Que la pantalla se llevó por delante, en un pispás, el papel, la tinta y el sobre perfumado o de aséptico diseño, envoltorio tradicional de los mensajes sentimentales, es algo tan evidente como que, a pesar de esa perdida tan física como romántica, lo que permanece impasible, inalterado, intacto como un fósil, continúa siendo eso que llamamos amor.
Leemos menos, pero escribimos tanto o más que antes. El e-mail, el tuit y el WhatsApp, por mucho que se empeñen los adictos de Instagram, nos han devuelto el hábito de la escritura; de forma ingeniosa y voraz, compulsiva si se quiere, y sin esas encantadoras faltas de ortografía que hablaban del atolondramiento y de la prisa del enamorado, y que ahora, gracias al insoportable corrector que se arroga el derecho de leer nuestro pensamiento antes de que se produzca, han desaparecido. La pregunta es: ¿cómo afecta la mensajería instantánea a la vida sentimental? ¿De qué manera altera las expectativas, quiebra las esperanzas, forja o debilita el amor?
Vladimir Mayakovski le escribió cientos de cartas a Lili Brik, a lo largo de los 15 años que duró su relación amorosa, siempre compartida con el marido de ella, el crítico Osip Brik; un triángulo amoroso convulso, acosado por los celos, hasta que un día el poeta decidió quebrar uno de sus lados pegándose un tiro. El soviético firmaba sus misivas como "cachorro" y al lado dibujaba la silueta de un encantador perrito sentado; otras veces llamaba a Lili gata, y el se travestía en gatito en la boca de ella: "Amo y beso a mi gata". "No estés enferma. Escribe. Te amo, mi querido y tibio sol". ¡Cuanta dulzura! A veces el amor es así, tierno como un bebé y empalagoso como un merengue. Pero también, la pluma de Vladimir sabía zarandear el alma de su enamorada con firmeza: "Te abrazo hasta hacerte crujir los huesos"; "Te beso terriblemente, tu cachorro".
El ejército de emoticonos de WhatsApp , del pulpo al jabalí, ofrece la posibilidad de decir lo que las palabras no alcanzan, pero carece del alma, de la autenticidad de esa mano que antaño, con trazo tembloroso o firme, presa de la emoción, dibujaba el animalito que expresaba sus sentimientos. Algo parecido sucede con los motes cariñosos, tan habituales entre los enamorados, siempre menos susceptibles del ridículo por escrito que en viva voz, por aquello de que el papel todo lo aguanta y que, por suerte, la pantalla del móvil tiene su papelera. Y no es lo mismo llamar al enamorado "corazoncito" por escrito, aunque deje su huella, que decírselo en voz alta, en medio de la oficina.
En las cartas de amor que el poeta Fernando Pessoa escribía a su dulce Ofelia, la llamaba "Bebé, bebecito, Bebé Angelito". Y le decía cosas como: "Bebé mío para sentárselo en el regazo. Bebé mío para morderlo", un evidente guiño erótico. Y al igual que Mayakovski, el poeta portugués cambiaba su manera de dirigirse a la amada según su estado anímico. No nos engañemos, bajo la locuacidad como bajo la timidez, en las cartas de amor se esconde a veces la brutalidad. Y de esta manera, el mago de los heterónimos pasaba de tachar a Ofelia de bebecito a llamarla avispa o fiera; o "terrible bebé" o "bebé fiera". Así firmó durante nueve meses las 36 cartas que escribió a su joven enamorada (ella tenía 19 años y él, 32) en el corto y apasionado noviazgo que vivieron. Cuatro misivas al mes no está mal, teniendo en cuenta que se veían a diario en la oficina.
En esto de la frecuencia, los tiempos han avanzado lo suyo y la mensajería instantánea le gana la partida al correo clásico: permite un ritmo que antes era inimaginable. Recientemente, saltó a la opinión pública un enloquecido del sur de Francia, que le envió a su novia 21.000 mensajes en solo 10 meses, la friolera de 70 al día. Ella, como es lógico, agotada pero decidida, le denunció por acoso.
El envoltorio ha cambiado radicalmente. Y cuando las formas se mueven, ya se sabe, condicionan el fondo, lo agitan y lo transforman. La pantalla expresa los tiempos veloces que vivimos e invita al mensaje ligero. Resulta difícil escribir más de un folio, incluso en un correo. Las cartas de amor vía WhatsApp requieren destreza y rapidez, apelan al ingenio y convierten a los pulgares en los reyes de la mano. Justo lo contrario de aquel tiempo, presidido por la paciencia y la lentitud de los enamorados intercambiándose interminables cartas de amor. Aquella lejanía favorecía la discreción y permitía el anonimato. Ahora, la doble pestaña azul de WhatsApp informa de que el destinatario ha recibido y leído el mensaje, lo que complica el engaño, aumenta la posibilidad de control y desata el monstruo de los celos.
Albert Camus y María Casares se escribieron 865 cartas, la mayoría de amor, en los 15 años en que fueron amantes, y que solo el accidente mortal que sufrió el Nobel interrumpió. Ella tenía 21 años y él 30 cuando se conocieron. Escribe María: "Te deseo, amor, de la mañana a la noche. No sé qué me pasa. Nunca he estado así, e incluso me da un poco de vergüenza". Y él contesta: "Es falso, lo sé por mí mismo, que el amor ciegue. Al contrario, hace perceptible lo que, sin él, no llegaría a la existencia y que, sin embargo, es lo más real en este mundo: el dolor de la persona que amamos".
