El escritor Fernando Aramburu. /
De paseo por un Hannover lluvioso y casi desierto, Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) cuenta que nota en su país de adopción un estado de desánimo generalizado, por la recesión y las consecuencias de la guerra en Ucrania. No es, desde luego, la Alemania del estereotipo español, sino un país donde, aunque se vive bien, los trenes no funcionan, «no hay nada parecido a un AVE» y mucha gente pretende vivir del Estado.
Él mismo tampoco es el estereotipo de autor superventas. Vive a las afueras de la ciudad junto a La Guapa, como siempre llama a su mujer, y su perra. Sus dos hijas, cuentan con satisfacción, residen muy cerca. Convertido en un fenómeno editorial, el escritor es un hombre dedicado a dos cosas en exclusiva: la literatura y su familia. Su día a día, de hecho, consiste en huir de las emociones fuertes y abrazar la rutina. Es, explica, el gran secreto de su obra.
MUJERHOY. Dice que su proceso creativo es producto de la monotonía. ¿Por qué se aferra tanto a ella?
FERNANDO ARAMBURU. Me mantiene productivo. Si introduzco una excepción, una visita al dentista, me rompe la mañana, me saca de ritmo, me da rabia. Cada día hago las mismas cosas a la misma hora y evito cualquier tipo de aventura. Es una vida muy monótona. No se la deseo a nadie.
Pero también afirma que nada le proporciona más gozo que trabajar...
Ir a la playa es el castigo más cruel que puedo imaginar. Soy el típico pringado que está bajo la sombrilla, tomando notas o leyendo. En mi infancia me empapé de esa cultura del trabajo. Si al final del día no he producido algo, me siento mal. Tengo una adicción a esa satisfacción vespertina de haber hecho algo que no está del todo mal, la jornada ganada con la página escrita.
¿Y qué entiende un novelista como usted por un trabajo bien hecho?
Me conformo con dejar una fotografía literaria del tiempo que me tocó vivir y la pasta humana de la gente de mi época. Sin dar lecciones, pero siempre con un criterio estético. No es poco, pero es un poco.
Dejó la docencia en el año 2009 para dedicarse a escribir. ¿Cómo se toma una decisión así?
Mis hijas estaban independizadas y mi mujer me animó. Aprendí a vivir sin un sueldo fijo y eso me ayudó a dar el callo en el escritorio. Junto con la decisión de venirme a Alemania con lo puesto en los 80, ha sido la determinación más potente de mi vida. Y las dos salieron bien. Claro que no tenía prevista aquella crisis económica y viví años de estrechez hasta que se me ocurrió la novela y todo cambió. Por primera vez, tuve estabilidad económica y libertad: escribo lo que me da la gana y como me da la gana.
¿Patria puso patas arriba esa vida plácida y previsible de la que hablaba?
Fue un gran cambio del que no me quejo, porque me pilló a una edad en la que uno ha reunido cierta sensatez. Pero, caramba, hubo un antes y un después. A mí me leían cuatro forofos, quizá cinco. De pronto, me vi muy expuesto, también políticamente, con maniobras para convertirme en insignia de determinadas tendencias... Ahí me ayudó vivir lejos.
Aramburu de paseo por las calles de Hannover. /
Después de Patria y otros libros como Los vencejos o Hijos de la fábula el escritor acaba de publicar El niño (Tusquets). «Nunca lo olvidé. Para mí se convirtió en la tragedia por antonomasia». Se refiere a la explosión de gas en el colegio de Ortuella, Guipúzcoa, en la que murieron 50 niños y tres adultos en 1980. La novela narra el duelo de una de aquellas familias.
Las víctimas vuelven a estar en el centro del relato. La empatía por el dolor ajeno es un rasgo de su literatura. ¿A qué se lo atribuye?
Fui educado en la compasión, pero no en su vertiente religiosa, sino como una especie de pulsión moral. Siento lástima por los animales heridos, por el anciano que se cae, por la persona que al final lo pierde todo. Eso es algo que siempre ha estado presente en mi vida y que me proporciona imágenes, historias, textos...
El libro pertenece a la serie Gentes vascas. ¿La distancia ayuda a entender la propia tierra?
Me lo pregunto, pero no tengo respuesta porque no he tenido elección. Es verdad que objetivar, ver la realidad como espectador, es un privilegio frente a estar zarandeado por los acontecimientos, por lo que dice uno u otro, por el miedo. A 1.700 km de distancia, la realidad está como quieta.
Cuenta que encontró su camino al visitar la fábrica de su padre. ¿Qué le impactó tanto?
