Raphael y Natalia Figueroa, en el día de su boda en julio de 1972, en Venecia. /
No lo negamos: en la celebración de los 60 años de carrera de Raphael , una fecha increíble que coincide con el estreno de la serie Raphaelismo en Movistar+, lo que más nos interesa es volver a escuchar a Natalia Figueroa. Natalia es la esposa del cantante de Linares desde 1972. Has leído bien: hablamos de 50 años de matrimonio. Ella es guardiana de las esencias, vicepresidenta primera y escudera fiel, además de la madre de Jacobo, Alejandra y Manuel . Y, probablemente, así quedará retratada en la serie: es inevitable que las mujeres de los genios terminen en este papel de invitada a su propia vida. Sin embargo, Natalia Figueroa ya era alguien, y alguien muy interesante, antes de que Raphael revolucionara su existencia . Lo primero, era la nieta del conde de Romanones, grande de España. Cuidado, que hablamos de la más rancia aristocracia española.
Dicen que Natalia Figueroa (San Sebastián, 1939) tenía una cola de pretendientes a su puerta interminable. Era un bellezón, además de la hija del marqués de Santo Floro y bisnieta de Alonso Martínez, jurista y político español que gozó de la confianza de Isabel II, Alfonso XII y la reina regente María Cristina de Habsburgo. Parece que tuvo muy claro muy pronto que quería dedicarse al periodismo, y acertó porque su carrera fue meteórica. Entró en Televisión Española y se convirtió en uno de los rostros habituales de la pequeña pantalla en los 60.
Vídeo. Celebrities que han luchado por sus títulos
No solo era guapa, estilosa y tenía telegenia. Natalia también era rápida, ingeniosa, culta y no se le resistía ningún entrevistado. En ABC la llamaron la «anti-Sagan», porque en su primer poemario, publicado a los 20 y prologado por Torrente Ballester, Natalia Figueroa escribía cosas agradables y bonitas, no sobre jóvenes cínicos que ya están de vuelta de todo como la Françoise Sagan de Buenos días, tristeza. Irónicamente, sería precisamente la joven Natalia la que, algo más tarde, traduciría al español a Sagan, demostrando una sintonía con su época mayor de la que se suponía.
Asidua en los saraos más interesantes de la vida cultura madrileña, junto a Lola Flores, Ava Gardner o Lucía Bosé, Natalia Figueroa conoció a Raphael en una gala de premios que presentaba Encarna Sánchez. «Natalia entró en mi vida porque hubo una entrega de un premio y ella fue la encargada de dármelo», ha recordado Raphael. Tras la gala, el de Linares dijo a la escritora: «Me llamo Raphael, ¿a ti se te puede llamar por teléfono?». En ese momento, Raphael ya era un estrella que había triunfado en el Festival de Benidorm o Eurovisión y había dado en la diana navideña con El tamborilero. Natalia también había alcanzado el éxito literario (con Tipos de ahora mismo, con ilustraciones de Antonio Mingote) y destacaba por ser una mujer polifacética: compaginaba su trabajo de periodista, presentaba programas en televisión, tocaba la guitarra y vestía como una modelo de Hermès o Guy Laroche.
Así describían a Natalia en ABC, el periódico donde tanto escribió: « Natalia Figueroa tiene hoy una de las más acusadas personalidades del mundo artístico español. Su sola presencia garantiza el éxito. Escribe con una prosa poética y moderna, al margen de todas las excentricidades. Habla en televisión con sencillez y claridad. Toca la guitarra con gran sensibilidad. Es capaz de interpretar en el teatro complicados papeles. Puede dirigir un programa televisivo, organizar un festival o juzgar con ponderación en un concurso de belleza femenina. Vive intensamente la vida y a todos sitios le acompaña una inmensa popularidad». Es comprensible que el flechazo, al menos por parte de Raphael, fuera instantáneo.
Dicen que Raphael se pasó meses enviándole postales desde las ciudades en las que actuaba para enamorar a Natalia. Su insistencia tuvo premio e iniciaron un noviazgo lleno de obstáculos. El primero, el marqués de Santo Floro, que no se fiaba nada de una estrella del pop. Tras convencerle de sus intenciones series, la pareja estuvo cinco años en plan cita, en los que uno y otra continuaron con sus carreras. Aún así, parte de la familia se oponía a una boda que veían abocada al fracaso. No podían imaginar un amor tan grande como para superar la diferencia de clase entre la brillante aristócrata que se movía como pez en el agua entre la alta sociedad y el talentoso hijo de albañil. En 1972, sin embargo, orquestaron una boda casi secreta en Venecia y le dieron un portazo a todas las críticas. ¡Y hasta hoy!
Aunque Natalia Figueroa se fue refugiando en la vida discreta de la madre y esposa, aún tuvo protagonismo en la prensa nacional en la llamada revolución nobiliaria, en la que una serie de mujeres famosas, primogénitas de familias aristocráticas, decidieron pleitear para exigir títulos nobiliarios que había ido a parar a manos de sus hermanos. En 1987, una primera sentencia declaró inconstitucional la preeminencia del varón sobre la mujer en la sucesión nobiliaria. Fue entonces cuando Natalia decidió reclamar su título de marquesa de Santo Floro. Aunque fue la segunda de tres hermanos, el fallecimiento temprano de su hermana mayor la convirtió en primogénita, pero su hermano pequeño se empeñó en reclamar para sí el marquesado.
Así, fue ella misma una de las primeras aristócratas que logró una sentencia favorable a raíz de esta revolucionaria declaración judicial y en diciembre de 1992 consiguió que la Audiencia Nacional fallara a su favor el marquesado de Santo Floro frente a su hermano Agustín. Carmen Rossi, Ágatha Ruiz de la Prada, Mercedes Milá, Ana Medina (de la casa Medinaceli) o Almudena de Arteaga pudieron gracias a su iniciativa reclamar sus títulos. Al final, Figueroa tuvo que esperar a firmar su título hasta 2006, cuando el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero aprobó la ley que reconocía la igualdad de sexos a la hora de heredar los títulos familiares.