Gloria Villalba es coordinadora de Neurocirugía en el Hospital del Mar de Barcelona. /
«Doctora, vengo a que me ponga unos electrodos en el cíngulo». La frase no la escribió García Márquez, no está sacada de su Cien años de soledad, aunque parezca realismo mágico. Un realismo mágico, eso sí, que no es de tinte literario, sino puramente médico . Esa medicina que parece milagrosa, pero es medicina con todas las letras y además en mayúsculas. La que practica la doctora Gloria Villalba (Barcelona, 1975), coordinadora de Neurocirugía en el Hospital del Mar de su ciudad natal.
Precisamente, esas palabras que le dijo una de sus pacientes en consulta dan nombre al primer capítulo del libro que esta pionera en cirugía de neuromodulación cerebral se ha animado a publicar, Al otro lado del bisturí (Ediciones B). Un acercamiento muy personal a su profesión y, sobre todo, una radiografía en la que se ve nítidamente cómo atiende y cuida a sus pacientes, personas siempre enfrentadas a las circunstancias más adversas entre las adversas. Emociona, nunca mejor dicho, hasta las entrañas.
Lo decíamos, no hay literatura aquí. La neurocirujana queda ampliamente retratada en sus páginas, pero también cuando salta a otras que la marcaron. Las de El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, que fue neurólogo, psiquiatra y prisionero en los campos de concentración durante el Holocausto, y a quien le debemos la logoterapia. Apunta que este sobrecogedor testimonio «debería ser una lectura obligatoria porque puede ayudarnos a afrontar las dificultades de la vida con menos sufrimiento y frustración ». Gloria Villalba hace suyas las palabras del científico cuando expresa que «lo que sucede no lo puedes cambiar, pero sí tu actitud ante ello».
La frase con la que comenzábamos este texto es de Mireia Lluch, la hija del que fuera ministro de Sanidad, Ernest Lluch, asesinado por ETA de dos disparos en la cabeza en 2000. Lluch, de 51 años, había acudido a la consulta de la doctora Villalba por un dolor neuropático refractario. Sin embargo, aclara, «el acontecimiento traumático no fue la causa del dolor craneal de Mireia, que ya lo arrastraba de muchos años atrás, pero sí el agravante para que ese sufrimiento se convirtiera en algo constante, las veinticuatro horas del día y sin nada que lo aliviase. Era un dolor desesperante y angustiante».
Tras trasladar su caso al comité del dolor y posteriormente al de ética, este finalmente aprobó la indicación de estimulación cerebral profunda en el cíngulo para tratar el sufrimiento de la paciente. ¿El cíngulo? Ni siquiera sabemos que lo tenemos, pero ahí está, conformando una región del cerebro en forma de medialuna que controla los receptores asociados al dolor y a las emociones. Hablando de Mireia, «lo que hacía que viviera con ese sufrimiento no era un problema de anatomía cerebral irreparable, sino algo funcional. Es decir, de las conexiones de ese cíngulo anatómicamente perfecto pero disfuncionante». Por tanto, y he aquí la luz, «era posible intentar mejorarlo».
La doctora Gloria Villalba acaba de publicar el libro Al otro lado del bisturí. /
Así fue. Tal y como cuenta Gloria Villalba en su libro, «Mireia se sometió a la cirugía y, a los pocos días, ella misma, la familia y nosotros pudimos ver un cambio en la actitud frente al dolor craneal. Seguía siendo el mismo de siempre, pero parecía que, durante gran parte del día, pasaba a un segundo plano». Para explicar la intervención, la doctora echa mano de una escena de la película Lawrence de Arabia, cuando «este apaga una cerilla con los dedos sin ningún tipo de mueca de dolor. Otro personaje lo intenta y grita del dolor que le produce el contacto con el fuego». ¿Cómo lo consigue el protagonista? Su respuesta es la clave: «Hago que no me importe que me duela». Por eso, Villalba la llama cirugía del sufrimiento. Se interviene el componente afectivo y sensitivo del dolor.
La neurocirujana cede todo el protagonismo a sus pacientes, a su fuerza, a su valor. De paso, destierra tópicos tan incrustados como que «los cirujanos, en general, son médicos distantes, que solo piensan en operar». Prejuicios que le dan donde más le duele: «Concretamente, hay dos especialidades que se llevan la matrícula de honor de ese tópico, y son la neurocirugía y la cirugía cardiaca, dando una imagen elitista, de endiosamiento y esnob».
A este respecto hemos querido saber si la situación se acentúa por el hecho de ser mujer. «Creo que entre pacientes y familias no hay ningún machismo. Vamos, yo no lo veo actualmente; sí hace 20 años». Entonces, le preguntaban cuándo llegaba el doctor. Y prosigue: «Sin embargo, ese machismo , ahora encubierto porque está mal visto y es políticamente incorrecto, se sigue dando en especialidades como la neurocirugía, donde tenemos un techo de cristal, y es casi imposible acceder a puestos de responsabilidad, de mando». También aquí la historia se repite: «En la mujer, la fuerte personalidad se suele ver como una persona conflictiva, en el hombre como una virtud para el mando».