El día que mi madre y yo fuimos a visitarlo se había roto una tubería y estaba con el agua hasta los tobillos. Recuerdo el mono sucio, el olor a sótano y grasa de máquina. Con 13 años, me di cuenta de que no quería eso para mí. Me agarré a los estudios y a la literatura. Esa lección de modestia todavía me resulta luminosa. Si mi familia hubiera tenido medios, quizá sería un alcohólico. No sé si habría encontrado el camino. Pero sabía que tener el desayuno en la mesa no era algo previsto por la naturaleza. Por eso desconozco la pereza o el miedo a la página en blanco y no estoy acostumbrado a mimos ni comodidades.
Aramburu acaba de publicar su última novela, El niño. /
Su suegro le contó cómo caían las bombas en la ciudad durante la II Guerra Mundial. Apenas quedó nada y ahora el centro de Hannover, «la Valladolid alemana», está plagada de franquicias y él apenas la pisa si no es para ir al teatro con su mujer. Se conocieron en Zaragoza, donde él estudiaba Filología Hispánica, y decidieron mudarse a Hannover en 1985.
Habla de su mujer con auténtica devoción. ¿Es usted un romántico o es que tuvo suerte con ella?
He tenido mucha suerte. Más que el amor, hemos desarrollado la amistad. El amor es muy cansino. Compartimos un yo, somos una persona repartida en dos torsos. Evitamos discutir y, en lo básico, estamos de acuerdo. No me imagino la vida sin ella. Sería como si me quitaran una pierna. No podría caminar.
¿Por qué dice que el amor es cansino?
El amor es cansino como todo lo que es intenso. Está bien pero, por favor, sabiamente dosificado. Induce a la idealización, pero con el ser humano va aparejada su vulgaridad, su decadencia física, sus manías... Es como un terremoto grato que promete otro más adelante, pero entre esos dos momentos es necesaria la amistad. Besarse en la boca 24 horas al día es para los quinceañeros.
Creo que ha sido abuelo hace poco. ¿Cómo le ha impactado la experiencia?
Está siendo maravilloso. No conocí a mis abuelos y me crié con ese hueco, que he tratado de llenar con este libro. Quiero ver a mi nieta todos los días. 30 años después, he vuelto a los pañales, los primeros balbuceos... Es una maravilla. También por esa sensación de que la estirpe continúa. Eso me colma de felicidad.
El novelista vasco reside en Alemania desde los años 80. /
Aramburu vuelve a España «cinco o seis veces al año». Siente debilidad por Zaragoza −«allí juego en casa»−; y, obviamente, por Donosti, donde vive su madre, casi centenaria. Pegado al pulso de su ciudad gracias a una suscripción al Diario Vasco, Aramburu sigue la actualidad y es consciente de que su opinión se escucha con una atención particular en Euskadi.
¿En qué aspectos es un alemán de pura cepa y cuándo sale a relucir el donostiarra?
No necesito una identidad, de hecho trabajo contra ella en cada libro. Soy más bien centrífugo: añado elementos en lugar de conservar a ultranza los que tengo. Para mí, Donosti es el colegio, los amigos, las primeras tentativas literarias y experiencias eróticas. Tampoco voy de protoalemán. Me he integrado en esta sociedad, respeto el himno, pero no lo canto después de lavarme los dientes. Me gusta que gane la Real y en mi casa siempre hay alubias de Tolosa. A esa parte sentimental no renuncio.
¿Qué es el patriotismo para un expatriado?
El patriotismo del amor al paisaje de los afectos me parece perfectamente humano y lo profeso sin exageraciones. Lo distingo del nacionalismo. Yo no admito el concepto extranjero en mi vida.
Este fin de semana, Euskadi celebra elecciones. Las encuestas prevén un fuerte impulso de Bildu. ¿Ha ganado la izquierda abertzale la famosa partida del relato?
Eso ya se verá... Ahora dan otra imagen: han edulcorado su mensaje, han incorporado jóvenes que no están vinculados al terrorismo, encarnan un ideario de izquierdas que ha apartado ostensiblemente el proyecto independentista. Aún recuerdo las campañas en las que Herri Batasuna reclamaba venganza. No me extraña que sean atractivos para una parte del electorado joven. Si hay un fondo de verdad o sinceridad, no lo sé. Cada cual busca su clientela, pero sin los discursos agresivos del pasado.
De hecho, el gran tema de la campaña ha sido la sanidad pública...
Claro. Si la violencia sale del escenario político, surgen los problemas de la gente. Y la gente pide gestión. Es lo propio de una sociedad pacificada.
Para terminar, una curiosidad: ¿ha trasteado ya con la inteligencia artificial o prefiere mantener las distancias?
No, pero me produce curiosidad y no tengo miedo de ser suplantado. Dudo mucho que la IA llegue a humanizarse hasta el punto de producir algo que no obedezca a un esquema previo. Pero, si fuera capaz de crear grandes sinfonías o pintar cuadros maravillosos, ¿cuál sería exactamente el problema?