Muchas cosas han cambiado para Simone Biles desde que, hace cinco años, sacudió los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro . De allí salió convertida en la mejor gimnasta de la historia tras ganar cuatro medallas de oro en siete días. Desde entonces, la joven de 24 años se independizó, adoptó dos cachorros de bulldog francés (Lilo y Rambo) e hizo pública su relación sentimental con Jonathan Owens, defensa de los Houston Texans en la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL). También pasó a entrenar con Laurent Landi y Cecile Canqueteau-Landi, marido y mujer, tras separarse amistosamente de su anterior preparadora, Aimee Boorman. Y tuvo que hacer frente al peor escándalo de abusos sexuales en toda la historia del deporte estadounidense. Por si fuera poco, vio cómo la pandemia mundial frustraba sus esfuerzos por lograr un histórico segundo título olímpico consecutivo en todos los aparatos.
Sin embargo, en el momento en el que se realiza esta entrevista, durante la fase final de preparación para Tokio 2020, hay algo que tiene más claro que nunca y que se evidenciará semanas después durante la competición olímpica: su única rival es ella misma.
«Ya no soy una niña», aseguraba Biles. «He encontrado mi voz y me he hecho oír; eso ya supone un gran avance. En los últimos años me he convertido en una mujer independiente y madura. He cambiado y evolucionado como persona. Estoy entusiasmada con la vida y me ilusiona lo que me pueda deparar».
Esta fuerza de la naturaleza de 1,42cm de altura y 47 kilos de peso, ya fue aclamada como la mejor gimnasta de la historia incluso antes de ser olímpica. Hasta que decidió renunciar a competir en varias disciplinas en Tokio 2020 alegando ansiedad y estrés, era la gran favorita para convertirse en la única gimnasta capaz de igualar la gesta de Vera Caslavska, campeona por segunda vez en las cinco categorías en 1968.
«Me siento bastante bien, bastante confiada. Me he entrenado para este momento, así que estoy muy emocionada por el viaje», comentaba Biles. «Ha sido un año duro, pero durante el confinamiento continuamos con los entrenamientos a través de Zoom, por lo que no perdimos la concentración. En cuanto se pudo volver al gimnasio, recuperamos la intensidad para prepararnos a tiempo para los JJOO. Ha sido difícil, pero definitivamente ha valido la pena».
Con Biles, que ha ganado todas las competiciones importantes en las que ha participado desde su debut como senior en 2013, se daba por hecho que Tokio sería la culminación de una carrera incandescente. Quizá también el punto final de su carrera, algo que dejó entrever antes incluso de renunciar a competir.
«Sinceramente, en este momento solo pienso en estos JJOO, y después tengo programada una gira de exhibición», aseguraba antes de partir a Japón. «De lo que pasará después no estoy segura, porque Cecile y Laurent son de París y me están tratando de convencer para que, aunque no siga compitiendo de forma regular, al menos sí regrese [para 2024]. Ya se verá una vez que acabe la gira».
Su empeño en mencionar esta gira adquiere ahora un significado especial. El Gold over America Tour, 37 fechas programadas de septiembre a noviembre en las principales ciudades de EE.UU., estaba pensado como una celebración del triunfo olímpico de Biles. También supone una presión añadida a una gimnasta que ha visibilizado los problemas de ansiedad con su decisión de retirarse de la competición cuando todas las miradas estaban puestas en ella. Tras su coronación en Río, Biles se embarcó en una espiral de compromisos, apariciones y entrevistas propias de una celebridad. Pisó alfombras rojas, protagonizó sesiones de fotos para las mejores marcas y revistas, y participó en Dancing With the Stars, uno de los programas de máxima audiencia en EE.UU. A pesar de todo, ni siquiera estas distracciones tuvieron un impacto negativo en su carrera deportiva. Biles siguió batiendo récords y, con 25 medallas, se convirtió en la gimnasta más condecorada en la historia de los campeonatos mundiales. Resultaba intratable incluso estando por debajo de su mejor nivel: el margen de victoria en los mundiales de 2018 fue el mayor a pesar de las dos caídas que sufrió. Tampoco hizo que se resintiera el cálculo renal que la envió a Urgencias menos de 24 horas antes de la competición.
