Los reyes Letizia y Felipe, el día de su boda hace 19 años. /
Fue un día como hoy, el 22 de mayo de 2004, ante 1.200 invitados de 28 casas reales, jefes de Estado y representantes de la nobleza y de la sociedad española, el Gobierno y las Instituciones del Estado. Letizia Ortiz se vestía de novia mientras Madrid todavía no había salido del impacto del terrible atentado terrorista del 11 de marzo, en el que murieron 193 personas. Las medidas de seguridad fueron máximas para recibir a todos los que asistieron a la ceremonia en la Catedral de la Almudena y al posterior banquete en el Palacio Real.
El día amaneció lluvioso y la tormenta se intensificó justo cuando doña Letizia salía, acompañada de su padre, Jesús Ortiz, por la Puerta del Rey del Palacio Real, donde se había vestido, camino de la catedral. En lugar de caminar por la alfombra roja que unía ambos edificios, como estaba previsto, tuvo que desplazarse en un Rolls-Royce cubierto. Estas son algunas de las cosas que ocurrieron aquel día y que solo supimos tiempo después.
Doña Letizia estaba muy emocionada y le brillaban los ojos. Se había despertado casi de madrugada para empezar a prepararse, tras la cena de gala de la noche anterior. Apenas durmió. Pero, además de la emoción y de la falta de sueño, se encontraba con algo de fiebre, por un enfriamiento que había padecido en los días anteriores.
Dos damas de honor componían el cortejo nupcial de doña Letizia: Ana Victoria Codorniú Álvarez de Toledo y Claudia González Ortiz, a las que vistió Lorenzo Caprile, igual que a los siete pajes que acompañaban a la novia. Su vestido era de estilo goyesco, con corpiños y delantales bordados. El modisto se inspiró directamente en varios cuadros de Goya.
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Ana Victoria es hija de Victoria Eugenia Álvarez de Toledo, marquesa de Casa Loring, y de Alfonso Codorniú Aguilar, de la familia fundadora de la casa de cava. Es bisnieta de la infanta María Cristina de Borbón por parte de madre. La relación de sus padres con la familia real es muy estrecha. Al enlace de Victoria Eugenia y Alfonso, celebrado en 1982 en la iglesia de San Jerónimo El Real de Madrid, acudieron la Reina Sofía, su suegra, la condesa de Barcelona, las infantas Elena y Cristina, y las infantas Pilar y Margarita con sus esposos. Claudia González Ortiz, por su parte, es hija de Henar Ortiz, y, por tanto, prima carnal de doña Letizia.
El secreto mejor guardado no pudo desvelarse hasta que la novia no se bajó del Rolls-Royce a la puerta de la catedral de la Almudena. El diseño, una creación de Manuel Pertegaz, uno de los grandes modistos españoles, estaba confeccionado con seda valenciana de la casa Rafael Catalá y adornado con bordados en hilos de seda y plata de Tarrasa. Pero llevaba tanta tela que, al humedecerse, pesaba mucho, lo que provocó que doña Letizia se moviera de manera ligeramente acartonada en algunos momentos.
El vestido era sobrio, aunque majestuoso, pero causó cierta polémica: hubo quien no apreció el cuello en forma de corola y criticó sus proporciones, asegurando que no favorecía a doña Letizia. La entonces futura princesa de Asturias había escogido a Pertegaz por indicación de doña Sofía, pero parece que no hubo complicidad entre el diseñador y la novia. De hecho, tardó 15 años en volver a vestir un diseño de la firma. El traje se encuentra expuesto en el Palacio de Aranjuez.
El vestido de Letizia era una creación de Pertegaz. /
La reina Rania sorprendió por el look que escogió para la boda de los príncipes de Asturias: una blusa a juego con una falda larga de encaje en color lila de Givenchy. Enseguida se dijo que aparecer de largo en una boda de día era una descortesía, además de un atentado al estricto protocolo de una boda real.
Sin embargo, el diseño de estilo años setenta y de alta costura se ha convertido, con el tiempo, en uno de los modelos más recordados de aquel día. Y resultó que, como reina de Jordania, un país árabe, debía asistir de largo. Rania, además, resultó la más cercana: fue la única invitada que, la noche anterior, en el banquete de gala previo a la boda, se acercó a los periodistas para saludarlos.
