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Coque Malla: «Ahora soy yo el que tengo el control de mi vida»

Cuarenta años dan para mucho. Especialmente, cuando se disfrutan sobre un escenario. Coque Malla, la estrella de la canción canalla que se reinventó como uno de los autores más fascinantes de su generación, está de aniversario. Así que lo celebramos con él.

Coque Malla. / félix valiente.

Ixone Díaz Landaluce
Ixone Díaz Landaluce

A Coque Malla (Madrid, 1969) le encantan los hoteles. Calcula, a puro ojímetro, que habrá dormido en más de 1.000 a lo largo de su carrera. «Y nunca me olvido de cuál es mi número de habitación», dice con orgullo mientras camina, en su salsa, por los pasillos del que sirvió para la sesión de fotos que acompaña a esta entrevista. Es lo que tiene dar entre 40 y 60 conciertos al año. Pero, sobre todo, cumplir 40 años sobre los escenarios. Malla, que saltó a la fama con Los Ronaldos cuando tenía 15 años pero inició su carrera en solitario hace más de 25, está estos días en capilla.

En poco más de un mes, dará uno de los conciertos más importantes de su vida. El próximo 31 de enero, el cantante abrirá su gira 40 aniversario en el Wizink Center de Madrid, antes de iniciar un tour que le llevará a las principales ciudades de España. «Un concierto así es heavy: mucho curro, muchísimos detalles. Estamos muy cerca de llenarlo y eso lo dispara todo», dice sin quitarse las gafas de sol y vestido de negro de pies a cabeza. Amable y algo tímido, el cantante ha traído varios looks sacados de su propio armario para la sesión de fotos y emana la clase de aura que se espera de una estrella del rock.

También las excentricidades inofensivas que alimentan esas leyendas. Aunque vive en Madrid, ya ha reservado una habitación de hotel para el gran día. Como siempre que actúa en su ciudad. «Me gusta que vengan a buscarme para ir al concierto, generar esa sensación de estar de gira. Irme a tocar para 15.000 personas y volver a mi casa a dormir, me da como bajón».

MUJERHOY. Cuarenta años sobre el escenario. ¿Qué diría que es más, nostálgico o sentimental?

COQUE MALLA. Ni lo uno ni lo otro. De hecho, en esta gira, la aplastante mayoría de las canciones serán del Coque presente, el de los últimos 10 años. Aunque habrá guiños al pasado, serán breves y contados. No van a ser los nostálgicos de Los Ronaldos los que llenen el WiZink. Son los últimos discos los que me han traído hasta aquí y los que me han colocado en un lugar único y especial.

Fundó Los Ronaldos con 15 años. ¿En qué momento se dio cuenta de que la música iba a vertebrar su vida?

Fue durante un ensayo, al principio del todo. Estábamos tocando y aquello era desastroso. Hicimos un parón, fuimos a tomar algo, cuatro bromas, nos reímos, conectamos y cuando volvimos al local y arrancamos de nuevo... ¡Guau! Ahí dije: «Este grupo va a ser la hostia y mi vida va a ser la música».

Sus padres, Gerardo Malla y Amparo Valle, eran actores. ¿Crecer entre artistas le allanó el camino?

Sí, claro. Mi hermano y yo lo respiramos y nos infectamos. Vivir con dos artistas tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, pero si también quieres dedicarte al arte es genial que tus padres lo entiendan. Que no tengas que pelearte, que no necesites buscarlo, porque ya forma parte de tu instinto y de tu vida.

¿Cómo era ser una estrella del rock en aquella España de los 80 y los 90?

Era un estrellato muy cutrón, muy cañí. La industria era precaria y Los Ronaldos nos comimos producciones y recintos cutres. Ahora estoy viviendo un estrellato más glamuroso, prestigioso, cómodo y de teatros llenos que en aquella época. La presentación de mi último disco fue en el Palau de la Música Catalana, que es un templo al que no entra cualquiera, y con las entradas agotadas dos meses antes. ¡A 45 pavos cada una! Eso, Los Ronaldos no lo hubiéramos soñado. Tocábamos en la Plaza de la Merced gratis, con la Chochona y Adiós, papá. Yo esto no lo había vivido nunca.

Tener éxito tan joven, ¿pone presión porque eleva mucho las expectativas o es justo al contrario?

Es una mezcla de ambas. Cuando yo decido separarme de Los Ronaldos, ya tengo un nombre, pero a la vez me costó mucho trabajo que la gente viera en mí a un músico que no fuera el del rock chulesco y callejero de los Ronaldos. Hubo unos años de transición que ahora, echando la vista atrás, fueron necesarios y buenísimos para mi aprendizaje como artista.

A veces se describe aquella época en la que tocaba en garitos de mala muerte como «oscura». ¿La recuerda así?

Yo me lo pasé muy bien. Fueron años de bohemia total después de la vida bastante normal que llevaba con los Ronaldos.

Hombre, normal, normal...

