«¡Me ha tocado el más mono! ¡Es un angelito!», exclamaba orgullosa Ana Rosa Quintana mientras mostraba a la cámara su Sonny Angel, el bebé trepador que se ha encaramado a la trasera de portátiles y móviles de medio mundo. La pequeña figura parece destinada a niños y niñas de cinco años, pero ha encandilado a gente de todas las edades ( Rosalía incluida), una prueba de que los elementos cuquis también enamoran a la población adulta.
Un informe de la compañía asesora de marketing Circana desvelaba que las personas de más de 18 años gastaron 1.500 millones de dólares en la compra de juguetes durante los meses de enero a abril de 2024. Estas adquisiciones se sitúan por delante de las destinadas a los niños, protagonistas históricos de este mercado. La investigación llevada a cabo por la empresa señalaba que comprar juguetes coleccionables lleva aparejados beneficios positivos para la salud mental, puesto que ayuda a los adultos a enfrentarse a tiempos convulsos. El problema llega cuando la atención se centra más en tener el Sonny Angel más cuqui que en otros asuntos serios.
«No se trata solamente de un capricho estético o una moda del momento, sino de uno de los factores que explican nuestra época y una expresión de los miedos y las inquietudes que nos provoca la transformación constante –política, económica y tecnológica– del mundo en que vivimos. Nos refugiamos en ello porque la realidad es fea. Lo cuqui es un antídoto y un espejismo de control cuando la incertidumbre y el malestar se abren paso en nuestras vidas. Ese es, a grandes rasgos, su poder: mostrarnos con detalle el tipo de sociedad en que vivimos, protegiéndonos de paso contra sus efectos desasosegantes», afirma el filósofo británico Simon May, profesor en el King's College, en su libro El poder de lo cuqui (Alpha Decay).
Rosalía con un Sonny Angel en su móvil. /
Lejos de ser un pasatiempo encubierto, quienes compran juguetes siendo adultos han convertido su inversión en un tipo de comportamiento aspiracional que se ampara en las redes sociales bajo el hashtag #AdultMoney. Por su parte, la industria se esfuerza en atraer a estas personas que desean gastar su dinero en objetos que les evocan tiempos pasados.
Un ejemplo es el imperio de los funkos. La compañía ha desvelado que sus principales compradores tienen una edad media de 35 años. Estas figuras pop de cabeza grande, que representan personajes de ficción pero también a personas reales y cuya paradoja radica en que nadie interactúa con ellas, son una señal más de que los adultos, por encima de todo, quieren jugar... pero a ser niños. «Empezaron a regalármelos. Yo no quería entrar en el juego, pero cuando vi tres juntos dije: «Uy, ¡qué bien quedan! ¡Qué monos!». Me di cuenta de que había muñecos de todo tipo y entonces quise hacer una colección. Se me ha ido de las manos porque tengo ya más de 800 funkos», confesaba la cantante Edurne, mostrando su amplio repertorio en sus redes sociales.
También en Instagram, y a través de un vídeo en el que enseñaba su casa, la actriz Emma Roberts presentó a sus seguidores su pared de muñecas. «Las saco de sus cajas, algo que a la gente le vuelve loca. Creo que si coleccionas muñecas tienes que disfrutarlas», comentó Roberts, que comenzó su colección gracias a una Blythe.
Y los creadores de las populares Bratz, convertidas en un pilar de la cultura pop, saben que muchos de sus fans son millennials o forman parte de la Generación Z, por lo que a finales del año pasado lanzaban una edición limitada de las protagonistas de Chicas malas, coincidiendo con el vigésimo aniversario de la película, conscientes de que este guiño a la nostalgia gustaría a sus fans más adultas.
Lady Gaga abraza un peluche Squishmallow /
Pero no sólo hay muñecos. En el universo online, no es raro encontrar a adultos bailando para ganar likes, un ejercicio que puede ser visto como escapismo, mero entretenimiento o, según las voces más críticas, como una clara y preocupante infantilización. «Un reto al que nos enfrentamos, conforme vamos cumpliendo años, es el de evolucionar hacia la validación propia y el respeto. Debemos aprender a no depender de la opinión ajena, a tolerar las frustraciones, la espera y la incertidumbre, a aceptar los cambios y a ser resilientes en nuestra vida. Las redes sociales tienen un estilo de refuerzo inmediato, mensajes rápidos y validación o invalidación externa. Si una persona tiende a estar constantemente expuesta en ellas y cae en ciertas dinámicas que estas tienen, podrían llegar a generarle un problema de bienestar consigo mismo o dificultar su desarrollo personal», advierte Pilar Conde, psicóloga del Colegio Oficial de Valencia y directora técnica de Clínicas Origen.