Al anochecer, en el Palacio de La Zarzuela, se inició una pelea entre Victor Manuel de Saboya y Amadeo de Aosta, los dos pretendientes al hoy inexistente trono de Italia. Parece que ambos llegaron a las manos ante la indignación de don Juan Carlos, que tuvo que separarles. El episodio fue relatado al diario La Repubblica por la princesa Olghina di Robilant, una de las invitadas a la cena, y antigua novia de Don Juan Carlos, y fue confirmado por el propio Amadeo.
Los dos protagonistas llevaban mucho tiempo sin verse. Su relación se había estropeado cuando el Consejo del Reino, un órgano no reconocido por la República italiana, estableció que el jefe legítimo pretendiente al trono era Amadeo. Al concluir la cena, Amadeo dio unas palmadas en la espalda a Victor Manuel, para despedirse. Parece que Victor Manuel, bastante achispado, insultó a Amadeo y, le dio dos puñetazos, en respuesta. Ana María de Grecia y un jeque egipcio fueron a buscar hielo para evitar que se inflamara el golpe. Don Juan Carlos exclamó: «¡Nunca más!».
El banquete, servido por Jockey, no comenzó hasta las tres y media de la tarde. Doscientos camareros y treinta cocineros del restaurante se encargaron de servir el convite. Tras los aperitivos, el primer plato fue una Tartaleta hojaldrada con frutos de mar sobre fondo de verduras. Luego hubo capón asado al tomillo. El repostero Paco Torreblanca se encargó de la tarta. Años más tarde, reveló que los novios tenían gustos reposteros diferentes. A don Felipe le gusta el chocolate muy amargo, por lo que Torreblanca planteó un postre con este ingrediente, pero a doña Letizia no lo apreció nada. Así que Torreblanca ideó un postre a base de chocolate con leche y avellanas, más del gusto de la novia.
Los Reyes, después de la ceremonia. /
En la boda no hubo baile ni barra libre. Los más de 600 invitados que se quedaron hasta después del banquete se desplazaron a los salones del Palacio Real. Allí disfrutaron de café, copa y charla con los novios. El encuentro duró hasta la una de la madrugada.
Era la primera boda que se celebraba en la catedral de La Almudena de un miembro de la Familia Real, pues el templo fue inaugurado en 1993. La reina Sofía se encargó de seleccionar la música, al igual que hizo en las dos bodas anteriores de las infantas Elena y Cristina. Sonaron piezas de Haendel, Mozart, Tomás Luis de Victoria y Bach, entre otras. Fue doña Sofía también quien se encargó de llevar a sus nietos a las pruebas de los vestidos de pajes.
Las medidas de seguridad eran máximas. Más de 20.000 agentes estuvieron pendientes para que todo transcurriera sin sobresaltos. La Guardia Civil y la Policía Nacional controlaron cada tren, cada avión y cada vehículo. El país se blindó ante una amenaza terrorista, tras lo que había pasado el 11 de marzo.
Años después, José Bono, que fue presidente del Congreso, revelaba que se habían establecido unas medidas especiales para el espacio aéreo de Madrid y que se descubrió que habían sido robados varios ultraligeros, lo cual resultó muy preocupante. Desde la base de Cuatro Vientos despegaron dos helicópteros a bordo de los cuales iban varios tiradores de elite para patrullar el cielo de Madrid, pero parece que fue una falsa alarma.
Asesorada por Manuel Pertegaz y por la Casa Real, doña Letizia escogió un ramo en colores claros. Todas las flores tenían su significado: rosas isabelinas, de la variedad véndela; lirios, las flores ligadas a la dinastía de los Borbones; flor del manzano, como homenaje al Principado de Asturias; espigas, símbolo de fertilidad; y flor de azahar, en memoria de la Condesa de Barcelona, doña María de las Mercedes de Orléans y Borbón. Tras la ceremonia, doña Letizia ofreció su ramo a la Virgen de Nuestra Señora de Atocha, patrona de la Corte, una tradición que instituyó Isabel II en 1852.
La tiara que lució la princesa de Asturias fue la misma con la que se casó doña Sofía, en 1962, un diseño de estilo imperio, inspirado en el arte helénico, con hojas de laurel, de platino y diamantes y un diamante suspendido en el centro. Perteneció a la princesa Victoria Luisa de Prusia, abuela de doña Sofía, que la recibió en 1913 como regalo de su padre, el káiser Guillermo II de Prusia, por su boda con Augusto III de Hannover. El velo, de tres metros de largo, se lo regaló don Felipe. Era de tul de seda natural bordado a mano con guirnaldas, flores de lis y espigas.