¿Recuerdas cuando tus mayores elegían bien un abrigo para que les durara “toda la vida”? En los tiempos del 'fast fashion' sin freno y de los cambios estéticos cada mes, un consejo así resulta ingenuo, casi risible. Pero más importante, puede parecer peligroso para el estatus de gran parte del negocio de la moda actual, basado en ampliar la oferta sin descanso para que el cliente no deje de pasar por caja.
Sin embargo, un buen número de consumidores, cada vez más y de todas las edades, está poniendo coto a estos hábitos de forma individual y sin estridencias. A principios del año pasado, un escándalo internacional forzaba a la firma Burberry a confesar que quemaba su stock sobrante cada temporada para evitar la devaluación de su imagen de firma. Que saliera a la luz pública una práctica habitual en el mercado del prêt-à-porter de lujo, que se estima que alcanza al 10% de toda la ropa producida cada año, forzaba al Gobierno francés a anunciar su prohibición. Años atrás se había emitido una orden semejante para las mercancías alimentarias. La opinión pública comenzaba a vislumbrar el trasfondo del negocio de la ropa. Se produce más de lo que necesitamos, porque el mundo ha cambiado. Isabel García Hiljding, investigadora del ISEM Fashion School Bussines, comentaba a Cinco Días el cambio en el paradigma del negocio del lujo: “Se ha vuelto demasiado grande. Ahora la demanda es mayor y se exige novedad continuamente”.
Hace décadas, el lujo se basaba en un 80% de productos fijos, entendidos como emblemas de firma, y un 20% de novedades. En la actualidad, la proporción es del 60% y 40%, respectivamente. “Entre la producción agrícola y ganadera para el textil, el tratamiento industrial de las fibras y sus tintes químicos, el inmenso consumo hídrico, la distribución global que supone el movimiento de las mercancías y el mantenimiento energético de toda la cadena hasta el punto de venta, la moda es una de las industrias más contaminantes, tras el petróleo”, explica la investigadora y periodista Brenda Chávez, autora de Tu consumo puede cambiar el mundo (Ed. Península, 2017) y Al borde de un ataque de compras (Debate, 2019). La conciencia ambiental de una generación, encabezada por jóvenes que aún no pueden gestionar su consumo, ha abierto el debate y las firmas comienzan a buscar soluciones. Aunque muchas ya se planteaban una vuelta a los orígenes: que el lujo vuelva a su esencia, que se reduzca la producción y se trabaje según los viejos parámetros de la artesanía. Pero, ¿es esto posible?
“Muchos usan el término artesanía como un sinónimo de exclusividad, para transmitir una sensación de elitismo”, declaraba el diseñador británico Jonathan Anderson pocos meses después de hacerse cargo de la dirección creativa de Loewe en 2013. “Para mí es una simple vuelta a las raíces, la fidelidad a algo originario, en crudo –apunta Brenda Chávez–. Los procesos artesanales y las producciones a pequeña escala no tienen el impacto socioambiental de la moda industrial, puesto que van dirigidos a menos consumidores. Sus demandas de energía y recursos, así como los volúmenes de emisiones contaminantes son mucho menores. Además estos modelos generan empleo y tejido productivo en los países de origen; muchas veces fijan población al territorio, colaborando a revertir fenómenos como la despoblación rural; dignifican zonas deprimidas y recuperan tradiciones que, de otra forma, se perderían”, reflexiona.
Lo que apunta la investigadora era algo que ya en los 90, con los inicios de la revolución tecnológica, preocupaba a los profesionales más concienciados. Karl Lagerfeld, cuando ya llevaba una década al frente de Chanel, lo advirtió de forma premonitoria y luchó por esa herencia artesana. Creó un paraguas empresarial para proteger a sus proveedores de confianza, instituyendo las Metièrs d’Art Chanel. Se trata de un grupo de empresas artesanas, cada uno con su nombre histórico y su pequeño nicho de actividad, sostenidos por el gigante de la moda francesa. Algunas de ellas tenían incluso la posibilidad de proveer a terceros.
Estas casas, representantes de la mejor tradición de la couture francesa, dan buena cuenta de cuántos oficios son imprescindibles para la creación de la alta costura. También de cómo su especialización es beneficiosa para un entramado industrial que atesora técnicas y secretos desconocidos. No tanto para los propios diseñadores, sino para las mayoritarias firmas del prêt-à-porter, que difícilmente los incorporarán nunca. La propia Virginie Viard, heredera de Lagerfeld y su mano derecha (“... y también la izquierda”, según el propio diseñador), describía “el raro privilegio de trabajar con estas casas, donde la excelencia reina; ellas aportan su saber hacer, subliman nuestras creaciones”.
Y esto no es solo un compromiso o un modelo europeo, o de los centros históricos de la moda. La última revolución entre la alta sociedad americana es Gabriela Hearst. La diseñadora uruguaya, afincada en Nueva York, declaraba recientemente a The New York Times que “siempre le digo a todo el mundo que invierta en un buen suéter, el mejor que pueda encontrar, no es necesario comprarse 10”. Esta llamada de atención se basa en una “absoluta pasión por la calidad de las prendas” y el deseo de llevar a la ciudad, territorio natural de la moda, los usos de siempre para las mujeres del campo. En el ámbito rural, el derroche jamás estuvo contemplado. “Mi clienta agradece también no tener que pensar qué está llevando”, apunta Hearst, como otro ejemplo claro de que, si tu estilo es clásico, tradicional, pero destaca gracias a su calidad, tu dilema o inseguridad se acaba. Vas perfectamente vestida para lo que sea.
