Mohamed VI y Lalla Salma junto a su hijo, Mulay Hasán. /
Mucho ha llovido desde los tiempos en los que el rey de Marruecos, Mohamed VI , mejoró su imagen internacional gracias a la presencia a su lado de una mujer, su esposa Lalla Salma. Pero si echamos un vistazo a la hemeroteca, fue justo así como sucedió.
Su decisión de pasarse a la monogamia, acabar con el harén y casarse con una graduada en la Escuela Nacional Superior de Informática y Análisis de Sistemas de Rabat de larga melena pelirroja llamada Salma Bennani le proporcionó toda la popularidad que un monarca puede desear cuando elige a su pareja de por vida. Pero con el tiempo, Salma se convirtió en invisible, como siempre lo fue la anterior madre del heredero del trono marroquí, su suegra, Lalla Latifa.
Aunque sorprendiera al resto del mundo la «desaparición» de la mujer que dio a luz al próximo rey de Marruecos su opacamiento no fue, de hecho, ninguna novedad en la corte alauí. La propia madre de Mohammed VI fue siempre una incógnita para todos aquellos que vivían fuera del palacio de Rabat e incluso una desconocida para su propio pueblo a pesar de haber sido una figura clave en el éxito del reinado de su esposo y la persona que garantizó la continuidad de la dinastía alauí .
El padre de Mohamed VI, el rey Hassam II, siguió la misma senda que marcó su propio progenitor al escoger a sus consortes: buscar una muchacha joven entre las grandes tribus bereberes, lo que que le proporcionaría un saludable apoyo político y militar. El destino quiso que la elegida, tras el fracaso de su primera esposa en la tarea de darle un heredero, fuera Latifa Amahzún, hija del bajá de Jenifra, la Lalla cuyo rostro apenas ha sido fotografiado.
La ceremonia que la convertiría en consorte real no se anunció oficialmente en ningún sitio, se celebró el 9 de noviembre de 1961 y fue doble; mientras ella se casaba con el rey Hassam, la hija del presidente del Líbano se casaba con el hermano del monarca. Esa falta de exclusividad y relevancia la acompañaría hasta que los partos le dieran un papel en la corte. De hecho, su existencia y su título oficial («madre de príncipes») no se desveló al mundo hasta el nacimiento de la primera hija de la pareja real, la princesa Lalla Meryem , en 1962. A ese parto le seguirían otros cuatro.
Pero su historia en palacio no comenzó con un título. Latifa se casó con el rey a los 15 años y pudo contemplar en primera persona el destino de muchas de las concubinas del rey, tan anónimas extramuros como ella misma. Vio cómo eran relegadas a palacios remotos por un capricho y también cómo los celos entre mujeres podían culminar empujando por las escaleras a una rival embarazada.
Según se describe en el libro 'El último rey', de Jean-Pierre Tuquoi, no debió de ser fácil para Latifa sobrevivir, entre otras cosas porque partía en desventaja. No era tan interesante como Lalla Farida, a la que el mismo rey apodaba «la única», porque la adoraba; ni mucho menos tan sexy como la actriz Etchika Choureau, la amante favorita del rey.
Convertirse en madre proporcionó a Lalla Latifa un amplio apartamento en la segunda planta de palacio que su marido casi nunca visitaba. Una estancia contigua a la treintena de estudios habilitados para las concubinas, las jóvenes enfermeras «regaladas» al rey por el presidente filipino Ferdinand Marcos y las masajistas del monarca, de origen coreano o japonés.
El rey Mohamed VI de Marruecos junto a doña Letizia. Al fondo, Felipe VI saluda a Lalla Salma. /
En los obituarios por el reciente fallecimiento de Lalla Latifa, que se produjo este mismo verano, los medios marroquíes destacaban su invisibilidad como una virtud. Describían positivamente cómo nunca figuró en público porque «estaba interesada en preservar las tradiciones y costumbres de la familia real marroquí». Hassam II lo explicó de una forma menos halagadora en una entrevista que concedió a la radio francesa: «está bien educada, es presentable, pero no es una reina».
Lalla Latifa no era una reina, pero consiguió que su hijo fuera el heredero de Hassam, y aún más, supo esquivar al rey y superar a sus rivales. Incluso jugó un papel fundamental en el nombramiento de personas de confianza del monarca. Y lo que es aún más extraño, tras la muerte de su esposo, en 1999, se casó con Mohamed Médiouri , el que fuera jefe de seguridad de su marido y al que ella misma introdujo en la corte. Tras la boda, escapó de los muros del palacio y desde entonces vivía entre Francia y Marrakech.
Por su parte, en el caso de Lalla Salma sólo queda asegurar, una vez más, que los cuentos de hadas no existen ni aquí ni en Marruecos y que la decisión de Mohamed VI de casarse con ella no fue tan casual como todos quisimos creer.
Salma Bennani era en aquel momento una joven educada, inteligente y con un pasado inmaculado y, lo más importante, bien relacionada. Huérfana de madre fue criada por su abuela en Rabat, donde aprobó sus estudios sacando una matrícula tras otra. Pero conservaba intacto el círculo íntimo de su familia materna.
Lalla Salma cuando aún formaba parte de la agenda y la vida del rey Mohamed VI. /
De hecho, al anunciar su compromiso, en medios como Le Monde revelaron la línea recta que existía entre Mohamed VI y su futura esposa: su antiguo compañero de estudios, Nourredine Bensuda, que, casualmente, era también primo de la novia. No es difícil imaginar que el encuentro entre la joven y el rey en la casa del médico del monarca fue de todo menos casual. En aquel momento el rey ya había cumplido 38 años y era perentorio que tuviera un heredero directo.
Aunque Lalla Salma era 14 años menor que su esposo, Mohamed VI intentó que las cosas para ella fueran diferentes a lo que había vivido su madre: cerró el harén, fue su única mujer, le dio una posición pública… Pero, al final, como buena «madre de príncipes», Lalla Salma también desapareció. Y es que el destino de las reinas que no reinan en Marruecos parece ser ese, el de acabar siendo invisibles.