El príncipe Alberto de Mónaco y Charlene Wittstock comenzaron su matrimonio con mal pie: la novia lloró en la boda y durmieron en hoteles distintos en su luna de miel en Sudáfrica. /
La boda de Charlène Wittstock y el príncipe Alberto continúa dando que hablar once años después de su celebración: pocos enlaces pueden ser noticia una década después de oficiarse. Las crónicas, incluso las más amables, no pudieron esconder que la novia llevaba los ojos llorosos, y no precisamente de emoción.
La princesa aparecía desconsolada y las teorías acerca de su disgusto se dispararon. Hoy sabemos más. El diario británico 'Daily Mail' publica que los recién casados durmieron en hoteles separados durante su viaje de luna de miel a Sudáfrica, cosa que hace pensar que no hubo siquiera noche de bodas.
Si el día de la boda ha de ser el más feliz de cualquier novia, el de Charléne no parecía cumplir ese requisito. Y eso que pocas veces hemos visto una novia tan favorecida, con la dificultad añadida de no proceder del mundo de las aristócratas, sino de las deportistas olímpicas. Wittstock eligió con buen criterio un vestido diseñado por Armani bordado en raso que subrayó su juventud (se casó con 33 años, 20 menos que él) y modernidad. No iba clásica, pero tampoco rompía nada.
Charlene Wittstock lo dio todo para convertirse en la perfecta princesa de Mónaco, un reto importante dada la alargada sombra de Grace Kelly y el carisma de su hija mayor, Carolina . Quien no puso tanto de su parte fue el príncipe Alberto, responsable, quizás, de las lágrimas que eclipsaron todo el trabajo previo de la novia. En ese momento nació la leyenda de la princesa triste que la ha perseguido durante todos estos años.
Se barajaron varias circunstancias para explicar las lágrimas de Charlène en su propia boda, un festejo de tres días que costó 45 millones de euros. La hipótesis que algunos manejaban tenía que ver con la aparición de dos hijos del príncipe Alberto, que se sumarían a otra hija más: en total, tres nacidos de otras tantas relaciones previas a su matrimonio. En ese momento, el semanario francés 'L'Express' publicó que la novia trató de huir tres veces del Principado de Mónaco.
La princesa Charlène salió de su boda en el Palavio Grimaldi enjugándose las lágrimas. /
Se dijo que hubo tres intentos de fuga de Charlène Wittstock del principado de Mónaco. Primero habría intentado refugiarse en la embajada de Sudáfrica en Francia, aprovechando una prueba de su vestido de novia en París. Poco después habría querido escapar en un despiste de la familia durante la celebración del Gran Premio de Mónaco. Tampoco habría dado resultado. La última habría sido impedida por los servicios secretos: Charlène se compró un billete de avión a Sudáfrica, pero varios agentes le habrían quitado el pasaporte. La interceptaron en Niza.
Todas esas especulaciones fueron desmentidas por la Corona monegasca, aunque las explicaciones que la propia princesa Charlène ofreció no fueron convincentes. En una entrevista con el diario 'The Times', la princesa admitió que las lágrimas habían sido producto de «la tensión del momento» y que se había sentido «superada por todo tipo de emociones contrapuestas» y también por «los rumores», pero que en realidad había vivido «tres días maravillosos».
Con estos prolegómenos se entiende que la leyenda de la princesa prisionera fuera tan convincente y continúe dándole sentido a todo lo sucedido durante la primera década de matrimonio con Alberto de Mónaco . Al final, Charlène pudo escapar a Sudáfrica durante casi un año, aunque después de haber cumplido con los deberes dinásticos gracias al nacimiento de los mellizos Jacques y Gabriella.
Ahora, sin embargo, resurgen más datos que apuntalan el relato de la boda desgraciada y, casi casi, obligada. Durante aquella luna de miel sudafricana, la pareja hizo parada en Durban. A pesar de que Alberto y Charlène estaban viviendo esos primeros días de intensidad amorosa, los recién casados pasaron la noche por separado. Es más, ni siquiera lo hicieron en el mismo hotel: mientras el príncipe se hospedaba en el hotel Hilton en Durban, la princesa lo hacía en Oyster Box en Umhlanga, a más de diez kilómetros.
La explicación oficial es que el hijo de Rainiero tenía una reunión temprano a la mañana siguiente y le preocupaba no llegar a tiempo a consecuencia del tráfico. Así que, por cuestiones prácticas, prefería hospedarse en un establecimiento cercano al punto de encuentro. La pregunta es, ¿por qué Charlène no se quedó en el mismo hotel? El malestar de la princesa de Mónaco durante la boda parece que se extendió y debió impedir todo contacto durante los días sucesivos al enlace.
A lo largo de los últimos doce años, los portavoces de los Grimaldi han negado en múltiples ocasiones los rumores de crisis en la pareja. La última, el pasado marzo, cuando una revista francesa dedicada a seguir la actividad de las casas reales publicó que Charlène y Alberto barajaban divorcio. Sin duda, pesa una leyenda de infelicidad que los príncipes de Mónaco no logran romper, en un matrimonio marcado por las lágrimas, la tristeza y la enfermedad de la princesa.