Mitificamos mucho el estrellato. Pero, como te decía antes, en esos años los artistas de este país ni íbamos en limusina con botellas de champán ni viajábamos en aviones privados ni llenábamos estadios ni dábamos la vuelta al mundo, como los Rolling Stones. Solo éramos estrellitas de rock de andar por casa.

¿Qué recuerdos tiene más presentes: los más locos o los más entrañables?

Éramos una familia y vivimos de todo. El sexo, drogas y rock and roll está mitificado. Hubo grupos que sí, algunos eran muy killers, y otros... están muertos. Los Ronaldos éramos golfillos, pero no era una cosa de aviones privados y todos desnudos. ¡Que me hubiera encantado, eh! Un éxito salvaje solo lo tuvieron Mecano, un poco Radio Futura y El último de la familia. Los demás éramos currantes de clase media, orquestas de lujo. La industria era cutre y pequeña, aunque se vendían muchos discos y la pasta entraba por ahí. Pero las producciones y las giras eran muy precarias. Solo unos pocos elegidos iban a lo grande.

El cantante cumple 40 años sobre los escenarios. / félix valiente

No sé si ahora le ha dado por la vida sana de algunos viejos rockeros: el deporte, la dieta vegana, la abstemia... ¿Después de castigarse un poco hay que cuidarse más?

Tengo una buena genética heredada de mi padre y de mi abuela: estoy en forma, no tengo tripa, no me he quedado calvo, solo tengo canas en la barba. Pero me cuido lo justo.

Ahora es padre de familia. Para alguien habituado a una vida en movimiento, ¿cómo encaja la rutina y la vida ordenada de tener hijos pequeños?

La ambición nos traiciona: siempre queremos más y más. Luego, paro y digo: «Tengo un equilibrio estupendo entre el éxito, el glamour y la vida ordenada de entre semana». No querría perder eso por una gira de un año dando la vuelta al mundo y sin parar en casa.

¿Y qué ha descubierto de lo hogareño que no sospechaba que tenía su encanto?

Tiene que ver con mis hijos y con mi mujer, que son maravillosos. Me lo paso genial con ellos: ya sea viajando juntos a Nueva York con un plan súper chulo, pasando unos días en la casa que tenemos en la playa o cocinando espaguetis en nuestra casa. Con la edad, asocio mucho más la felicidad a estar tranquilo que a la intensidad y el subidón.

El estudio nunca ha sido su lugar favorito. ¿Por qué no ha aprendido a disfrutar de esa parte del proceso?

Soy súper controlador, aunque llevo varios discos aprendiendo que perder el control no es necesariamente malo. Que puedo soltar, o incluso ir a la deriva, y eso puede llevarme a sitios increíbles. Hay músicos como Iván Ferreiro o Ariel Roth que están mucho más cómodos tocando en casa o en el estudio. Pero yo lo paso peor porque me atacan las inseguridades.

Disfruta mucho más de los conciertos. ¿Cómo ha evolucionado su relación con el escenario?

He conseguido un equilibrio muy potente entre el showman energético y arengador de masas que era con Los Ronaldos y el músico más profundo y complejo de después. Durante años, me negué a mí mismo esa parte más roquera para transmitir la idea de que ya era un autor serio. Pero era un poco castrador, porque era algo muy natural en mí y lo estaba reprimiendo. Con el paso de los años, los discos y los conciertos, me he dado cuenta de que juntos funcionan muy bien: la parte más teatral, más de showman, mezclada con canciones más autorales. El resultado es un espectáculo potente y único. No creo que haya nadie haciendo algo así encima de un escenario en este país.

Suele decir que ahora tiene un tipo de fama estupenda. ¿Diría que es mérito suyo?

Totalmente. Lo sé y, además, saco pecho porque he tenido que pelearme con mánagers, promotores y discográficas para no hacer las cosas de una determinada manera y hacerlas de otra.

¿Qué le pedían ellos?

Pues ir a lo fácil, tirar de la nostalgia. Para mí eso era pan para hoy y hambre para mañana. O, cuando tocaba en garitos durante la travesía del desierto, no hacer caso al público, que me pedía solo canciones de Los Ronaldos en lugar de desarrollar mi obra en serio.

Las canciones que todo el mundo quiere escuchar no coinciden necesariamente con las favoritas del artista. En esa relación de amor-odio, ¿qué puede más?

El amor. Sobre todo en los conciertos. Otra cosa son las entrevistas, la gente en la calle o el promotor que quiere poner No puedo vivir sin ti por todas partes. Pero la gente que se gasta 45 pavos no va a verme tocar en directo por eso. Esos tienen todos mis discos. Por eso funciona todo el repertorio.

¿Le preocupa su legado o trascender le trae sin cuidado?

No, no me importa nada, porque no me voy a enterar. Estoy más en la línea de Woody Allen, que dice: «Yo no quiero que mi obra me sobreviva. ¡Quiero sobrevivir yo!». Cuando me haya muerto, nadie se acordará de mí. Lo que me importa es el próximo disco, disfrutar mientras esté aquí y vivir con salud los máximos años posible.

