Megahn Markle, de negro, llora en el funeral de la reina Isabel II. /
Meghan Markle irrumpió en la familia real británica como un elefante en una cacharrería. A todas luces confundida con lo que significaba formar parte del clan royal al frente de un imperio pseudo colonial, la actriz de Suits se pensaba que formar parte de este selecto club tenía más que ver con eventos benéficos y posar en alfombras rojas que con los 1000 años de historia monárquica que culminaron con el reinado de Isabel II .
La propia Meghan Markle confiesa en la docuserie que protagoniza junto a Enrique de Sussex en Netflix que no hubo un entrenamiento principesco exprés para ella y que el hecho de que las formalidades del exterior permanecieran inalterables dentro de los muros de palacio le provocaron un auténtico shock.
No fue la única que sufrió intentando comprender el complejo entramado de protocolo, costumbre y tradición que rodea a la familia real británica. La princesa Diana de Gales fue otra de las víctimas de un sistema poco intuitivo de manejarse tanto en público como en privado que impone pesarse antes de las fiestas de Navidad o permitir que un hombre adulto como el actual monarca, Carlos III, viaje siempre con su osito de peluche de la infancia (osito al que sólo puede remendar su ex niñera, Mabel Anderson).
Porque dentro de Buckingham existen rarezas que hacen enarcar la ceja a quienes las conocen si no se cumplen a rajatabla y amargan la vida a los pobres mortales que las ignoran. De todas ellas estas doce son las que seguramente han sacado de quicio a las aspirantes a formar parte de los Windsor.
La primera es que dentro de los muros de palacio está prohibido jugar al Monopoly, por expreso deseo de Isabel II. La última es que ya no se puede comer foie, por reciente instauración de Carlos III.
Lo de quitar ingredientes de la cocina viene de antiguo, Isabel II también prohibió el ajo y la cebolla en los paltos reales por puro capricho.
Otras reglas culinarias, como evitar que los miembros de la familia real consuman sushi, carne cruda o agua del grifo tienen más que ver con que los Windsor eviten una gastroenteritis que con el protocolo, pero sí, fuera de palacio los miembros de la familia real no comen ostras ni carpaccio ni cerveza gratis por si acaso alguien les quisisera envenenar.
Diana de Gales durante un evento de solidaridad en los años 90. /
Las costumbres en la mesa dan para mucho. Por ejemplo es saber que solo se permite limpiarse con la parte interior de la servilleta, que la taza de té hay que cogerla obligatoriamente con el pulgar y el índice en el asa y el dedo corazón en la base de la taza, asegurarse de beber siempre por el mismo lado, y recordar que si la reina colocaba el bolso en la mesa significaba que en cinco minutos se acababa la comida para todo el mundo.
Por supuesto, por la noche en una fiesta o en una simple reunión con otros Windsor, hasta que la reina no se retiraba nadie se retiraba, incluso si había llegado ya la hora de ir a dormir. Una tradición que, junto a la de pesarse antes de las comidas de Navidad, Diana de Gales catalogó como una auténtica «agonía»
Lo de saludar en la intimidad a otro miembro de la familia real con algo más que un apretón de manos también tiene su miga, pero es más por ser británicos que por royals. Lo que sí está prohibido es llamar en público a otro miembro de los Windsor por algo que no sea su nombre completo.
Kate Middleton, que tiene completamente prohibido llamar a su marido «Will» en público, debe haberse atragantado con su taza de té si ha visto el documental de Netflix por la ingente cantidad de veces que Meghan Markle llama a Enrique de Sussex «H» y él la llama a ella «M». Adiós a la regla de los cero diminutivos.
Las normas de protocolo son especialmente duras para el sector femenino que tiene todo un listado de cosas que jamás debe hacer. Por ejemplo no pueden cruzar las piernas por encima de las rodillas, ni olvidarse de llevar sombrero si acuden a un evento anterior a las seis de la tarde.
Vídeo. Meghan Markle, ¿la nueva Diana de Gales?
También hay que velar por no coincidir en color con cualquier otra miembro de la casa real en sus apariciones. A la hora de llevar la tiara (a la que acceden sólo las royals casadas), esta debe descansar en un ángulo de 45 grados.
Por supuesto olvidarse del orden de entrada en una habitación y el orden de reverencias está mal visto. En el caso de Meghan Markle, la ex actriz debía hacer reverencias a la reina Isabel II, obviamente, pero también a Carlos III, a su consorte Camilla, al príncipe Guillermo, a Kate Middleton, a la princesa Ana y a las hijas del príncipe Andrés, Eugenia y Beatriz. Pero si estaba acompañada en la misma habitación de su esposo, las princesas Beatriz y Euegnia debían hacerle una reverencia a ella. Todo muy sencillo e intuitivo.
Hablar como un Windsor tampoco es fácil. Como experimentó de la peor forma posible Carole Middleton, la familia real británica no dice «pardon» sino «sorry»; no dicen «couch» para referirse a un sofá, sino «sofa»; no dicen «toilet» si buscan un baño, sino «lavatory»; no dicen «perfume», sino «scent»... El listado de normas escritas y no escritas suma y sigue y hace imposible que alguien que no se ha criado en el mismísimo castillo de Windsor sea capaz de aprenderlas tdas. Meghan Markle, desde luego, no lo hizo, y Diana de Gales, siendo ella misma lady, tampoco lo consiguió.