Estilismo: Gervasio Pérez. Maquillaje y peluquería: Antonio Romero. Asistente de estilismo: Julieta Sartor. Asistente de fotografía: Nano Haz. Agradecimientos: Adriana Nicolau (adriananicolau.es). /
Se ha cuestionado hasta el infinito la verdadera labor como espía de Aline Griffith, condesa de Romanones , durante la Segunda Guerra Mundial en el Madrid de la posguerra. Probablemente porque la propia Griffith adornó tanto su actividad en los cinco libros autobiográficos que publicó en vida, que ya nadie (puede que ni siquiera ella misma) sabía a ciencia cierta cuánto de verdadero y cuánto de ficción había en su fabulosa historia.
De lo que no hay ninguna duda es de que esta señora nacida en Nueva York en 1923 y fallecida en Madrid a los 94 años en 2017 fue una mujer adelantada a su tiempo: «Absolutamente», asegura su nieta, la pintora Lucila Figueroa (Madrid, 1986), Lulu para sus amigos y todos sus seguidores, cerca de 30 mil en Instagram.
Cuando Aline llegó a Madrid tenía 21 años y había dejado atrás una vida acomodada en Pearl River para cruzar el Atlántico y trabajar como agente secreto de la Office of Strategic Services (predecesora de la CIA). Había estudiado periodismo y ganado un concurso de belleza en su país natal, pero ella solo pensaba en exprimir la vida y convertirla en una auténtica aventura.
En España no tardó en codearse con la élite de entonces: toreros, empresarios y aristócratas... Tan en serio se tomó su inmersión que terminó casada con Luis de Figueroa y Pérez de Guzmán el Bueno, III Conde de Romanones, con quien pasó por el altar vestida de Balenciaga. «A mi abuela le encantaba la moda y siempre apoyó a los diseñadores españoles», continúa Lulu que ha colaborado con firmas como Max Mara, Loewe o Louis Vuitton, y también comparte ese compromiso con la promoción de la moda que se hace a día de hoy en España.
«Me gusta vincularme con diseñadores españoles como Moisés Nieto, que además es un gran amigo al que quiero mucho, o The 2nd skin. Juan Carlos Pajares me encanta aunque nunca he vestido nada de él, pero siempre lo intento. Con Navascués, el taller de costura, tuve relación durante mucho tiempo.
[Su vestido de novia se confeccionó allí] Y luego está Pertegaz que me recuerda tanto a mi abuela... Me gusta que haya vuelto y me encantaría colaborar con la firma», asegura mientras confiesa algunos de los vestidos que ha heredado del armario de su abuela: piezas de Pertegaz, Balenciaga, Carolina Herrera… «Tenía cosas maravillosas, aunque están un poco deterioradas por el paso del tiempo».
El matrimonio de Aline y Luis Figueroa se convirtió muy pronto en la sensación de la capital y por su casa en el exclusivo barrio madrileño de El Viso y su finca de Pascualete, en Extremadura, desfilaron todas las personalidades de la época: Ava Gardner y Frank Sinatra, Luis Miguel Dominguín y Lucía Bosé, Audrey Hepburn, Mel Ferrer, Deborah Kerr…
De pequeña, Lulu frecuentaba a menudo la finca con su familia; su padre, Álvaro de Figueroa, su madre, Lucila Domecq, y sus cuatro hermanos Cristina, Carla, Álvaro y el benjamín, Alonso. Pascualete se convirtió en el verdadero refugio de Aline en la segunda mitad de su vida y allí pasaba largas temporadas, siempre que su frenética actividad se lo permitía: «Creo que gracias a su incansable ritmo se mantuvo viva hasta tan mayor.