El gran reto ha sido tratar de permanecer sana y mantener la confianza en mí misma un año más», contaba Biles antes de poner rumbo a Tokio. «El retraso solo significaba tomarse un pequeño descanso. Y eso hicimos. Ahora, obviamente, soy un año mayor, pero Tokio ha sido mi objetivo durante demasiado tiempo, y no estaba dispuesta a renunciar a él solo por la cuarentena y el aplazamiento».
Cambiar su hoja de ruta, romper el ciclo imparable del deporte de élite, ha permitido que Biles reflexionara y abordase de otra manera la competición. Pudo, por ejemplo, tomarse un respiro de las agotadoras sesiones de seis horas de entrenamiento al día y seis días a la semana, y pasar más tiempo con sus seres queridos.
«Tuve tiempo para ordenar mis pensamientos, proteger y cuidar mi cuerpo, mi mente y mi espíritu. Pero lo realmente emocionante ha sido poder experimentar la vida junto a mi familia y mis amigos, ver los partidos de mi novio. Nunca había ido a tantos encuentros en una misma temporada, normalmente estoy muy ocupada con mil cosas más».
Aunque en su día fue reacia a hablar de temas delicados, Biles se ha convertido en la abanderada del cambio en la Federación Estadounidense de Gimnasia. Desde que en 2018 denunció haber sido una de las víctimas de Larry Nassar, el médico de la federación que abusó sexualmente de al menos 265 gimnastas, ha exigido un cambio en el seno de la organización. Sus tuits contribuyeron al cierre de Karolyi Ranch, el escenario terrible donde se cometieron muchos de aquellos abusos, y forzaron la dimisión de Mary Bono, la presidenta que no supo proteger a sus deportistas.
Biles, que también ha brindado su apoyo al movimiento Black Lives Matter, se plantea ahora la posibilidad de poner su popularidad y reputación al servicio de otras causas. «Si me hubieras preguntado hace años, te habría dicho que no, porque entonces me preocupaba demasiado lo que pensarían Marta [Karolyi, ex seleccionadora del equipo femenino de gimnasia artística de EE.UU., que quedó señalada por sus prácticas y exigencia] y otras personas», explica. «Ahora que he descubierto que tengo una voz propia, tengo claro que usarla no solo puede beneficiarme a mí, al equipo y a quienes se dedican al activismo social, también puede ayudar a muchas más personas. Para mí no ha sido nada fácil tener una opinión sobre algunas cosas. Tampoco darla a conocer, porque siempre da un poco de miedo cómo reaccionarán los demás cuando te expresas libremente. Además, muchos piensan que solo somos atletas, que no deberíamos hablar de otra cosa que deporte. Lo cierto es que también somos individuos, y tenemos derecho a defender aquello en lo que creemos».
Simone Biles también ha tenido que reconstruirse a partir de una biografía especialmente complicada. Su madre era alcohólica y drogadicta, ella y sus cuatro hermanos se criaron repartidos por casas de acogida hasta que su abuela se hizo con la custodia. Siendo una adolescente se le diagnosticó trastorno por déficit de atención e hiperactividad, algo que el deporte sirvió para encauzar, aunque después la competición le generó ataques de ansiedad. Solo teniendo todo esto en cuenta puede valorarse lo que ha conseguido. También entender esos demonios a los dijo enfrentarse tras su abandono en Tokio 2020. Independientemente de quien gane más medallas o bata récords que parecían inalcanzables, ese gesto de valentía y sinceridad que protagonizó se ha convertido en uno de esos momentos que definen la historia de los Juegos Olímpicos. La atleta, que llevaba meses dándole vueltas a cómo podía hacer que su influencia mejorase la vida de los demás, ha contribuido a que el debate sobre la salud mental se convierta en una conversación global.
Acostumbrada a imponer su aplastante dominio en la gimnasia, cuando se realizó esta entrevista, Biles estaba perfeccionando el doble mortal Yurchenko, una técnica que ninguna mujer había realizado en una competición hasta que ella lo consiguió. Es el quinto elemento que toma el apellido de Biles en el código de la gimnasia artística femenina. Sin embargo, Simone ha dado nombre a algo más importante. Tras casi una década desafiando las leyes de la gravedad, en su muñeca lleva tatuado un verso de Maya Angelou: «Y aún así, me levanto»