Máxima y Guillermo de Holanda en una imagen de 2002. /
Partamos de la base de que los cuentos de hadas no existen y mucho menos en las monarquías europeas. Toda boda real esconde una compleja campaña para que se acepte al nuevo integrante de la familia real con una sonrisa, especialmente si ese candidato no tiene ni gota de sangre azul en sus venas o un pasado «escandaloso» como fue el caso de Máxima Zorreguieta y de los anteriores ocupantes a su mismo puesto; el de consorte real.
La historia muestra cómo el país de los tulipanes, que puede presumir de democracia saneada y de poner en aprietos a su monarquía tirando bombas de humo a la carroza real si hace falta, al final, acaban transigiendo con todos los candidatos a consorte por terribles que sean sus currículum gracias a estos lavados de cara.
Sucedió en 1966 con la princesa Beatrix y su prometido, el alemán Claus von Amsberg, y antes que ella con la reina Juliana y el siempre problemático príncipe Bernardo de Lippe-Biesterfeld. Y, por supuesto, cuando la rubia, joven y sonriente Máxima, hija de un alto cargo durante la dictadura de Videla, fue presentada al pueblo holandés, la misma maquinaria que limpia y da esplendor se puso en funcionamiento para que dejaran de saltar las alarmas rojas a su alrededor.
La tendencia a «maquillar» candidatos comenzó hace ya dos reinados. Recientemente se ha confirmado lo que hasta ahora era un secreto a voces: que el marido de la reina Juliana era nazi. Un hecho que estuvo a punto de fastidiar su boda real y que negaron vehementemente tanto la reina como todo su personal y, por supuesto, el propio príncipe.
Hace unos meses, para sorpresa de pocos, en el archivo personal del príncipe Bernardo de Lippe aparecía su carnet de militante en el Partido Nacional Socialista alemán fechado en 1933. Paradójicamente en el mismo archivo se encontraban cartas del consorte de la reina Juliana animando a sus amigos de filiación a quemar la documentación y sus carnets de pertenencia al partido nazi tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Un consejo que él mismo no siguió porque sabía que estaba respaldado por una corte entera dispuesta a blanquear e incluso ocultar sus actos.
Por culpa de este incidente, dos generaciones más tarde, el actual rey Guillermo tuvo que hablar ante las cámaras de televisión dando un mensaje confuso acerca de que «era una noticia que suscitaba muchas emociones».
Seguramente las mismas emociones negativas que se suscitaron en 1966, cuando su madre, entonces princesa Beatrix , decidió «pasar» de su novio de toda la vida Bob Steenma para aparecer del brazo de otro pretendiente más molesto para su pueblo, un diplomático alemán que había sido miembro de las Juventudes Hitlerianas. Pero, una vez más, el lavado de cara del pretendiente acabó funcionando y el príncipe Claus pasaría a la historia como un hombre discreto y culto del que todos olvidaron su vergonzoso pasado.
Con antecedentes como estos, para cuando la argentina Máxima Zorreguieta y su polémico padre se asomaron al trono holandés, la maquinaria de acicalar consortes de los Orange-Nassau estaba perfectamente engrasada y dispuesta a hacer comulgar a quien hiciera falta con la nueva candidata. Así lo consiguieron.
«No sólo estaba la silla vacía de mi padre, sino también la de mi madre. Ella decidió quedarse con él. No siempre conseguimos lo que queremos», le explicó la propia Máxima al periodista holandés Matthijs van Nieuwkerk después de la boda real a la que no se permitió que asistiera su progenitor, Jorge Zorreguieta .
De todas las historias almibaradas y lacrimógenas que se construyeron alrededor de la prometida del heredero del trono la más épica, y que se sigue explotando hoy en día, es la de aquella novia solitaria llorando ante el altar. Lo que a Charlène de Mónaco la ha convertido para los restos en una novia a la fuga, a Máxima le sirvió como acto de redención.
¿El motivo de aquella soledad? Que, de nuevo, el futuro ocupante del trono holandés se había fijado como pareja de vida en alguien relacionado muy de cerca con un crimen contra los derechos humanos, en este caso, con la dictadura argentina de Jorge Videla, uno de los regímenes más sanguinarios que se dieron en América Latina en el siglo XX.
El padre de Máxima, Jorge Zorreguieta, fue durante toda la dictadura un alto cargo del Gobierno. Este hecho provocó una crisis institucional en los Países Bajos, un país donde el matrimonio del heredero debe ser aprobado mediante votación en el Parlamento. El asunto se resolvió con una cal de y otra de arena, Máxima se podría casar con el príncipe, pero su padre no podría pisar ni su boda ni la futura coronación de su esposo. Ella misma fue la encargada de decírselo a su padre.
Máxima y Guillermo de Holanda en una imagen reciente. / /
Pero el pasado paterno no fue, ni mucho menos, lo único que hubo que arreglar en el caso de la prometida «cegadoramente hermosa» del príncipe, como la definía el Telegraaf. Para empezar, era católica en una casa real y un país protestante, había nacido cuando sus padres no estaban casados, no hablaba holandés a pesar de ser un requisito imprescindible para conseguir el pasaporte nacional.
Nada de todo eso importó porque la maquinaria ya se había puesto en marcha: por ejemplo, por decreto, la reina Beatriz le concedió la nacionalidad holandesa y los medios se encargaron de aplaudir a menudo lo rápido que aprendía la espontánea joven el idioma nacional. Cuando se filtraron vídeos de la joven Maxima de fiesta bebiendo y fumando, se justificó por su «sangre latina».
También se maquilló su curriculum para que nadie reflexionara sobre qué hizo Máxima en Estados Unidos durante los dos años de vacío en los que no figuraba ningún trabajo. Y se habló poco de que su primer empleo serio lo tuvo gracias a la influencia de su padre en una empresa que años después fue investigada por blanqueo de capitales del narcotráfico.
Hasta la forma en la que se conocieron los tortolitos se maquilló: la leyenda cuenta que bailaron juntos en la Feria de Sevilla. Las biografías no oficiales afirman que ya hubo intercambio de fotos previo a aquel encuentro, de hecho, su cita a ciegas tenía poco de espontánea. También la lejanía paterna el día de su boda: los progenitores de la nueva consorte real vieron la boda de su hija en un hotel de lujo en Europa pagado por la propia reina Beatriz.