A LOS 93 AÑOS
A LOS 93 AÑOS
Clint Hill, el guardaespaldas de Jackie Kennedy, ha muerto a los 93. Se llamaba Clinton J. Hill, procedía de Dakota del Norte y había sido el guardaespaldas de Jackie Kennedy. Más todavía, el agente del Servicio Secreto de Estados Unidos que saltó a la parte trasera de la limusina en la que viajaba JFK aquel fatídico 22 de noviembre de 1963 en Dallas. Pese a su olfato y su más que probada agilidad, no pudo salvar al presidente. Le sobrevivió dolorosamente sesenta larguísimos años. Hill murió el pasado viernes, 21 de febrero, en su casa de Belvedere (California) a los 93. Se había unido al servicio en la oficina de Denver en 1958.
La bala mató a John Fitzgerald Kennedy y dejó a Clint Hill herido emocionalmente de por vida. Nunca pudo superarlo. Hill iba en el vehículo que marchaba justo detrás del presidencial. Un Lincoln abierto de nueve plazas ocupado por los Kennedy, en la última fila; el gobernador de Texas, John Connally, y su mujer, en la central; y, al volante, el agente William Greer con su colega Roy Kellerman como copiloto.
Fue en plena comitiva, con las calles atestadas de gente, cuando Hill oyó un ruido, vio al presidente tambalearse, saltó del coche y corrió hacia la limusina, donde aquel ya se había desplomado y Jacqueline se encogía aterrorizada. El escolta trataba de subirse al coche en movimiento cuando oyó otro disparo y uno más. Por fin, tras desesperados intentos, consiguió acceder a la parte de atrás. Entonces, heroicamente, en un acto por el que luego fue condecorado, Clint hizo de escudo de la primera dama, reteniéndola, una vez el tiro había alcanzado cruentamente su objetivo.
Clint Hill fue el guardaespaldas de Jackie Kennedy durante cuatro años. / /
«Hemos sido golpeados», sentenciaba el agente especial Kellerman, mientras gritaba por el circuito cerrado de radio: «Al hospital, al hospital». Y el vehículo se dirigía a velocidad de vértigo al Parkland Memorial. Como en una tragedia griega, Jackie exclamaba: «Dios mío, le han disparado en la cabeza». Mientras, Hill añadía solemnidad a la dramática escena cubriendo con su abrigo el cuerpo destrozado del mandatario. Parecía de película y terminó siéndolo: En la línea de fuego (1993), dirigida por Wolfgang Petersen. La historia de un veterano escolta obsesionado con su fracaso 30 años atrás: no haber podido evitar el asesinato de Kennedy. En el papel principal, otro Clint, Eastwood. En los secundarios, John Malkovich y Rene Russo. No había nada que adivinar.
Por supuesto, Clint Hill se convirtió en memoria histórica, reclamado una y otra vez como testigo preferente de los acontecimientos. En 2012, rehecho ya de su estrés postraumático, publicó Mrs. Kennedy y yo, donde contaba su especial y cercana relación con la primera dama en los cuatro años que hizo de su sombra. En 2013, cuando se cumplía medio siglo del magnicidio, recordó cómo fueron aquellos Cinco días de noviembre, título de un libro que la crítica calificó como nada sensacionalista y sí muy conmovedor. De Jacqueline decía en un tono angustiosamente trágico: «Mientras miro su rostro surcado de lágrimas, sus ojos tan vacíos y sin vida, una ola de culpa y vergüenza me inunda. ¿Cómo permití que esto le pasara a ella?».
También tiró de recuerdos, de nuevo a modo de exorcismo vital, en Mis viajes con Mrs. Kennedy (2022), en el que hacía un repaso por sus estancias en París, Londres, India, Grecia, México o Pakistán, y esas «tres gloriosas semanas en la Costa Amalfitana». Era además un espléndido y muy personal álbum fotográfico, pero no conseguía ocultar el trauma tras semejante muerte. Tampoco su intento de suicidio adentrándose en el mar apenas un mes después, durante un viaje oficial con Jackie y los niños para un homenaje a JFK en Palm Beach (Florida).
Escribió: «La culpa y la angustia me consumieron. Todo en lo que podía pensar era en Dallas». Eran, sin duda, las palabras de un hombre acongojado. Como estas otras: «Las lágrimas corrían por mis mejillas, y cuando el agua fría me envolvió se convirtieron en sollozos. Quería que el agua me tragara». Sin embargo, un policía le salvó la vida en lo que fue, desde luego, una jugada magnífica y estremecedora del destino.
Con todo, siguió guardándole las espaldas a Jacqueline y siguieron persiguiéndole los fantasmas: «Me quedé con la Sra. Kennedy por otro año y regresé a la Casa Blanca. Ascendí de rango en el servicio bajo los presidentes Johnson, Nixon y Ford. Pero hice frente a muchas dificultades. Una pregunta siempre me atormentó: ¿pude haber hecho algo para salvar al presidente Kennedy?».
Antes, en 2016, había detallado precisamente su experiencia como escolta en Cinco presidentes: Mi extraordinario viaje con Eisenhower, Kennedy, Jonhson, Nixon y Ford. Hill continuó, pero, después de lo vivido, las pesadillas le arrojaron al infierno del alcohol: «Sufrí varias enfermedades, y en 1975 no pasé un examen físico en el Bethesda Naval Hospital. El Servicio Secreto me retiró ese verano. Solo tenía 43 años en ese momento».
La evidencia era que su vida se había derrumbado. También lo puso por escrito: «Tenía algunas propiedades en Dakota del Norte y viajé allá para trabajar la tierra, pero cuando regresé a Virginia, simplemente no podía funcionar. Me deprimí. Empecé a beber whisky y fumaba muchísimo. Una mañana, cuando tenía 50 años, me desperté e iba a agarrar un cigarrillo y pensé: ¿Por qué estás haciendo esto? Dejé de fumar por completo y pronto decidí dejar de beber también».
No fue hasta 1990 cuando pudo volver al lugar de los hechos, dirigir la mirada a las ventanas del sexto piso desde el que, según se resolvió, el exmarine Lee Harvey Oswald había consumado el crimen, convencerse de que hizo cuanto estaba en su mano y completar así su proceso de recuperación. Un paso más adelante lo dio al conocer a la periodista Lisa McCubbin, la primera persona con la que habló de aquel noviembre. No lo había hecho desde que testificó en la Comisión Warren, abierta por el presidente Johnson. Fue para bien: «Lo había reprimido todo en mi interior. Cuanto más me abría, mejor y más ligero me sentía», reveló. McCubbin es la coautora de cuatro de sus libros. Se casó con ella en 2021.
Como veterano, Clint siguió asesorando a los agentes del Servicio Secreto hasta el final. Curiosamente, su fallecimiento se ha producido pocos días después de que el FBI anunciara que se han encontrado más de 2.400 documentos nuevos vinculados al asesinato de JFK, tras ordenar Donald Trump su desclasificación. Durante todos estos años, las teorías de la conspiración no han dejado de crecer y multiplicarse. En cuanto a Hill, en una entrevista con Radio Diaries, declaró: «Después de eso, fui conocido como el hombre que se subió al auto del presidente. No es fácil vivir con esos seis segundos en Dallas». Nunca le consoló que lo llamaran héroe.