Tenía la cabeza ocupada. Nos inculcó el deber del trabajo y el sacrificio». Pero si hay una vivienda familiar con la que Lulu se sienta estrechamente vinculada es la finca Santiago, en Jerez de la Frontera, donde transcurren sus veranos. La que fuera la casa de sus abuelos maternos, Beltrán Domecq, miembro de la famosa familia bodeguera de mismo nombre, y su esposa, la británica Ana Cristina Williams, siempre ha sido el refugio de esta extensa familia, que incluye a las hijas de Bertín Osborne, primas de Lulu, y con quienes matiene una estrecha relación.
«Cuando era pequeña e iba a Pascualete siempre quería escaparme a Jerez para estar con mis primas. Hubo una época que hacía viajes con mis amigas a otros lugares, pero desde que me casé y tuve a mis hijos vamos siempre que podemos», reconoce Lulu, que no ve el momento de dejar el abrasador verano madrileño para abrazar la paz y libertad del campo jerezano.
«En el mismo terreno hay tres casas. Mi familia ocupa una de ellas y en las otras están mis primos. Nos juntamos unas 30 personas entre primos, parejas e hijos. Imagínate el mogollón que se forma. A mi familia le encanta ir a la playa, pero yo no salgo de ahí. En la finca ya tenemos de todo: piscina, juegos para los niños, largos paseos... Lo pasamos realmente bien».
Lulu se casó en 2010 con Adrián Saavedra, profesor y dueño de una academia de estudios en Pozuelo. La pareja tiene dos hijos: Ciro, de tres años y medio y Lucio, que acaba de celebrar su primer cumpleaños. Los cuatro viven en una casa en Aravaca, donde Lulu ha instalado su estudio de pintura en un porche techado y acristalado por donde entra muchísima luz.
«Es pequeñito y está en la entrada pero así lo tengo a mano». Aunque le encanta pintar, su tiempo ahora lo acaparan casi por completo sus dos hijos, y solo se sienta delante del caballete cuando consigue que se duerman, porque ni Ciro ni Lucio perdonan su siesta. «Como con ellos y en cuanto los acuesto me pongo a pintar. Es mi momento». No es la única pintora de su familia.
Su hermana Carla también es artista, mientras que su tío Christian Domecq es un prestigio retratista. «Cuando me surgen dudas técnicas siempre recurro a él en busca de consejo», cuenta. A diferencia de su tío, Lulu ha abandonado los retratos y se ha decantado ultimamente por capturar la naturaleza, pintar flores o inmortalizar a sus mascotas. Una obra que, reconoce con un punto de timidez, le gustaría exponer el próximo otoño, con todo el material que ha acumulado desde que estalló la pandemia.
«Serían en total unos 20 o 30 cuadros. No he hecho ninguna exposición desde que fui madre por primera vez, así que tengo muchas ganas. La iba a hacer la primavera pasada, pero se pospuso. Me han mareado mucho con las fechas y la haré por mi cuenta porque no quiero que pase de este otoño. Me da miedo hasta decirlo por si lo gafo. Se ha ido posponiendo por tantas motivos...
La idea es buscar un sitio bonito, aunque dure tres días. La gente quiere ver las obras en persona, porque aunque las han visto en Instagram, ahí se advierten más matices». Como buena millennial, la red social es una herramienta básica para Lulu. Allí documenta con un gusto exquisito sus avatares cotidianos: fotos de sus cuadros, instantáneas de sus hijos, su paso por fiestas glamurosas y los viajes que realiza.
En definitiva, una moderna it girl que destila el encanto y magnetismo de aquellas socialites icónicas. Lulu, en cambio, se lamenta de su incapacidad para recordar alguien que la impresionara: «Mi abuela traía a gente fascinante pero yo era una adolescente y no me enteraba de nada. Me quedo con Audrey Hepburn, de la que hablaba maravillas, o Dalí, que paseaba por allí con un guepardo.
De hecho, en 2023 queremos montar una exposición sobre mi abuela con la Universidad de Villanueva. Un alumno ha escrito una tesis sobre su figura y al reunirnos con él vi fotos que no conocía. Portadas, colaboraciones, desfiles... Mi abuela era la pera», remata con la satisfacción de quien da la pincelada definitiva.