El diseñador de diseñadores, el más influyente entre todos los que han vivido el paso de siglo, el rey de la alta costura, el káiser del imperio (económico) de la moda y un icono en sí mismo, quizá no sea todavía el momento de analizar todo el legado de Karl Lagerfeld. Por pura falta de perspectiva histórica. Pero vamos a intentarlo. El resultado puede sorprender a más de uno: más que un diseñador reconocible, Lagerfeld no alteró tanto la estética de la moda como su influencia cultural y económica.
UN ESTAJANOVISTA SURGIDO DE LA ALTA SOCIEDAD
Durante toda su larga y prolífica vida, Lagerfeld no dejó jamás de referirse a sus acomodados orígenes en la alta burguesía alemana como un elemento claramente diferenciador. Sus constantes pullas a lo vulgar –con sentencias que alimentaban la provocación, como “El problema de la clase media es que no tiene suficiente clase” y otras similares- y el ensalzamiento de esa educación elitista y cerrada que tuvo durante su infancia (sus padres lo apartaron al campo durante la ascensión del nazismo y la guerra, hasta tal punto que, según el reconocía, nunca se enteró de su existencia) perfilaron en gran medida su carácter. Por eso resulta tan extremadamente curioso que, en su desarrollo profesional, abrazase con tanto ímpetu personal una de las contribuciones del socialismo obrero de la URSS: el estajanovismo. O lo que es lo mismo: la manera de aumentar la productividad por la vía de la iniciativa personal. Porque Lagerfeld se reconocía a sí mismo como “una máquina”: a sus 85 años seguía desarrollando diez colecciones anuales para Chanel, dos para Fendi, y supuestamente dos para Karl Lagerfeld, y también para K, la segunda línea de su propia firma, que vendiera en 2005 a Tommy Hilfiger (manteniendo la dirección creativa). A parte de seguir ilustrando por placer o encargo, vistiendo películas o espectáculos, haciendo sesiones fotográficas para revistas o publicidad o diseñando muebles, jarrones o lo que fuera para otras firmas de diseño industrial. En realidad, este despiadado ritmo de trabajo es el que terminó por calcar la industria de la moda, entregando el talento de una generación no tan preparada para esta forma salvaje de producir a un calendario infernal. Las crisis fatales de por ejemplo Alexander McQueen, Kate Spade o L´Wren Scott, víctimas del suicidio, y las no tan fatales, pero igual y dramáticamente conocidas de John Galliano, Raf Simmons, Matthew Williamson, Hussein Chalayan o Marc Jacobs tienen su origen en la imposición por parte de los ejecutivos de las firmas de unos volúmenes de trabajo al hilo del mercado que el único que realmente podía asumir era el propio Lagerfeld. Porque él los instituyó. Y nadie más.
MARCÓ EL PATRÓN DE LAS CARRERAS FUTURAS DE CUALQUIER DISEÑADOR
Karl Lagerfeld con Yves Saint Laurent. /
El resumen de su trayectoria, desde 1950 a 1966, creó un patrón único de las vías en que se iba a desarrollar las carreras de cualquier diseñador posterior, incluso antes de que existieran las escuelas de moda. Lagerfeld –que había expresado su deseo de ser modisto desde joven a su familia- acudió a París, el único centro posible para aprender couture en la posguerra. Allí se presentó a un concurso para buscar nuevos talentos que era una fórmula inédita que él (e Yves Saint Laurent) estrenaron como ganadores. Fue inmediatamente contratado como asistente junior por Pierre Balmain en 1955. Cuando lo dejó en 1958 era el segundo de abordo. De ahí se hizo señor de una casa clásica de alta costura, Jean Patou. Aprendido todo lo necesario, la abandonaría en 1963 para pasar brevemente por Tiziano, una firma romana que no tenía el glamour al que estaba acostumbrado, y de ahí saltar, sin ligarse, a ser el cabeza pensante en modo free-lance de Chloé. Del mismo modo entraría en Fendi. Luego asumiría también Chanel. Si lo comparamos con el otro gran modelo de esos años, su amigo y competidor Yves Saint Laurent , el resultado es claro: Yves no se movió de su propia firma desde que la creó. A Karl esto posiblemente no le sentara muy bien, tal era su carácter competitivo: por eso crearía su propia firma en 1984. Para no ser ese que solo diseña para otros. Hoy en día, para todos esos estudiantes salidos de Central Saint Martins, La Cambre, Parsons y otras muchas, el camino ha de ser muy similar a este. O no será.
