
¿Te imaginas emplear más de una década de tu vida en escribir tu primer libro, recibir tres decenas de negativas cuando intentas publicarlo y que, cuando finalmente llega a las librerías , a la semana se decrete un confinamiento mundial sin precedentes? ¿Y que, un año después, tu debut reciba el Premio Booker 2020 y se convierta en un pequeño fenómeno? Un periplo casi 'bigger than life' a la altura del relato que cuenta Douglas Stuart en Historia de Shuggie Bain (Sexto Piso), una novela que él, que hasta hace poco era diseñador de moda para firmas como Banana Republic a tiempo completo, describe de manera muy sencilla: «una historia de amor entre una madre y un hijo».
Historia de Shuggie Bain es eso -que ya es más que suficiente- y muchas cosas más. Una oportunidad para enamorarse de una mujer compleja, víctima y verdugo, Agnes, y de su hijo pequeño, Shuggie, un niño al que todo el mundo llama 'maricón' cuando él ni siquiera sabe cuál es su sexualidad, un geniecillo precoz, una luna que orbita en silencio alrededor de su madre y quiere salvarla de sí misma. Un recuerdo realista del Glasgow de los 80 bajo el yugo de Thatcher. Un retrato íntimo de la adicción. Un viaje a la infancia queer en un mundo hostil. Y, quizá, un recordatorio de que las llamadas luchas identitarias siempre han sido luchas políticas.
Conseguir publicar una historia ambientada en un barrio obrero, en una década convulsa, protagonizada por una mujer alcohólica y pobre y un hijo pequeño gay resultó muy complicado y solo posible en 2019. ¿Crees que la industria editorial por fin está dejando hueco a la llamada 'diversidad'?
La industria editorial es muy blanca y de clase media, pero está empezando a entender el poder de la diversidad. Ha sido muy difícil para los editores entender esta historia de clase obrera. Pensaron que era demasiado específica, pero como novelistas, utilizamos escenarios muy específicos para hablar de lo global. Espero que el éxito de Shuggie abra la puerta a otros.
He leído que has intentado a toda costa evitar el efecto 'poverty safari' (safari por la pobreza) y, en mi opinión, tampoco optas por romantizarla o presentarla con paternalismo…
Siempre he sido fan de la novela clásica y creo mucho en la dignidad de los detalles. Entiendo que este [el entorno de los pobres de países desarrollados] es un mundo en el que la gente no se adentra a menudo. Esta historia se adscribe en una tradición literaria y cinematográfica: cuando pensamos en la sociedad post industrial siempre lo hacemos desde un punto de vista masculino y heterosexual: Irvine Welsh, Ken Loach... Pero quería que los hombres no fueran el centro de este libro, quería centrarme en madres, en hermanas, pero también en jóvenes queer, y así responder a un silencio. Son voces que raramente oímos.
Otra cosa que la ficción tiende a romantizar: la adicción, especialmente en tropos como el 'hombre artista torturado'. Aquí hablas de una mujer de mediana edad, madre, esposa abandonada, ama de casa pobre, que no puede dejar de beber. Y no es bonito. Hay mucha descripción sensorial cada vez que hablas de alcoholismo. ¿Fue algo intencional o quizá espontáneo para ti?
Cuando los hombres sufren de adicción tendemos a no juzgarlos y a aceptar sus caídas, pero cuando se trata de una madre, una mujer de clase obrera, la sociedad la juzga despiadadamente. Parece que ella tiene un compromiso con la sociedad, con sus hijos, y lo está incumpliendo. Se nos olvida que esa persona puede estar sufriendo.
No quería que Agnes Bain fuera principalmente una madre, sino una mujer compleja. Cuando comienza el libro la vemos como amiga, como hija, como amante, como esposa. No es una persona fácil de querer. Buscaba un retrato muy íntimo de la adicción por mi historia personal [Stuart, como Shuggie, creció en ese Glasgow pobre de los 80 con una madre alcoholizada]. Quería enseñarlo de la manera más íntima posible pero también de la más honesta. Tampoco pretendía dar lecciones morales, porque no creo que sea algo tengan que hacer las novelas.
En Historia de Shuggie Bain hay mucha violencia sexual contra mujeres y niños. El libro no se recrea en esto, pero muestra muy bien cómo esos episodios ni siquiera son vistos por nadie como violencia, por lo que resultan aún más dolorosos para el lector.