Su último disco giraba alrededor de la idea de la muerte. ¿Tiene que ver con la edad o con el vértigo que da perder esa vida que uno se ha construido con tanto esfuerzo?

Esto es algo de lo que he hablado mucho con Macarena [Cabo, su mujer]. «Joder, qué felices somos». Pero, a la vez, te das cuenta de que tener una vida increíble, como me está ocurriendo a mí en los últimos años, tiene un precio. Que es la posibilidad de perderla, de que la vida te dé un revés gordo. El paso del tiempo también hace que las cuentas ya no te salgan de la misma manera. O la muerte de los padres, que te coloca en otro sitio porque dejas de ser hijo. Y la pandemia, que nos dio una hostia muy grande de fragilidad a todos. Es una mezcla de varias cosas.

Aunque sea a través de su estado de ánimo, ¿se filtra la actualidad en sus canciones?

Supongo que sí, pero es difícil de localizar. No soy un letrista cronista, como Sabina, que dice que escribe leyendo el periódico. Yo hago letras mirando para dentro, mirando mi periódico interno. Y me da rabia. Me gustaría serlo más, pero no me sale.

Coque Malla tocará en el WiZink Center de Madrid el próximo 31 de enero. / félix valiente.

Ahora los músicos jóvenes, además de discos y conciertos, producen documentales, tienen contratos con marcas o crean contenido. ¿Le da más envidia o más pereza?

Más pereza, claro. Yo rechazo muchas cosas que otros artistas abrazaban. Y lo respeto, pero para mí ha funcionado porque solo se me relaciona con la música. No soy un personaje.

¿Qué diagnóstico hace de la industria musical actual?

Estamos en la era dorada de las redes sociales, pero de la música... no lo creo. Una cosa es la ansiedad por hacerse la foto en un concierto y otra, la calidad musical de ese evento. Pero si no eres un ratón de biblioteca musical, y yo no lo soy, hay que ser prudente. Es posible que estén ocurriendo cosas increíbles y a mí no me lleguen, aunque no creo que haya aparecido un nuevo Bowie o un nuevo Prince. Soy muy clasicón. Aunque voy cogiendo algunas cosas, como The Smile, no escucho hasta el último grupo neoyorquino. Ya soy muy abuelo para eso.

Habla a menudo de una censura creciente dentro de los espacios culturales. ¿Cuándo empezó a percibir que estábamos viviendo un retroceso?

Las redes sociales lo han disparado todo y han dado poder a ese censor que muchos llevan dentro. No voy a dar nombres ni muerto, pero sí me impresionó escuchar a un artista diciendo que había cambiado una letra porque creía que era algo que ya no se podía decir. Ahí pensé: «Si ese espíritu cala en los propios artistas, mal vamos porque es el fin del arte». Es creerse esa idea de que el arte tiene una función ética, moral y aleccionadora. Yo no pienso que ese sea el cometido del arte. Quizá sea la función de los maestros, los políticos, los jueces... El arte es para otra cosa.

Por cierto, ¿es difícil conservar la fe en la política en los últimos tiempos?

Hay que ser prudente, porque vivimos con una serie de derechos y comodidades, y hay gente trabajando para que eso sea posible. Desde luego, el tono en los medios y el parlamento es horrible y deprimente, pero a la vez piensas: «Pese a todo, parece que esto funciona y está relativamente bien organizado». Y alguien tiene que hacerlo. Pero es un tema muy delicado.

Cambiando de tercio, ¿no se ha planteado nunca retomar su carrera como actor? Sería un comeback estupendo.

Me apasiona el clima de un rodaje, pero puedo estar 10 años sin pisar uno y no lo echo de menos. Si estoy un mes sin tocar, ensayar o dar un concierto, me vuelvo loco. Me falta algo. Yo soy feliz en la carretera. Me monto en la furgoneta y me siento completo. Soy yo. Sobre todo en el escenario. Cuando estoy parado, me entra una especie de cojera mental y espiritual.

Vamos, que de jubilarse ni hablamos, ¿no?

Yo qué sé, si me da un ictus... Pero no. Estamos viendo a los primeros ancianos del rock: Dylan, los Stones... Son la demostración de que no se puede dejar. Por dinero no creo que sea.

¿Qué es lo mejor de esta última etapa artística y personal que está viviendo?

En este momento estoy donde quiero estar. Muchas veces vamos por la vida de accidente en accidente, de golpe de viento en golpe de viento. Y ahora tengo la sensación de que estoy sujeto al suelo y que, dentro del caos que inevitablemente nos arrastra, soy yo el que tengo el control de mi vida.

Peluquería: Carmen de Juan (Another Artist). Asistentes de fotografía: Germán Arbós y Luis Spínola. Agradecimientos: Hyatt Centric Gran Vía Madrid.