. Al final consiguió ambas cosas, pero el amor le duró poco. Apenas un año después de la muerte de su archienemiga Grace Kelly, Antoinette decidió pasar de nuevo por el altar, esta vez para oficializar su relación con un bailarín al que le sacaba 10 años: John Gilpin.
La alegría de no tener que aguantar más a su cuñada, ver su imagen recuperada en la vida social de Mónaco y casarse con un hombre más joven que ella le duró poco: su recién estrenado marido de 52 años murió a los 40 días de la boda, porque hasta en la tragedia de perder al amor de su vida antes de tiempo Antoinette tuvo que ser la pionera de los Grimaldi.