Pelea real

La mala relación de la reina Federica con su madre que culminó en traición en la boda de la reina Sofía

La herencia familiar enfrentó durante años a la madre y la abuela de la reina Sofía hasta conseguir lo que nadie deseaba en el entorno Hannover: que el asunto adquiriera resonancia pública.

La reina Federica de Grecia, junto a Ana María y su nieto Pablo. / GTRES

Silvia Vivas
Silvia Vivas

La reina Federica de Grecia, madre de la reina Sofía , creció en una familia extraña para los estándares de la época. Su padre, Ernesto Augusto III de Hannover, adoraba a su madre, la princesa Victoria Luisa de Prusia, y sus hermanos, a su vez, adoraban a su única hermana, la reina Federica .

Pero la muerte de su progenitor y el reparto de la herencia acabó con la armonía familiar y muy especialmente con la buena sintonía madre-hija. Una trifulca que se vio reflejada públicamente en gestos como la ausencia de la abuela de la novia en la boda de la princesa Sofía de Grecia .

Porque la devoción que los abuelos de nuestra emérita sentían el uno por el otro acabó provocando todo un cisma familiar. ¿Pero quiénes eran esos abuelos? Ernesto Augusto de Hannover III y la princesa Victoria Luisa de Prusia se enamoraron a primera vista a los 21 años y no se separaron en los siguientes cuarenta, hasta la muerte de él el 30 de enero de 1953.

Para entonces la pareja real ya había perdido buena parte de sus propiedades, pero conservaban fincas y bosques en Austria, joyas, una bien surtida cartera de acciones y el palacio de Marienburg (sí, el mismo que despertó el odio entre el marido de Carolina de Mónaco y su primogénito y heredero). Todo este patrimonio, como dicta la ley alemana, pasó a ser propiedad de un único heredero, el hermano mayor de Federica, Ernesto Augusto IV, a la muerte del padre.

La misma ley transformó a la madre del clan, la princesa Victoria Luisa, de todopoderosa señora de la casa Hannover a simple beneficiaria de una asignación anual que dependía en cuantía del beneplácito de su hijo. Su marido dejó estipulado en su testamento que su mujer debía recibir 40.000 marcos anuales. Una cantidad imposible de asumir para el heredero de la fortuna Hannover en una Alemania que acababa de salir de la Segunda Guerra Mundial. La negativa de realizar ese pago fue el germen del enfrentamiento de Federica con su madre durante décadas.

La ruptura entre la reina Federica de Grecia y su madre

Además de los problemas económicos, la cercanía familiar de los Hannover quedó resentida por la guerra. Sirva de ejemplo que para cuando la reina Federica de Grecia se reencontró con sus padres en la boda de la reina Isabel II , hacía siete años que no coincidía con ellos en la misma sala.

La negativa de Victoria Luisa de abandonar los apartamentos que ocupaba en Marienburg como le solicitó su hijo para poder convertir el palacio en un museo, fue el comienzo de esa fricción. Que en respuesta a las demandas del nuevo cabeza de familia Hannover la viuda decidiera llevar a los tribunales a su propia familia para que se cumplieran los deseos de su marido, fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de Federica. Y lo hizo notar públicamente.

Federica de Grecia junto a su hijo Constantino y Ana María. / GTRES

Por ejemplo, a principios de octubre de 1956, con este juicio todavía pendiente, los reyes de Grecia realizaron una visita oficial a Alemania. La reina Federica solicitó entonces, a través de los representantes de la casa real griega, que el gobierno alemán no invitara a su madre a la recepción oficial en el Palacio Presidencial… Aunque sus cuatro hermanos sí fueron invitados.

Victoria Luisa tenía suficientes balas en la recámara para contestar a los desplantes de su hija, por muy reina que fuera. El juicio le acabó dando la razón y su hijo se vio obligado a pagar lo estipulado. Y de regalo se negó a cederle las joyas Hannover que debían estar formando parte del ajuar de la esposa del primogénito de la familia, un nuevo desafío a la autoridad del líder de los Hannover que motivó que la reina Federica, siempre del lado de su hermano, no invitara a Victoria Luisa a la boda de su propia nieta, la reina Sofía en 1962.

Doña Sofía de Grecia y su madre, Federica en los años 60. / GTRES

La venganza de la anciana princesa de 70 años a este nuevo «feo» público de su hija llegó en el formato que más le dolía a la reina de los griegos: concediendo una entrevista lacrimógena a un medio del país que gobernaba, Grecia. Hasta que Victoria Luisa no habló con aquel periódico, el conflicto madre-hija había permanecido escondido a los ojos del pueblo griego. Pero explotó de la peor manera posible.

El político Elías Bredimas hizo las veces de reportero y viajó hasta Brunswick donde la anciana princesa le recibió en su casa. A la pregunta sobre si nadie la invitó a la boda de su nieta, la madre de Federica contestó de forma concisa: «Nadie me llamó». La entrevista, que incidía con una retórica rimbombante en la soledad de la anciana y la frialdad de la reina, fue publicada el 3 de diciembre de 1962. Ese mismo día, su editor y su propietario fueron arrestados y condenados a 15 meses de cárcel al tiempo que la edición del diario fue secuestrada. Pero el daño ya estaba hecho y la imagen de la reina quedó por los suelos para buena parte de sus súbditos.

Cómo hicieron las paces madre e hija

Afortunadamente, para los implicados en esta historia las penas de cárcel fueron conmutadas (no hay nada peor que encarcelar periodistas si uno quiere demostrar que es magnánimo) y el tiempo puso todo en su sitio. El rey Pablo recibió una carta de su suegra disculpándose y todos esperaron a que las aguas se calmaran.

Dos años después llegó la oportunidad de olvidar públicamente aquella jugarreta de la princesa Victoria Luisa a su hija: viajó hasta Atenas para consolar a Federica en el funeral de su esposo. Al fin y al cabo, la princesa alemana sabía de primera mano lo doloroso que era perder al hombre de tu vida.

Ese mismo año, en el mes de septiembre, Victoria Luisa se convierte en una de las invitadas de honor en la boda de Constantino de Grecia y Ana María de Dinamarca . Pero, genio y figura ante todo, para la ocasión lució la tiara de diamantes Brunswick , la misma que había escamoteado a la mujer de su heredero.