EL PRIMERO DE LOS DIRECTORES ARTÍSTICOS
Antes de él, el diseñador era o eso, o un modista, o un sastre. Y punto. El término de director creativo se creó para él en 1982, el año que se hizo cargo de la maison Chanel. Bueno: él mismo ya había pedido esa definición para sí en 1958: cuando se hizo cargo de la alta costura Jean Patou. Pero no lo desarrolló como aquí: Lagerfeld se hizo cargo desde el minuto uno de todo, desde las fotografías y campañas publicitarias al diseño de las prendas y complementos, la adaptación del diseño gráfico de la firma, el cambio en las políticas de marketing e incluso la manera de comercializar todo lo que saliese de sus talleres. A la vez hacía lo mismo con Fendi: para la que incluso creó el logo que hoy todo el mundo conoce, esas dos efes engarzadas. Como bien lo define un apesadumbrado Juanjo Oliva, al que la muerte del diseñador le parece que nos hará presenciar “un cambio radical de modelo para el futuro”, “fue el primer diseñador de 360 grados. El primero que además entendió las firmas de forma global: entre sus aciertos, aunque quizá no haya tantos como modisto en sí, pero sí como prodigioso couturier capaz de lograr una calidad nunca vista, está todo lo demás: desde el descubrimiento de Claudia Schiffer o Inés de la Fresange como modelos a sus campañas publicitarias y todas las sucesivas relecturas, giros y actualizaciones de las firmas que llevó a cabo”.
EL EMPERADOR DEL MARKETING DE LA MODA
Cuando Lagerfeld llegó a Chanel en 1982, nadie daba un duro por la firma francesa. Se consideraba muerta y enterrada, con una legión de clientas fieles casi con un pie en la tumba, y unas jóvenes, sus hijas, que en absoluto podían concebir el vestir lo mismo que sus madres. La increíble campaña que realizó, analizable desde cualquier ángulo (del diseño a la imagen propia o la que salía en las revistas, pasando por la comunicación, la redifinición de las tiendas y los desfiles) debería ser objeto de estudio en las universidades de empresa. Lagerfeld supo, y todavía nos preguntamos cómo lo vislumbró, cómo rejuvenecer un estilo, incluso varias veces, sin faltar a la memoria histórica de una firma, su legado y las claves más profundas de su esencia. Es probable que fuera el primero en darse cuenta de lo que esa palabra, “firma”, significaba dentro y fuera del negocio. Y también el primero en convertir la moda en un negocio puramente aspiracional para las grandes masas no aristocráticas ni de la alta burguesía. Inventó prácticamente un modelo de comunicación y expansión de la moda como hecho cultural y objeto de deseo de los mercados hasta hoy. Si esto no les parece prueba suficiente: ¿Recuerdan quién, a finales de los noventa, impuso el monograma de la firma como detalle deseable en prácticamente cualquier producto salido de una casa de moda? Sí, también fue él. De hecho creó el patrón con el monograma de Chanel, que empezó a imprimir en diseños de todo tipo, a mediados de los ochenta. El logo de firma lo era todo. No hay mejor lección de marketing.
