Hace 12 años

La triste boda de Charlène de Mónaco, «la princesa prisionera»: cómo nació la leyenda urbana de la novia a la fuga

Las lágrimas de Charlène de Mónaco fueron grandes protagonistas en su enlace con el príncipe Alberto, pero no todo iba tan mal como realmente parecía.

Charlène y Alberto de Mónaco en su boda / gtres

Elena Castelló
Elena Castelló

Todo el mundo se dio cuenta: algo no iba bien con la novia . Charlène Wittstock, vestida con un exquisito Armani bordado en raso, siguió con gesto inexpresivo y triste la primera parte de la ceremonia de su enlace con el príncipe Alberto de Mónaco , aquel 2 de julio de 2011. Sin embargo, pronto se secó las lágrimas y sonrió abiertamente cuando el obispo Bernard Barsi le preguntó si aceptaba a Alberto como esposo, en el Patio del Palacio Grimaldi, del siglo XIII.

Más de una década después (se cumplen ahora 12 años de aquel enlace), la actitud de Charlène, tanto en la ceremonia religiosa como en la civil, así como en las celebraciones posteriores, fue triste, pero quizá no tanto como se dijo. Es posible que no demostrara la alegría que se le supone a toda novia, ni sus besos con Alberto fueran tan cálidos como cabría esperar, pero la novia cumplió su papel con dignidad.

El problema, quizás, es que el ambiente estaba enrarecido. Las noticias previas a la boda habían sido inquietantes. El semanario francés 'L'express' aseguraba que Charlène había intentado huir del principado, hasta tres veces, tras publicarse que el príncipe Alberto, padre de dos hijos ilegítimos, había tenido un tercero durante el noviazgo de cinco años con su futura esposa. Parece que Charlène había intentado refugiarse en la embajada de Sudáfrica, ya tres meses antes de la boda, durante una visita a Francia para una prueba de su vestido. Después, había vuelto a intentarlo durante el Gran Premio de Mónaco. Y finalmente, reservó un vuelo a Sudáfrica y fue interceptada en el aeropuerto de Niza. En esa ocasión la privaron de su pasaporte.

El principado negó categóricamente estas informaciones, pero la aparente tristeza de la novia durante las celebraciones, que duraron tres días y que costaron 45 millones de euros, se leyó en clave de desamor, cuando podían deberse simplemente a la emoción del momento. Charlène apareció del brazo de su padre nerviosa, a la salida del Palacio Grimaldi. Algunos afirmaron incluso que se apartó cuando el novio intentó besarla durante la ceremonia.

«Feliz aniversario de bodas a Sus Altezas el Príncipe Alberto y la Princesa Charlene». Fotografía publicada en las redes del principado para felicitar a los príncipes. / Eric Mathon / Palais princier

No todo fue tan trágico como lo pintaron

Pero, al repasar los vídeos, su actitud no parece tan desconsolada ni tan esquiva. Sonríe en el intercambio de anillos y al terminar la ceremonia. Los novios se llevaban 20 años: Charlène contaba 33 y Alberto, 53. Una web británica bautizó a Charlène como la «princesa prisionera». La luna de miel fue también motivo de controversia, puesto que los recién casados se alojaron en hoteles distintos durante su estancia en Sudáfrica.

A partir de ese momento, se tejió la leyenda de la infelicidad de Charlène y de su conversión en princesa de Mónaco tras un millonario acuerdo con el príncipe Alberto. Han pasado 12 años de aquella boda. La pareja tiene dos hijos mellizos de nueve años, pero los rumores no han cesado. La retirada de Charlène de la vida pública durante un año a causa de una otitis mal curada y de lo que parece que fue una depresión acrecentó las especulaciones.

El diario británico The Sunday Times publicó que el matrimonio había sido un arreglo, lo que explicaba esos supuestos intentos de fuga de la princesa. Ella habría aceptado la boda por una considerable suma de dinero y con la condición de permanecer casada al menos cinco años y tener un hijo. El soberano denunció al periódico y año y medio después pactaron una indemnización. Nunca hubo juicio.

Desde entonces, Charlène ha aparecido deslumbrante en varias ocasiones tras su recuperación y ha publicado mensajes de amor a Alberto en su Instagram. Nada parece suficiente para desmentir los rumores . Las últimas informaciones de la prensa italiana y francesa aseguran que los príncipes viven separados –ella, en la propiedad de Roc Agel, frente al mar, a varios kilómetros de Montecarlo–, y que solo mantienen las apariencias. Sin embargo, su entorno insiste: pase lo que pase, no se divorciarán.