Las palabras del enamorado seducen y embrujan tanto como su presencia. Es más, la distancia acentúa la intensidad de los sentimientos por obra del lenguaje. Además, la tinta es discreta, no avisa como la pantalla de que el enamorado/a está en línea o chateando con otros. La carta promueve la intimidad y favorece la clandestinidad. En sus cartas, Camus le habla a María de su mujer, Francine Faure. Ella asiente y acepta. Pero él no le cuenta que hay otras, de las que la actriz gallega seguramente nunca tuvo constancia y a quienes el compulsivo premio Nobel dirigía también cartas de amor. La última, días antes de estrellarse camino de París, la envía a la actriz Catherine Sellers: "Hasta el martes, mi querida. Te beso y te bendigo desde el fondo del corazón."
Que al mundo lo cambian más las tecnologías que las ideologías es una verdad que Aldous Huxley intuyó y convirtió en frase, pero lo que no sospechaba era hasta qué punto el tiempo le daría la razón. La era de internet no ha acabado con el amor, pero lo ha transformado de forma tan absoluta que a veces cuesta reconocerlo. Bien es cierto que Eros sigue siendo un gran demonio, por ser el más antiguo de los dioses y el más capaz de hacer al hombre feliz durante su vida, como bien decía la sabia Diotima al no menos sabio Sócrates. Pero esa posibilidad de extender el pensamiento y las emociones sin límite, en uno o en 20 folios, lo que el sobre aguantara, de escarbar en el magma oscuro y críptico del amor a través de los pistones del lenguaje, de encender la pasión o de mitigarla, de enriquecer en fin las mil caras de Eros, hoy parece haberse perdido.
¿Le hubiese confesado Anaïs Nin a Henry Miller a través de un WhatsApp, con esa manera suya tan prolija y con esa desbordante sinceridad, las emociones amorosas que vivió con June, mujer del escritor y amante de ambos? Quizás, ella, tan acostumbrada a la confesión, hubiera optado por un largo correo; o en el peor de los casos, como Anaïs era una experta escribiente -llevaba un diario desde los 11 años y se había psicoanalizado con Otto Rank-, seguramente habría encontrado los 280 caracteres necesarios para contar sus emociones a través de un tuit.
Quien se habría adaptado magníficamente al desafío de Twiter y WhatsApp habría sido, seguro, su amante, el incombustible Henry Miller. Por algo, él y Anaïs Nin se ganaron la vida, en los años 40, escribiendo centenares de relatos eróticos para un cliente anónimo. Capacidad sexual y epistolar nunca les faltaron.
Mucho después, durante cuatro años, un anciano Miller le escribió a la actriz Brenda Venus la friolera de 1.500 cartas de amor. Se conocieron cuando él tenía 84 y ella 50 menos. Según Brenda, jamás hubo sexo entre ellos y Miller solo le hablaba de amor. Como homenaje a la literatura amorosa, el americano murió cuando estaba escribiendo una carta a su enamorada en su vieja Olivetti. "Haces que me pregunte quien soy exactamente, si me conozco en realidad y qué soy en el misterio. Caigo de rodillas y rezo por ti."
Gracias a las redes sociales, las reglas del intercambio amoroso ya son otras, pero cómo no sentir nostalgia por aquel romanticismo epistolar. Amores solitarios (@amours_solitaires) es una cuenta de Instagram con casi 150.000 seguidores y que recoge las más bonitos mensajes de amor por SMS. Un proyecto creado por una internauta francesa que pretende precisamente eso que comentábamos: el deseo de revivir ese momento único que surge en el enamoramiento y que solo el lenguaje puede expresar."¿Por qué pasas tanto tiempo en mi cabeza?", ha recibido 9.635 likes. Y este otro, "Nunca serás tan bilingüe como cuando deslizaba mi lengua en tu boca", más de 10.000. El ingenio del segundo mensaje compensa la simplicidad del primero, pero puestos a la brevedad de un pensamiento intenso ¿quién podría superar la pureza filosófica del "amo ergo sum", firmado por Miguel de Unamuno?
El poeta Pedro Salinas conoció a la americana Katherine Prue en Madrid. Él impartía clases de Literatura y ella era una de sus alumnas. Comienza entre ellos una relación epistolar que enseguida se convierte en amorosa. La relación dura dos veranos y un curso académico. Amor y lírica para el poeta son sinónimos. Cada domingo, Salinas transcribe las cartas que le envía y que luego dará lugar al libro Largo lamento. "Amor y nada más" es lo que él le ofrece, un amor epistolar que para ella no es suficiente. El poeta entiende el amor como compromiso para hacerse persona. Una metafísica del amor frente a un mundo superficial. Y escribe: "Se me figura que tu voz, al decirme que me querías, y la mía, al decírtelo, están hoy como en una especie de cielo o paraíso, salvadas de mortalidad, por encima de nosotros." Inevitable preguntarse si sería posible hoy encontrar en la pantalla algo parecido a esta maravillosa rara avis, a este amor metafísico que para existir necesita del término justo, del adjetivo medido, del verbo acertado, y quizás también del papel, la pluma y el sobre.
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