Con la ceremonia de los Óscar de 2023 en el aire, la huelga de guionistas y actores ya se llevó por delante los Emmy, es innegable que la carrera por los galardones más prestigiosos de Hollywood arranca esta semana. Porque por fin se estrena una de las películas más esperadas del año, Los asesinos de la Luna, con Martin Scorsese adaptando la novela homónima de David Grann, editada en España por Random House.
Estrenada en el Festival de Cannes, donde recibió excelentes críticas, la última producción del director neoyorquino es un largometraje de tres horas y media que cuenta el que la prensa de la época calificó como «el capítulo más sangriento de la historia delictiva de Norteamérica». Una historia que tiene como protagonistas a algunos de los actores fetiche de Scorsese, como son Robert DeNiro y Leonardo DiCaprio.
A mediados del siglo pasado los nativos americanos eran unos de los antagonistas favoritos del género más exitoso, el western. Convertidos en excusa para justificar las frustraciones y anhelos del protagonista, llegaron a la cultura popular siendo un cliché. Hoy la visión que el audiovisual ofrece de los indios nada tiene que ver con los años dorados de las películas de vaqueros. Pero la realidad que recoge el film de Scorsese supera, con creces, a la ficción.
Mucho antes de convertirse en enemigos del pueblo americano en la ficción, después de la Guerra de Secesión, la tribu de los osage fue expulsada de sus tierras por la llegada de los colonos y se trasladaron a Oklahoma. Allí, a comienzos del siglo XX, descubrieron que las tierras en las que estaban asentados albergaban un importante tesoro, petróleo.
Para conseguirlo, los prospectores tuvieron que pagar arriendos y derechos a los osage y aunque inicialmente la cantidad apenas era de unos cuantos dólares, los dividendos se multiplicaron a medida que aumentaban las extracciones. Solo en 1921 la tribu de los osage ingresó más de treinta millones de dólares, lo que hoy serían más de cuatrocientos.
La prensa no tardó en publicar reportajes sobre los «millonarios pieles rojas», con sus mansiones de ladrillo, sus anillos de diamantes y sus automóviles con chófer. A los osage se les consideraba, según narra el propio Grann en su libro, «el pueblo más rico per cápita del mundo».
Y por ello, el gobierno norteamericano, paternalista y temeroso, estableció un sistema de tutelaje por el cual los osage solo se podían gastar el dinero que estableciese un responsable de raza blanca, y más tarde la ley impuso restricciones. Tenían dinero pero no podían hacer uso de él, ni siquiera en la educación de sus hijos o para llevarles al médico
Y el dinero hizo florecer lo peor del ser humano. De los funcionarios locales que se dejaban llevar por la corrupción a los comerciantes que les imponían precios más altos que al resto de sus vecinos, fueron muchos los que trataron de sacar tajada del regalo que los osage se habían encontrado bajo la tierra tras su destierro. Y estaban dispuestos a hacer cualquier cosa para conseguirlo.
A día de hoy todavía no se ha conseguido establecer cuántas víctimas se cobró lo que se denominó el «Reino del Terror». Pero entre las más perjudicadas por la avaricia y la codicia del hombre blanco estuvo Mollie Burkhart que tuvo que ver como su madre, sus hermanas y otros miembros de su comunidad fallecían en misteriosas circunstancias.
Las primeras investigaciones sobre estas muertes no ofrecieron respuestas, por ineficacia de los encargados de llevarlas a cabo, por desidia o simplemente porque estaban confabulados con los responsables. Cuando la comunidad osage encontró a quien se preocupase por dar con ellos, acabaron encontrando el mismo destino que las víctimas.
Cuando los muertos superaron la veintena y J. Edgar Hoover quiso que su recién inaugurado FBI se luciese (y justificase su creación) un hombre, Tom White, comenzó a encontrar respuestas a esta ola de crímenes en la tribu osage impulsada por la avaricia.
Martin Scorsese supo, cuando leyó Los asesinos de la luna, que era una historia que tenía que llevar a la pantalla y tardó siete años en conseguirlo. Su enfoque inicial era contar la historia desde el punto de vista del agente White, pero el propio actor que iba a interpretarlo, Leonardo DiCaprio, le comentó que a la película le faltaba alma. Y él pasó a interpretar a Ernest Burkhart, el marido de Mollie, mientras que Jesse Plemons (Breaking Bad) sería White.
Con Robert de Niro en el papel de William K. Hale, el tío de Ernest conocido como «el Rey de las Colinas Osage», y Lily Gladstone (Billions) como Mollie, la película llega a las cines con la esperanza de acercarse a los buenos números de taquilla de producciones como Oppenheimer y Barbie. El reto no es sencillo, pero si algo han demostrado los amantes del séptimo arte este año es que ganas de disfrutar de una buena historia no les faltan.
20 de enero-18 de febrero
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