CON ÉL LLEGÓ EL VERDADERO ESPECTÁCULO
Muy relacionado con lo anterior: durante años el desfile de moda fue un evento social distinguido y en petit-comité. Una invitación a unos ateliers privados donde por grupos, y durante días, las modelos desfilaban solo para las clientas. Sin acceso de la prensa salvo la más relevante, especializada o decisoria para los objetivos comerciales de la firma. Con la llegada de las semanas de la moda mundiales, en los años ochenta, quizá fuera el primero en percibir el peligro de la concentración. Y de la masificación de medios y el interés que despertaba la moda a escala global. O igual se dio cuenta de los intentos de algunos por entonces jovenzuelos por llevar su identificación propia por la vía del show, como ya hacían Jean Paul Gaultier o Galliano con sus apuestas más extravantes y extremas. La idea era crear algo que te diferenciase entre los demás de cara a clientes y los cada vez más omnipresentes e interesados medios, en una semana en la que en poco espacio y tiempo se concentraban todas las presentaciones de todas las firmas que se disputaban a un mismo modelo de clienta, y el mismo espacio de una revista, publicación o blog. A finales de los noventa cambió esas anodinas pasarelas no referenciales por otros espacios con contexto (desde supermercados a grandes palacios) y comenzó a pensar incluso en prendas que se refirieran directamente al lugar escogido: ¿qué hay que desfilar en Dubai? Pues hago un bolso en forma de bidón de gasolina. Y así. Con la llegada de los dosmil y su entrada en el Gran Palais parisino el show se hizo megalómano y descomunal: en la memoria de todos, desde una réplica del Titanic a una auténtica playa montada para la ocasión. Show must go on!
TAMBIÉN INVENTÓ LO QUE NO DUDÓ EN LLAMAR “LA MODA DEMOCRÁTICA”
Era algo que ya rumiaba en 2002, cuando llamó a Renzo Rosso, dueño de la firma Diesel, para realizar una colaboración en denim para la Lagerfeld Gallery. Fue una intentona que pasó relativamente desapercibida hasta que en 2004 una noticia saltó a los medios, dejando en shock tanto a la industria de la moda como a sus propias clientas. Lagerfeld iba a diseñar una colección especial a muy bajo precio revisando sus creaciones propias para H&M. Era el primer diseñador de lujo en aliarse con la competencia: las firmas de ropa de temporada de calidades medias. No dudó en describirlo como un proceso de “democratización de la moda”: la mayor operación de la historia para dar accesibilidad a las masas a una idea del lujo sustentada no ya en la calidad, sino en la imagen. Dos años después, en 2006, lanzaría K by Karl Lagerfeld, su propia línea de ropa denim, camisetas y todo eso que el lujo antes se prohibía producir. Todo siguiendo su pensamiento de “armar de clase a las clases medias”. Es justo reconocer que, tras alborotar el mundo de la moda, y sobre todo el negocio, el propio Karl terminaría renegando de su hijo pródigo rápidamente: pasó de decir que “hoy todo el mundo puede parecer chic con prendas muy baratas (hasta los ricos las compran). Hay una gran calidad de diseño hoy, a todos los niveles” a criticar abiertamente que H&M produjera sus diseños en tallas grandes. La firma intentó obtener de él una disculpa, sin éxito.