Keith Hayward, profesor de Criminología de la Universidad de Copenhague, habla de «una obsesión patológica de la sociedad con las redes sociales» que responde a la infantilización absoluta. «Son el chupete digital siempre disponible, diseñado específicamente para recompensar las disposiciones infantiles y normalizar las fantasías de cuando somos niños», asegura el experto en su libro Infantilised: How Our Culture Killed Adulthood [Infantilizados: cómo nuestra cultura mató a la edad adulta, Constable, 2024].
¿Qué ocurre con todas esas actividades para adultos que serían la fantasía de cualquier niño? Es el caso de Pink Palace, un museo situado en Oporto dedicado a contar la historia del vino rosado (los visitantes catan cinco variedades de esta bebida no apta para menores), cuyos espacios, incluida una piscina de bolas rosas, se asemejan a los de un centro de ocio infantil. Otro ejemplo es Bubble Planet, una experiencia inmersiva que se celebra en diferentes lugares del mundo en la que las burbujas son las protagonistas y que se ha convertido en un caramelo para los adultos que buscan contenido instagrameable.
Muñecos utilizados a modo de charms en bolsos de lujo. /
Estos espacios «están dirigidos a los denominados kidults, adultos que conservan su sentido de juventud y que invierten en estilos de vida tradicionalmente asociados con los jóvenes», explican desde la agencia Canvas8, que analiza tendencias del mercado. Y añaden: «El ascenso de los kidults se ha visto acelerado por una serie de crisis que los han llevado a buscar escapar de la realidad, al sentir el peso de los problemas del mundo».
El criminólogo y docente universitario Hayward asegura que esta huida de las responsabilidades de la vida adulta es peligrosa y no duda en criticar los «espacios seguros» y las «salas de llanto» que ya existen en muchas universidades y lugares de trabajo. En su opinión, son «los subproductos inevitables y vergonzosos de un sistema educativo que mima a los estudiantes y trabajadores en lugar de prepararles para los desafíos ineludibles de la vida adulta».
«Hemos construido una sociedad donde en gran parte se ha perdido la corresponsabilidad de ser ciudadano. Este se ha convertido en un cliente que siempre tiene la razón», asegura el psicólogo Javier Urra. El autor de Inmadurez Colectiva (Dykinson, 2024) habla de una colectividad «quejicosa y victimista», y asegura que hay «que educar a la ciudadanía para que tenga fortaleza de carácter, para que entienda que esto no es Disney y la vida no es un parque temático». En una sociedad en la que parece que todo tiene que pivotar alrededor de la idea de ser joven, si los adultos quieren ser como los jóvenes, entonces son estos los que se quedan sin brújula, a juicio de Urra. «Si además se les dice constantemente que van a vivir peor que la generación anterior, que el trabajo será inestable y que los alquileres van a ser inasumibles, se les desesperanza», se lamenta el experto.
«Nosotros, al igual que Mickey Mouse, jamás crecemos, aunque sí envejecemos». Con esta cita del paleontólogo y divulgador Stephen Jay Gould arranca el libro de Isabel Fuentes Hemoglobina. Una novela sobre la sangre de la gente bien (Roca Editorial, 2025). «Parece que los adultos les hemos plantado cierta rivalidad a los niños», reflexiona su autora.
Por su parte, Hayward considera que nos hallamos en una nueva fase de la modernidad capitalista, una era condescendiente y antiadulta caracterizada por diversiones adolescentes e infantilizaciones de la cultura pop. «Hemos de preguntarnos si lo cuqui no nos habla también de una pérdida de fe en las nítidas diferencias entre infancia y madurez. ¿Acaso no cunde la idea de que la experiencia infantil determina los aspectos cardinales de la vida adulta y opera en todas las emociones, decisiones y sucesos fundamentales de la misma? Y a la inversa: ¿No se considera cada vez más que el mundo adulto contemporáneo –en particular su incesante interés por la expresión personal, la autenticidad y la sexualidad– impregna el del niño?», se pregunta el filósofo Simon May.
Pero adoptar una perspectiva juvenil de la vida no es inherentemente malo. Hayward recuerda que, hace décadas, figuras como las del psicólogo estadounidense Abraham Maslow o el filósofo neerlandés Johan Huizinga señalaron que nuestras vidas son más placenteras cuando ocasionalmente nos entregamos a actividades juveniles. «Durante mucho tiempo, la edad ha sido una barrera –apunta la psicóloga Pilar Conde–. Si una persona quiere disfrutar del modo en que considere, sin hacerse daño a sí mismo o a terceros, tiene derecho a decidir lo que quiere y cómo lo quiere, sin imponerse los límites que pueden establecerse por la edad. Lo que elijamos hacer con el tiempo de disfrute no invalida la responsabilidad que podamos mostrar en nuestras decisiones o en otras áreas de nuestra vida».