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Sexo: ¿Qué ha sido de nuestra intimidad?

La escritora y sexóloga autora de libros como 'Antimanual del sexo' o 'Sexo 4.0, Valérie Tasso, analiza distintos aspectos de nuestra esfera más íntima.

La escritora y sexóloga francesa Valérie Tasso. / mujerhoy

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La conciencia que tenemos de nosotros mismos; el marco de protección de nuestra vida interior (con sus luchas, sus contradicciones, sus anhelos, sus miedos y sus pasiones); pero, sobre todo, la posibilidad y el lugar donde podemos escondernos, guarecernos de la irrupción del "otro", donde podemos dejar de ser increpados o aplaudidos, admirados o despreciados. Todo eso es la intimidad, un derecho regulado por todas las convenciones legales del mundo, desde la Declaración de los Derechos Humanos a la Constitución, con independencia de si estamos en la esfera de lo privado o lo público.

En definitiva, la intimidad es lo que diferencia nuestra sociedad de un zoo, donde el animal no solo está privado de su movilidad natural, de su potencia de realización, sino que puede ser sorprendido en cualquier momento. Eso nos entristece y aterra de un zoo. Y la deriva de nuestras sociedades, cada vez más y más "transparentes", nos sobrecoge.

La fractura de ese marco protector con el que nos hemos ido dotando (porque no nacemos con intimidad, sino que la adquirimos y se desarrolla en el transcurso de nuestra existencia) es especialmente evidente en una sociedad que exige, sin que lo queramos, cada vez más transparencia de cada uno de nosotros.

Imaginémonos, como si fuera el argumento de una novela de José Saramago, que un día, al despertar, todos nos hubiéramos convertido en seres cristalinos, sin nada que esconder y nada con lo que esconderlo; que cada pensamiento, solo por formularse, se hiciera público; o que cualquier secreto se evidenciara a cualquiera. Un horror, ¿no? En esa distópica comunidad no podríamos "cerrar" en la intimidad nada de nosotros mismos, aunque lo necesitáramos. Cualquier mirada sería entendida como una intromisión y cualquier caricia, como una violación... Cualquier contacto por parte del otro, cualquier gesto erótico, lo sentiríamos como una agresión.

En una sociedad así, sueño de cualquier totalitarismo y a la que cada vez se aproxima más la nuestra, la pérdida de la identidad por la caída de la intimidad supone estar controlado por alguien en todo momento y en cualquier circunstancia. Es saber que nuestros deseos, apetencias, pecados y penitencias las conoce alguien: un noviete estúpido y despechado, pero también el señor Google, el señor Facebook o cualquiera dentro del entramado digital a quienes ellos han facilitado, a cambio de unos euros y sin nuestro consentimiento, nuestra intimidad. Es abrir el control al núcleo duro de nuestra subjetividad, posibilitar el manejo ideológico de nuestra identidad.

La intimidad y nuestro "hecho sexual humano"

Pero, además de todo esto, conviene recalcar un aspecto más: la intimidad es el lugar principal donde reposa nuestro "hecho sexual humano". Y no porque solamos interactuar sexualmente, solos o en compañía, en un espacio privado, sino porque nuestra condición sexuada exige intimidad. Por ejemplo, nuestras fantasías sexuales (no los deseos sexuales), que son el nutriente principal del desarrollo de nuestra sexualidad..

Las fantasías son siempre íntimas, intransferibles, sin voluntad alguna de realización, de ser llevadas a lo público. Sin embargo, los deseos sexuales, en cuanto que están construidos para ser llevados al "acto", para realizarse, pertenecen al ámbito de la privacidad e incluso de lo público. Por eso se intenta, en mayor o menor medida, mantenerlos públicamente bajo control: estableciendo sobre ellos "recomendaciones" y hasta sancionándolos o prohibiéndolos, como ocurre con la homosexualidad en determinados países.

"Es el lugar donde podemos escondernos del otro, sin ser increpados o aplaudidos"

Otro ejemplo significativo lo representa la intimidad en el sexo, aquello que, inútilmente, los enamorados intentan al entregarse uno al otro. Lo hacen con el objetivo de que el "otro" desaparezca para fundirse en "lo mismo": dejar de ser dos para convertirse en uno; recuperar, según el mito de Aristófanes, la plenitud de la "esfera"; ser una naranja completa y no “media naranja”.

Pero los amantes lo intentan inútilmente, porque en esa interacción que intenta "donar" la propia identidad suele aparecer el elemento disgregador que nos devuelve a cada uno a nuestra intimidad: el orgasmo. En el orgasmo, uno es siempre íntimamente solo uno. El otro no pinta nada; no es que no esté en nosotros, es que, simplemente y durante ese breve lapso de tiempo, no está. Porque mi orgasmo es solo mío y se desarrolla enteramente en mi intimidad.

Convertir lo íntimo en público es peligroso.

Esa voluntad que vemos en nuestra sociedad de querer convertir la esfera de lo íntimo en un asunto público puede ser peligrosa. Porque eso no significaría una sociedad en la que los egos se disuelven en pos de una amorosa comunidad global, sino el horror de que todas nuestras individualidades estarían controladas, condicionadas, manipuladas por intereses que son ajenos a los nuestros. Y esa circunstancia, además de espantosa, nos volvería locos.

¿Queremos contar nuestra vida privada en Facebook? Perfecto. ¿Queremos subir un desnudo a las redes sociales? No hay problema. ¿Nos apetece invadir el espacio de lo público retozando en un parque porque nos pone ser vistos por extraños? Puedes ser. Pero no olvidemos que estamos invocando al diablo, pues el paso siguiente al que apelamos es, ni más ni menos, que "yo" deje de ser "yo" para ser una herramienta pública de lo que los demás quieren que yo sea, que todos nos convirtamos en los paparazzi de los demás…

"Nuestra habitación propia, es cada vez más, el salón de juegos de los demás".

Y todo esto sucede porque creemos, estúpidamente, que el éxito pasa porque nos vean: por enseñar hasta la campanilla cuando comemos una pizza, por explicar urbi et orbe si preferimos que nos estimulen el clítoris de determinada manera, por no dejar nunca en ningún momento de ser vistos… por regalarle a todos los demás nuestra identidad.

En 1929, Virginia Woolf publicó su célebre libro Una habitación propia. En esa época, la del final de la primera ola de reivindicación feminista en Inglaterra, la obra fue considerada (y aún lo es hoy) un manifiesto sobre la necesidad de autonomía en las mujeres para su desarrollo creativo y personal. Pero, si por algo debería ser recordado ese ensayo, a mi parecer, es por la reclamación y por la puesta en valor de la intimidad, que nos afecta a todos, hombres y mujeres.

Nuestra "habitación propia" es cada vez más el salón de juegos de los demás; nuestro espacio público son las alcantarillas de nuestras intimidades; y las particularidades de la sexualidad, el entretenimiento de otros que, en realidad, no son nadie…. Palabra de alguien que ha contado con detalles su vida sexual, pero nunca le ofreció a nadie vender su intimidad.

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