EL KÁISER DE LOS COMPLEMENTOS DE MODA
Si hay alguna parcela creativa en la que Karl Lagerfeld ha dejado su genio y también un legado abiertamente contrastable, ese es el mundo de los complementos: bolsos, gafas y alta bisutería, sobre todo, se han enriquecido en forma y fondo, en diseño y en utilidades, en materiales y acabados, gracias a su visión. De una forma pasmosa y sorprendente, pese a que todo el mundo pueda considerarlo una labor menor. Por las horas dedicadas y el éxito económico que trajo a las firmas por él comandados, dudamos que él mismo lo viera como una labor “menor”. Desde las actualizaciones de mitos como el Gabrielle a las creaciones de iconos como el 2:55 o el Boy para Chanel, o el Mon Tresor o el Peekaboo para Fendi, Lagerfeld ha construido una realidad paralela en el mundo complementos: la alta bisutería de Chanel dio un cambiazo radical en los ochenta, abrazando un nuevo lujo lleno de estética y concepto (mítico fue un collar a modo de mango de ducha, para Chanel) y los bolsos que ha creado, pues bueno: los hay con forma de cassette, de robot, de hula -hoop, de cohete, de caja de joyas, de polvera de maquillaje oversized... gran parte de este éxito, y también del que será su legado futuro, fue la invención (y comunicación) de un gran paraguas económico protector para sus proveedores artesanos: lo que su fundador llamo Chanel Metiers d´Art: talleres como Lesage, Desrues, Lemarié, Maison Michel, Massaron y un largo etcétera que lo proveen desde flores (sus míticas camelias bordadas) a plumas, joyas, marroquinería y demás trabajo orfebre que va directamente a sus diseños de couture y sus complementos más exclusivos.
REJUVENECIMIENTO E HISTORIA: O CÓMO LLEVAR EL PASADO AL HOY
Karl Lagerfeld poseía una de las mayores (y mejores) bibliotecas de moda del planeta. Algo que debe haber destapado ya la liebre de las instituciones: al morir sin herederos claros, no sabremos que será de su fortuna económica, pero también de todos estos bienes culturales que atesoró en su vida. El volumen ingente de referencias que poseía, su proverbial conocimiento de todas las etapas del diseño textil europeo desde la edad media, era algo que se podía palpar en sus creaciones: tanto en la ejecución, como si nos detenemos a rastrear pequeños detalles que apelan a una inspiración siempre mutante, a la caza de hechos históricos de la moda. El diseñador Antonio Alvarado, que tuvo la suerte de entrevistarlo en la única visita que hizo a las pasarelas españolas, por encargo del Vogue internacional, a principios de los noventa, recuerda “que era imposible que se ciñera a lo que le preguntabas. Te innundaba con referencias que apuntaban a cualquier época... menos a lo que estaba haciendo en ese momento. Era muy astuto”. Esta comprensión de una larga historia, casi única en la moda del siglo XX, se reveló muy acertada en los constantes procesos de rejuvenecimiento a los que sometió a sus firmas: tanto Chanel, como Fendi. Sería digno de contarse las infinitas renovaciones del clásico vestido dos piezas con chaqueta y sin cuello que realizó desde los ochenta con el fin de llegar siempre a una clienta más joven. Sin contar las idas y venidas a décadas presentes o futuras para relanzar una peletería que, cuando la agarró en Fendi, se asociaba a la vieja burguesía, no a una juventud dorada. Lo mismo que con las colecciones cápsulas, o no, de après ski o cualquier otra: desde retomar los setenta justo cuando era necesario que volvieran, a jugar con los tejidos más tecnológicos en prendas de asumido ultraclacisismo.
