UNA HISTORIA DE GLAMOUR

La revolución Schiaparelli, la firma más deseada

Todas las celebridades del momento triunfan con looks de la firma y confían en ella para sus momentos más especiales. Esto no ha hecho más que empezar.

Elena de los Ríos

Todas las imágenes icónicas de la última cosecha creativa de la Alta Costura de París giran en torno a Schiaparelli, la legendaria firma fundada por Elsa Schiaparellien 1927 que Daniel Roseberry ha logrado resucitar como objeto de deseo global. Tal es el subterráneo, inexplicable y políticamente incorrecto poder de seducción del surrealismo, la vanguardia artística que corría por las costuras de la diseñadora y continua nutriendo el trabajo de Roseberry y de cualquier 'celebrity' que pretenda dejar huella en el 'front' row' de la firma.

Doja Cat lo consiguió con un fabuloso trabajo de Pat McGrath, encargada de cubrir cada centímetro de su piel de piedras rojas de Swarovski. Y, por descontado, lo lograron Irina Shayk, Naomi Campbell y Shalom Harlow con tres looks coronados con cabezas de animales (un león, un lobo y un tigre) que provocaron tantos gemidos (de aprobación) como rugidos de desconcierto.

Schiaparelli debe provocar alguna conmoción, aunque sea una de baja intensidad, como la polémica que quiso ver en las cabezas de animales esculpidas en gomaespuma una reificación de los trofeos de caza o incluso de la mujer como otro trofeo que también se pone a tiro. Las interpretaciones son libres, por descontado, y quizá la literalidad de estos tiempos impide imaginar que un animal salvaje habite el alma humana. O quizá Roseberry no atinó del todo con su versión surrealista del trampantojo, demasiado cargado de realismo como para activar la fantasía. Quiso citar tres terrores sacados de La divina comedia de Dante (el orgullo, la lujuria, la avaricia), pero terminó evocando el muy terrenal miedo al cazador. Doja Cat no dejó lugar a la duda: encarnó directamente un demonio rojo. Sin resquicios a la interpretación.

Pocas semanas después, la primera colección de prêt-à-porter de Daniel Roseberry, rubricó lo que confirmarán las tarjetas de crédito de las mejores compradoras: merece la pena caer en la tentación de sus prendas oportunamente sobrias, pero con un 'twist'. Basta la activación fantástica de una joya gigante, un trampantojo anatómico, un 'cut out' original para vestirnos con una sutil intelectualidad para entendidas, una leve capa de creatividad conceptual que, tal y como está la pasarela, es enormemente distintiva.

Imagen del desfile de Alta Costura de Schiaparelli, presentado en París el pasado mes de enero.

Roseberry da a sus compradoras lo que su pequeño pero influyente escuadrón de 'celebrities' sirve en la viralidad. Las más conscientes del poder de una imagen se pusieron, inmediatamente, sus creaciones de alta costura: Rihanna, Lady Gaga, Beyoncé, Cardi B. Son pocas las marcas llamadas por el camino de la experimentación, pero apenas tres o cuatro las que logran estimular más allá de la previsible belleza, el interés de la texturas o la innovación arquitectónica de las siluetas. Schiaparelli es una de ellas.

Hay que subrayar que Elsa Schiaparelli (Roma, 1890-París, 1973), la mujer que se atrevió a entenderse en la moda como en el arte, puso sobre la mesa un trabajo fuerte de creación, un trabajo conceptual que pocos pueden continuar. No se trata únicamente de trasladar a lo textil una idea, una inspiración, un universo de ficción o incluso una política llena de realidad como el género, sino de liberar la realidad misma hasta los territorios poco accesibles del subconsciente.

Schiaparelli quiso operar allí donde ya lo hacían Alberto Giacometti, Leonor Fini, Meret Oppenheim o Cecil Beaton, sus amigos, cómplices y aliados. Colaboró con Salvador Dalí, con el que firmó decenas de objetos y vestidos, entre ellos el sombrero-zapato y el vestido-langosta; con Picasso, Cocteau o Magritte. A veces, eran ellos los que se inspiraban en ella. Picasso, por ejemplo, recogió unos inquietantes guantes de la colección de alta costura 1936-1937: un negro trampantojo que simulaba unos dedos con las uñas pintadas de rojo.

Evidentemente, la joven Elsa tenía grandes esperanzas puestas en sí misma, una ambición que tuvo mucho que ver con su familia, aristócrata por parte de madre (nació en el Palacio Corsini de Roma) e intelectual por su padre, experto en el Medievo, el Islam y la lengua sánscrita y rector de la universidad.

La sofisticación erudita de su casa la llevó a estudiar filosofía y fascinarse por las culturas antiguas y sus ritos mágicos. De hecho, con 21 años publicó una colección de poesías eróticas tan escandalosas, que su familia la recluyó en una escuela-convento en Suiza. Escapó, claro, y luego comenzó una huelga de hambre para no retornar al convento. «Elsa no sonreía. No movía ni una ceja.

En la superficie, era inconmovible», desvela Meryle Secrest, la biógrafa de Elsa Schiaparelli. «Sin embargo, esa impasibilidad ocultaba todo tipo de necesidades emocionales no cubiertas. Estaba hambrienta de amor, de afecto y de apoyo. Y, además, era alguien temerario, con un tremendo talento intelectual y un talento maravilloso y loco». Esta nota de carácter puede explicar que evitara todo tipo de pretendientes hasta caer en los brazos de un pitoniso de la teosofía, detective, médico y psicólogo criminalístico, un charlatán en suma, llamado Willem de Wendt.

