Cuestión semántica

Siempre somos padres, a veces padrastros y, en ocasiones, conseguimos ser pareja.

paloma bravo Madrid

Cuando yo me separé la primera vez lo llamaban "fracaso". Un día, por la calle, una señora me agarró del pescuezo y reconocí a una conocida de mi madre. "¡Eres una niñata! Hay que aguantar, ¿entiendes?".

Esto, que suena decimonónico, ocurrió, en realidad, muy acabados los 90, ya con teléfonos móviles, leyes de divorcio y mujeres independientes. Pero la señora regañona no soltaba la presa: "Es un fracaso que arrastrarás siempre", sentenció (o maldijo).

Y yo, le dije por dentro, que a mucha honra, porque ya entonces sabía que es muy importante separarse bien (y lo habíamos hecho estupendamente: sin rencores, sin arrepentimientos, sin mezquindades).

La segunda vez que me separé (yo nulípara, él con dos hijos extraordinarios) fue un poco más duro. No compartíamos bienes, pero sí dos emociones pelirrojas, que eran suyas genética y legalmente. Los perdí. Nos habían llamado "nueva familia", pero se la quedó él y yo me quedé la nada (la soledad de perder una familia habiendo decidido solo perder una pareja). Éramos una "familia recompuesta" que se había descompuesto.

Mi amigo M. decía: "Tranquila, es que somos exigentes. Los conformistas renuncian a la felicidad". Pero siempre me pareció una boutade. La felicidad siempre es querer.

Años después, conocí a Pablo en esta partida de la oca a la que jugamos los que nos vamos separando. Ya habíamos caído los dos en el calabozo y la calavera. O sea, varias parejas y unas cuantas separaciones. Así que sentíamos que estábamos inmunizados contra los reproches y el amor intenso. Nos conocimos, además, sin querer conocernos (estábamos trabajando,) pero... Ya sabéis: una mirada, una cena, dos copas, el teatro... Un fin de semana...

Por supuesto, decidimos no irnos a vivir juntos. Los dos teníamos hijos en diferentes tipos de custodia y no nos sentíamos capaces de dedicar tanto tiempo y esfuerzo a una familia ensamblada que en la realidad no siempre es tan graciosa como en las series. Decíamos, además, que era lo civilizado: dos casas, dos vidas, dos independencias. Nos hacía sentir distintos, más libres, más guays, más europeos. Pero tres meses después compartíamos un piso porque lo otro era inmanejable. Sus hijos viven aquí en semanas alternas. El mío está siempre, salvo uno de cada dos fines de semana.

Al amor le anteponemos la logística y en septiembre, desplegamos calendarios: después de muchas negociaciones por whatsapp, sincronizamos custodias. Dos fines de semana al mes no hay niños. Siempre somos padres, a veces padrastros y, en ocasiones, conseguimos ser pareja. O sea, somos una familia.

Ilustración: Maite Niebla

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