A modo de presentación, la prestigiosa neurocirujana desvela que quiso ser médico a los 14 años, sin que hubiera nadie en la familia del oficio, como guiada por un providencial destino. Es más, confiesa que «si llegaba a la facultad, sería la primera en casa con estudios universitarios». Lo logró, y hoy confirma que «mi trabajo me llena plenamente, porque reúne lo que quería encontrar. Una profesión que me permitiese estar en un constante estudio y aprendizaje, y que pudiese ser útil para muchas personas». Desde el principio, se vio deslumbrada por el cerebro . Para ella, «el órgano más apasionante, por cómo funciona y porque no sabemos aún tantas cosas».
Su pasión va mucho más allá de la mesa quirúrgica, activando y desactivando circuitos cerebrales, puesto que pone en primer plano la «perspectiva más filosófica, emocional y espiritual de las relaciones entre los seres humanos». Aflora en cada caso. Lo mismo tratándose de Mireia que de Iskandar, de ascendencia siria pero residente en Bilbao, «uno de esos pacientes de resiliencia admirable y habilidad para mirar de frente, con arrojo, a las adversidades que le ocasionaba su enfermedad, una terrible anorexia nerviosa», describe.
Gloria Villalba suele arropar igualmente a las familias con una cercanía y humanidad que conmueven: «Los pacientes con sufrimiento crónico y sus familias no pueden hacerse una idea del grado de satisfacción que me produce saber que hemos conseguido mejorar la situación de sufrimiento en la que estaban inmersos. Y, de igual manera, cuando no lo conseguimos, me frustro muchísimo, no se imaginan cuánto».
Ella conoce de sobra que somos vulnerables , pero también «la resiliencia que esta profesión nos ha obligado a aprender para mantener la cordura». Está acostumbrada a dar malas noticias y, admite, «me he curtido para afrontarlas sin venirme abajo». La salva igualmente «recibir toneladas de afabilidad y ternura de personas a las que les ha tocado vivir lo peor y, pese a ello, todavía se afanan en mostrar gratitud», algo que le resulta abrumador.
Asombra y estremece a la vez cómo puede sobreponerse ante tanto sufrimiento. Nos cuenta que hay una frase que intenta aplicar siempre: «El truco es hacerse fuerte de corazón, manteniendo la ternura del alma». Pero «como no soy un robot sino una persona, pues a veces no consigo cumplirla», reconoce. No obstante, «lidiar con el sufrimiento es un aprendizaje. En los primeros años de profesión lo llevé mal y ahora intento sacar lo mejor dentro del sufrimiento empático, sacar aprendizaje. Francamente, creo que esta profesión mía me ha enseñado a ser mejor persona, a valorar mucho más las cosas buenas que me pasan y a restarle importancia a lo que no ha de merecerla».
Todo lo que hay al otro lado del bisturí también nos lleva a reflexionar con la Dra. Villalba sobre si estamos preparados para sufrir en una sociedad tan hedonista como la nuestra. Humildemente, considera que «la cuestión es interesante, especialmente desde un punto de vista sociológico y psicológico, pero yo soy simplemente neurocirujana». Una neurocirujana que se enfrenta cara a cara con el dolor en todas sus dimensiones.
Acerca de los entresijos del dolor físico explica que «tiene tres componentes: intensidad, incomodidad y catastrofización. Estos dos últimos juntos originan el sufrimiento que da ese dolor en esa persona. Desde la neurocirugía, la dimensión que más me impacta es la del sufrimiento del dolor. Poder como neurocirujana intervenir en esta dimensión, mediante una cirugía, me parece de lo más impresionante. No solo desde el punto de vista médico, sino filosófico y social».
Pero ¿el dolor se cura? «El dolor inflamatorio, que es el que tenemos después de una cirugía, es bastante fácil solucionarlo mediante antiinflamatorios. Sin embargo, es muy difícil, en muchos casos, mejorar (no curar) el dolor de la fibromialgia reumática o el neuropático. La propia palabra curar se ha de usar con mucha cautela en medicina. Y en enfermedades graves y crónicas no la utilizaría».
En el prólogo de Detrás del bisturí, su autora alude a las barreras que tiene el ejercicio de esta profesión en nuestro país. Y así nos lo certifica: «Ser médico en España, ya no hablo como neurocirujana, tiene muchos aspectos negativos, empezando porque el precio al que se paga la hora de trabajo y la responsabilidad que hay están descompensados. Pero yo me refería sobre todo a las pocas opciones que el sistema te ofrece si quieres trabajar más y aportar cosas a la medicina y a la ciencia. Aquí, quienes hacemos asistencia -atendemos a pacientes-, si queremos investigar, lo tenemos que hacer en nuestro tiempo libre y sin recursos personales ni apenas materiales. En otros países, este escenario es impensable».