Elsa tenía 23 cuando se casaron y Willem, 30. Vivieron de la dote matrimonial, hasta que fueron expulsados del país por leer el futuro (entonces aún tenían el buen gusto de considerarlo delito). Se arrastraron por París, Cannes, Niza y Montecarlo hasta que, en 1916, emigraron a Nueva York.

Daniel Roseberry, director creativo de Schiaparelli. / D.R.

El negocio paranormal floreció en el nuevo y salvaje mundo atlántico, pero el proto-FBI fichó a la pareja por simpatizantes comunistas y trató de deportarles. El juez, sin embargo, advirtió la locura de la pareja y concluyó que eran más un peligro para ellos mismos que para la sociedad. En cuanto nació su hija Gogo, De Wendt desapareció y Elsa Schiaparelli recurrió a la ayuda de su amiga Gabrielle Buffet-Picabia, la esposa de Francis Picabia. Gaby le introdujo en el círculo creativo de Man Ray, Marcel Duchamp, Alfred Stieglitz o Edward Steichen y, cuando decidió volver a París, Elsa la siguió.

En 1922 se instaló en Paris con todas las comodidades pagadas por la asignación que le enviaba su madre y contactó con Paul Poiret, al que siempre consideró «un mentor generoso y un querido amigo». Un jersey con el trampantojo de un lazo que tejió para ella misma en 1927 triunfó entre la alta sociedad. 'Schiap' (así la llamaban) encontró un canal creativo para su vívida imaginación: Greta Garbo, Katharine Hepburn y Wallis Simpson vestían sus diseños. En 1935 abrió su famosa tienda, la segunda, en el 21 de la Place Vendôme. Un año antes había aparecido en la portada de 'Time'. 

Coco Chanel, su rival, la odiaba. Pese a amasar una gran fortuna gracias a su oficio con el hilo y la aguja, la prensa especializada la colocaba siempre por detrás del genio de Elsa Schiaparelli, cuyo trabajo estaba movido más por la divina inspiración que por un conocimiento depurado de la técnica. Millones de chicas llevaban las copias de los vestidos de Schiaparelli que producían los talleres de moda de Manhattan a Londres, pero Coco la llamaba «esa italiana extravagante que fabrica ropa». Seguramente jamás supo cómo la llamaba a ella Poiret: «La inventora de la miseria».

Según Marisa Berenson, nieta de Schiaparelli, Coco «estaba celosa» de la fama de su abuela. La exeditora de 'Vogue' Bettina Ballard contó que, durante una fiesta de disfraces, Chanel acercó premeditadamente algunas velas al traje de Schiaparelli y este se incendió. Los disfraces de ambas mujeres son sintomáticos. Coco Chanel fue disfrazada de ella misma. Elsa Schiaparelli se embutió en un disfraz de árbol.

Aunque sus propuestas de moda surrealistas cimentaron su leyenda, Schiaparelli firmó todo tipo de innovaciones. Inventó el 'wrap dress' que en los años 70 hizo millonaria a Diane von Fürstenberg: Elsa lo concibió para la playa, pero era tan cómodo que llegó al asfalto. La tenista Lili Álvarez fue su musa: para ella inventó toda una colección deportiva en 1931, que incluía la primera falda pantalón o shorts para mujer, una prenda que fue un escándalo. Incorporó un sujetador invisible en un bañador con escotazo a la espalda que se patentó.

Naomi Campbell vestida de Schiaparelli en los premios Oscar,

Propuso el primer vestido de fiesta con chaqueta a juego y, durante los años de la ley seca en Estados Unidos, vendió un vestido con un bolsillo secreto para llevar la petaca. Fue una de las primeras diseñadoras que visibilizaron las cremalleras (en 1929) y recurría a botones llamativos, algunos creados por diseñadores de joyas. En 1937, tras visitar Hollywood, creó 'Shocking', un perfume inspirado en Mae West que envolvió con su icónico y también patentado 'shocking pink', el rosa fucsia que se convirtió en seña de identidad. Utilizó el látex, subió un chándal a la pasarela y recurrió al rayón 50 años antes que Issey Miyake.

La Segunda Guerra Mundial supuso un quebradero de cabeza para la diseñadora, pero no porque no supiera responder ante la preocupación bélica, sino porque hubo quien la señaló como espía alemana por su facilidad para viajar de un lado al otro del Atlántico. Durante estos años afiló su minimalismo, ese del que Daniel Roseberry saca hoy excelentes réditos, e inventó el traj de una pieza, un precioso mono con bolsillos llamado 'siren Suit'. Al terminar la guerra, Elsa Schiaparelli reabrió el negocio y presentó una inteligentísima colección (también la menos vendida) con solo diez piezas para un equipaje perfecto: abrigo reversible, seis vestidos y tres sombreros.

De esta etapa quedan piezas maravillosas, como el vestido-esmoquin, o detalles mágicos como la botonería en diagonal. También vistió a Zsa-Zsa Gabor en la película Moulin Rouge y puso su nombre hasta en unas gafas: Elsa explotó su marca como ninguna otra diseñadora. Desafortunadamente, las mujeres ya no buscaban atrevimiento ni modernidad: se conformaban con el romanticismo del 'New Look' de Christian Dior. En 1954, los bancos dejaron de prestarle dinero y tuvo que cerrar. En 1969 donó su colección de ropa al Museo de Arte de Filadelfia y decidió vivir entre París y Túnez hasta su fallecimiento. Tenía 83 años.

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