Cuando la gente es pobre y hay mujeres y niños que conviven con la adicción en su hogar la sociedad les aísla, nadie quiere mirar ahí. Creo que todos somos cómplices en el daño que sufren las mujeres pobres. El aislamiento las convierte en personas extremadamente vulnerables. La violencia sexual del libro es una manera de mostrar lo solos que están, pero también evidenciar que ni Agnes ni Shuggie tienen un lugar en el que colocar ese trauma.
Esto también se ve en la adicción de Agnes, nadie le pregunta '¿qué te pasa?', solo le exigen '¡Para de beber! Sé mejor persona'. Esto mismo ocurre con la violencia sexual: no hay ningún lugar al que ir a quejarse. Parece que en el caso de las mujeres adictas se lo han buscado ellas mismas. Nadie puede parar ese círculo de abuso, y los hijos de esas mujeres acaban sufriéndolo también.
douglas stuart
Otra cosa que salta a la vista en la novela es cómo el alcoholismo es un problema generalizado y, por supuesto, muchos hombres beben. Pero no sufren ni de lejos el estigma de Agnes. Da la sensación de que ser una mujer alcohólica en Glasgow en los 80 está igual de mal visto que serlo hoy, ¿tienes esa misma intuición?
No creo que haya cambiado en absoluto. Asociamos el beber mucho a los hombres, y en las mujeres se vincula a un carácter débil. Muchas veces el estigma, además, lo mantienen otras mujeres. La misoginia en sociedades pequeñas y muy católicas a menudo la ejercen las mujeres, porque hay una visión muy poco permisiva de lo que es ser madre. Agnes desafía lo que es aceptable en muchas maneras: tiene amor propio, es glamourosa [a menudo se la compara con Liz Taylor por su belleza], tiene muchos amantes, es madre soltera y la manera en que se lanza al alcohol resulta ya demasiado para el resto de mujeres de la comunidad.
No se menciona a Margaret Thatcher ni nada explícitamente político (desde el punto de vista más institucional) en la historia, pero para mí es un libro profunda y 'carnalmente' político. ¿Cómo decidiste lo poco o muy explícito que querías ser en este sentido?
Yo no quería hacer un libro sobre política, sino sobre amor. Pero no puedes contar nada sobre el amor en el Glasgow obrero de los 80 sin ser político. Es un libro muy político, pero toda la política es muy personal, tiene lugar en el cuerpo. El cuerpo es el campo de batalla, y para las mujeres y los niños la política es muy personal y corpórea: piensa en el aborto, en la pobreza menstrual… Cuando los hombres protagonizan las historias más políticas, siempre ocurren en la esfera pública. Mientras esos hombres sufrían, sus mujeres y sus hijos también lo pasaban mal en casa.
Shuggie y tú compartís muchos detalles biográficos, pero este no es un libro de autoficción. Cuando esto ocurre, a menudo los medios y los lectores tendemos a asumir (especialmente si se trata de una autora), que el novelista nos está contando su vida. En España, además, en la faja promocional de Historia de Shuggie Bain se incluye una cita de Karl Ove Knausgard, uno de los tótems de la autoficción contemporánea. ¿Cómo te sientes respecto a este movimiento literario?
Shuggie es un trabajo de ficción muy cercano a mi vida, pero quería hablar mucho del entorno, incorporar muchas voces más allá de mi experiencia. Me gusta mucho la autoficción, creo que es una manera de que la gente en los márgenes sea celebrada. En mi opinión, el estigma de la autoficción viene en gran parte de gente de clase media que se forma en talleres literarios y de alguna manera mira por encima del hombro a las personas que se aproximan a la escritura desde su experiencia. No creo que haya una manera correcta de escribir, y todos tenemos derecho a compartir nuestras historias.
Shuggie está en el título de la novela, pero su papel en ella es más de observador, un ser pequeño y vulnerable al que nadie ve. Agnes es sin duda la estrella, y su hijo lo acepta e intenta suprimir todas sus necesidades, sueños, deseos… Quizá muchos lectores se encariñen mucho con él, pero quien fascina es su madre. ¿Por qué no es ella el título del libro?
El corazón de la novela es Agnes, Shuggie es una luna menor en su órbita. Creo que todos los padres, aunque sepan que su vida no va a ir mejor, quieren una vida más plena para sus hijos, y Shuggie es ese rayito de esperanza para Agnes, es una de las razones por las que lo elegí para el título. Cuando eres un niño en un entorno de adicción te vuelves muy observador porque requieres esa intuición para prever qué van a necesitar esas personas a las que quieres: 'Si soy mejor en la escuela, si soy más divertido, más callado…' Qué puedo ser para que estén felices y seguros. Los niños son increíblemente resilientes y capaces de aceptar el mundo en el que viven.