Si la piedra angular donde bascula esta nueva visión de “el antes es mejor que el hoy” para la generación millennial era el vintage –es decir, la posibilidad de adquirir diseños de firma materializados en prendas de temporadas o incluso décadas pasadas, a precios más bajos que las colecciones actuales–, las posibilidades se han ampliado. Gran parte del sentido de esta vuelta a la confección tradicional, y a una forma de ver la moda más responsable, duradera y sin los vaivenes de las tendencias, parte del mundo de la novedad propuesto en las últimas décadas. Quizá incluso de forma inconsciente.
Las constantes alusiones a décadas pasadas a través del diseño no cesan, desde los años 40 hasta el futurismo, pero también las inspiraciones medievales, romanas, los locos años 20... Esta revisión cíclica de la historia de la moda, cristalizada en las noticias de nuevos diseñadores revisando archivos de marcas conocidas para impregnarse del ADN de las firmas, han terminado por crear una visión descreída en el cliente. Ahora, en lugar de comprar lo que se le oferta, se plantea si para vestir al modo de los años 60 o de determinada firma en un momento puntual, no es mucho mejor recurrir al mercado del vintage para encontrar esa prenda en la que el diseñador de turno se ha inspirado. Esta posibilidad juega con la capacidad de descubrimiento y el placer del shopping de investigación. También contribuye a que la clienta –más lista que nadie– gaste generalmente menos.
Del vintage como motor de reciclado, hemos pasado al reensamblado, el retayloring o up-cycling: tomar una o varias prendas con historia y darles nueva vida transformándolas. Si alguien tan sensible a la actualidad como Jean Paul Gaultier se acaba de despedir de la moda prácticandolo con su propio vestuario en su último desfile, ¿por qué no lo iban a hacer el común de los mortales? Es una garantía de exclusividad, imaginación y ejemplaridad sostenible.
No se equivoca Nadège Vanhee-Cybulski cuando asegura que “soy muy afortunada por trabajar para una maison impulsada por el deseo de crear emoción como es Hermès. Las personas creativas no están expuestas a las visiones más comerciales, solo piden que alimentemos el deseo y la belleza. No se trata de tendencias o novedad, sino de algo más fluido y atemporal”.
Jóvenes diseñadores como Vaquera se atrevían a reivindicar la figura de Miguel Adrover, que plantó cara a la industria antes de retirarse, poniendo sobre la pasarela una colección que reformulaba casi un camión de ropa recuperada de los armarios familiares. La moda de la escuela realista, que él instititucionalizó, apunta a esto, de Demna Gvasalia en Vetements a Rodarte. Incluso una persona de gustas extravagantes como Alessandro Michele se ha dado cuenta del filón de la yuxtaposición de prendas de diferentes épocas, texturas y estados de degradación como look favorito para los jóvenes más cool.
Mientras la industria duda, surgen proyectos auspiciados por ONG ambientalistas y consejos regionales con la idea de cambiar estos modelos. L os artesanos latinoamericanos exigen retribución a las firmas que plagian sus diseños milenarios, amenazando con denunciar su apropiacionismo. Greenpeace avala con su sello a las firmas que se niegan a usar tintes químicos, rescatando el blanco en todas sus gamas y las fibras textiles poco tratadas, a la antigua usanza, como epítomes de la lucha contra el cambio climático.
En zonas tan alejadas del negocio de la moda como Lanzarote se asocian para recuperar la producción de cochinilla, de la que nuestro país fue líder mundial durante cuatro siglos. Este insecto parásito de la tunera (chumbera), con el que se produce colorante púrpura para las telas, pero también para la comida, sin generar ningún problema de contaminación ambiental, porque todo el proceso es natural.
La industria, de hecho, produjo la caída temprana del fenómeno cercano de la demi-couture, también llamado prêt-à-couture y que consistía en abandonar el prêt-à-porter tradicional por una fórmula intermedia, sin tanto volumen de producción y con una durabilidad de las prendas muy superior, que hoy está relegado solo a firmas minoritarias e independientes. “Antes de la crisis se empezó a hablar de la demi-couture como una solución. El hecho de que diseñadores que lo veían viable, como Dries Van Noten, se hayan visto obligados a vender su negocio a socios mayoritarios, probablemente es un signo de que la moda está cada vez más polarizada en estos temas y que este tipo de propuestas necesitan un mayor apoyo”, razona Brenda Chávez.
La posibilidad hoy de que una persona decida no consumir cuero o pieles de nueva producción, rescatando viejos abrigos o chaquetas que conservan toda su calidad, al menos en lo que dure su propia generación; el deseo de vestir con inspiración histórica, acudiendo a la fuente misma, no a su revisión actual; la posibilidad de convertir varias prendas viejas, aplicando la máxima del do it yourself en un diseño nuevo realizado por una costurera local; la búsqueda en la artesanía cercana de aquello más bello, duradero y original que las propuestas de la fast fashion, son solo algunos de los dilemas a los que se enfrentan la industria de la moda y los propios consumidores. Y a los que habrá que dar respuesta para conservar un jugoso segmento del negocio: el de aquellos para los que el lujo y la costura no es tan accesible. También para los que sí lo es, pero demandan una mayor responsabilidad social en lo que consumen.
No se puede posponer, porque el tiempo ya no corre a su favor. Cada día la preocupación por el contexto cercano se vuelve más generalizada. En un mundo de cambios vertiginosos para una gran parte de la población, una vuelta razonada a la tradición es equivalente a otro estatus superior. Se ha convertido en un bálsamo de salud económica, cultural, medioambiental, y por encima de todo, en una cuestión de conciencia.