SUS LOGROS ESTÉTICOS: UN LEGADO DIFÍCIL DE VALORAR
Es sintomático que el diseñador más influyente del siglo XX, y del cambio al XXI –“el primero que dio un giro a la moda con el cambio del milenio” en palabras de Juanjo Oliva- fuese el gran especialista en reflotar y seguir los archivos y las esencias de otros anteriores a él. Esa forma de plegarse a la creación de otros, “lo vuelve una personalidad creativa esquiva en originalidad: digamos que parece que pidiera que le dieran elementos ya creados, para llevarlos él por su camino al éxito”, como comenta Alvarado. Que no duda en definirlo como “el gran coctelero de la moda del siglo XX”. Si seguimos esta idea de que “el sabía crear identidades de otros: pero no una suya”, comprobamos que, efectivamente, fue su propia firma Karl Lagerfeld la que menos éxito tuvo de todas en las que trabajó. Lagerfeld, que lanzó esta firma en 1984 definiéndola como “el sexy de la intelectualidad” (veinte años antes de que Tom Ford tratara de hacer lo mismo de una forma quizá sexualmente más agresiva) no logró darle sin embargo una identidad reconocible por sí misma. Es un alma difusa en la memoria de los historiadores. Curioso, pero cierto. Es por esto que, a parte de la relectura histórica y su atención a las demandas estéticas y de looks permanentes de una generación siempre por venir, o acabada de llegar, haya tenido que enfrentar despiadadas críticas, sobre todo al final de su carrera. Como cuando la premio Pulitzer Robin Ghivan afirmaba, en 2012, desde las páginas de Newsweek, en un artículo que venía a decir que la omnipresencia de Lagerfeld era un fenómeno demasiado débil y sobrevalorado, “Lo que Lagerfeld no ha hecho es darnos un vocabulario de sí mismo. Si un gran diseñador ha de ser juzgado por esa silueta que ha popularizado, una sensibilidad especial y única que ha cultivado o una estética que es inequívocamente suya, entonces Lagerfeld ha fracasado”. A los pocos días Lagerfeld diría no conocer a nadie con ese nombre y no volvería a dejar a Ghivan acudir a un desfile de Chanel.
SU MEJOR CREACIÓN FUE... ÉL MISMO
Lo que no cabe la menor duda es que, si la moda es el nuevo rock´n´roll (como se empeñaban a decir las revistas de tendencias de principios de los dosmil, con la llegada de Slimane), él es, ha sido y será su máxima estrella. Un icono en sí mismo. Reconocible como imagen al minuto. Una de sus frases más icónicas ha sido de siempre ese “a mí no me interesan las ideas, me interesa el look”. Y francamente, la consecución de uno propio fue algo que le costó décadas. Porque el bastante gordito Lagerfeld de los años noventa, que ya usaba gafas de sol (pero no tan oscuras) y también llevaba un pequeño abanico de hombre a todas partes, y algún grueso anillo en sus manos, a modo de solitario, sufrió un cambio radical en los dosmil. Inspirado, como él mismo reconocía, en la estética y silueta asumida y potenciada por uno de sus más ilustres protegidos: Hedi Slimane. “Adelgacé doscientas libras para embutirme en uno de sus pantalones”, llegó a confesar. Efectivamente, el pantalón pitillo y la bota rockera fueron un robo en toda regla a la estética juvenil que venía a imponer Slimane. Otra cosa fue su chaqueta, blazier y esos grandes cuellos y puños que él puso por distinción propia. Luego también la proliferación de anillos e incluso los guantes de motorista. Todo por crear una imagen que luego sería un auténtico icono y le reportaría todo tipo de beneficios: reproducida tal cual, o en el modo de osito de peluche o aquel Lagerfeldmouse que triunfó en las redes. “Soy como una caricatura de mí mismo, y me gusta. Es como una máscara. Para mí, el Carnaval de Venecia dura todo el año”.
BONUS TRACK: Aunque no venga al caso de este artículo, he de reproducir una anécdota que nos transmite Antonio Alvarado de su paso por Madrid. El diseñador había sido enviado a todas las pasarelas del mundo para realizar un reportaje fotográfico para Vogue. Entre ellas, Madrid. Lógicamente, con su divismo, la pasarela española retrasaba los desfiles hasta que el diseñador dejaba de hacer fotos en el backstage y se sentaba en la front-row. “Creo recordar que era el desfile de Vittorio y Lucchino. La cuestión es que todos estabamos esperando y aquello no empezaba. Era un murmullo general de gente que empezaba a aburrirse. Entonces alguien de la organización comentó que estaban esperando a Karl Lagerfeld. A nuestro lado, una Lola Flores ya bastante harta, impaciente, espetó voz en grito: “Oshe, que todo esto muy bonito pero aquí todas esperando. Que yo no sé quién será o quién se cree que es esta Carla García que comentas, pero se está pasando muchos pueblos”.
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