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Regreso a Cuenca: por qué tienes que ir a ver la exposición de Carmen Álvarez-Coto

La pintora Carmen Álvarez-Coto ha vuelto a Cuenca y nosotros con ella. Porque nos encanta el arte que desprende esta ciudad antigua herida por el Júcar donde la arquitectura se bate en duelo con el vértigo. Es pura abstracción. Se ve hasta en los bares.

La pintora Carmen Álvarez-Coto en una foto de su cuenta de Instagram, / instagram @carmen_alvarez_coto

Ángeles Castillo
Ángeles Castillo

Cuenca, tan fabulosa ella y tan soñada. Como un Monte Saint-Michel castellanomanchego. La soñó el pintor Fernando Zóbel , a quien debemos el Museo Abstracto, que fue un boom en la época, y la sigue soñando su colega Carmen Álvarez-Coto (Madrid, 1955), que ha vuelto a la ciudad del Júcar para contarlo.

Lo ha hecho con un equipaje de cincuenta pinturas, dibujos y estampas que dan fe de su trayectoria pictórica a lo largo y ancho de medio siglo. Porque a nadie ha dejado indemne el vértigo de esta hoz ni su desafiante arquitectura. Y mucho menos a los artistas.

La exposición se llama « Carmen Álvarez-Coto: de regreso a Cuenca (pinturas y dibujos 1967-2024» y podrá verse hasta el 29 de septiembre en el antiguo convento de las carmelitas, hoy Centro de Arte Contemporáneo de la fundación que lleva el nombre de Antonio Pérez, imprescindible agitador cultural. Precisamente frente a la casa que compartió durante casi 30 años con su marido, el también pintor Florencio Garrido, impulsor de la floreciente Facultad de Bellas Artes.

Cartel de la exposición de Carmen Álvarez-Coto en Cuenca. / Fundacionantonioperez.com

No hay que olvidar que esto fue un hervidero artístico en los años sesenta y siguientes, que aquí se cuajaba la abstracción y se cocía la vanguardia como si tal cosa: Gerardo Rueda, Antonio Saura, Manolo Millares... Carmina, como la llaman los suyos, lo probó y lo sabe. Solo hay que ver sus lienzos cabalgando sobre los muros y los colores entrelazándose, habiendo desplegado sus alas los pinceles hacia la abstracción, aunque fue alumna de un hiperrealista como el gran Antonio López.

Porque a Cuenca no solo se va a ver las Casas Colgadas, que son y serán un olimpo, ni a darle la vuelta a la redonda y cruzar el puente de San Pablo, que salva la hondura del Huécar, haciéndose afluente, para colarse por la puerta grande en el Parador de Turismo, levantado sobre el viejo convento. A Cuenca también se va y se viene a cuenta del arte y de aquel grupo que voceó su nombre por el mundo.

El teórico y crítico de arte Alfonso de la Torre, que oficia de comisario de la exposición, desgranando la poética de Álvarez-Coto, lo cuenta a las mil maravillas aireando anécdotas. Como cuando hubo despedida al visionario Zóbel en la primavera de 1984 en casa de Carmen, «en aquella hermosa vivienda en la Plaza del Trabuco número nueve», vecina de José Guerrero, otro granadino universal, que hasta tuvo contacto con Pollock. Los modernos -hay que decirlo- de la época. No en vano fue llamado «el promontorio de los pintores». Ellos a su modo lo colonizaron.

No se verán de igual manera los cuadros de la artista cuando se sepa que en aquella residencia desde la que «la creadora verá los pájaros en pleno vuelo» habitaban también los «Cursos de la Bauhaus» de Kandinsky y los «Diarios» de Klee, y uno se desplazaba de un golpe desde el medievo de la Cuenca antigua al siglo veinte, citando al conquense Juan Ramírez de Lucas. Carmen Álvarez-Coto pinta allí, recuerda De la Torre; más concretamente, «se afana en el piso inferior encumbrado que resulta como un nido en el paisaje». Buena lírica para estos tiempos.

Sí, Cuenca es en sí misma una ciudad encantada (ahora en minúscula). Por sus «rascacielos» de hasta doce pisos, salvando las distancias, en el mágico barrio de San Martín, por su catedral, su plaza Mayor y sus casas de colores, siempre convocando a los artistas y brindándoles inspiración.

Es el caso de Carmen, pintora incansable, cuyo trabajo Francisco Calvo Serraller definió como «de una belleza misteriosamente serena», trabado a la luz de Oriente, de las vistas y las aguas conquenses -cita el comisario de la exposición-, de los maestros antiguos, del amor a los materiales de pintura, de todo el arte moderno que se estaba fraguando en Nueva York en aquel momento, de la levedad y finura del dibujo, y de la inmensidad envolvente del paisaje.

En sus cuadros, las aguas corren, el mar se embravece, las luces se encienden y se apagan como en una cantiga de amor, la naturaleza se impone, las nubes pasan, hay algo que se arremolina y sucede un temblor que agita las praderas. Mirar fuera para verse por dentro. El arte siempre resultó una terapia mucho antes de las terapias. Así es Álvarez-Coto.

En cuanto a la exposición, toda una lección de expresionismo abstracto. Como curiosidad, sus grandísimos lienzos cuelgan en el Palacio de la Moncloa, en el Palacio de Fomento del Ministerio de Agricultura y en la colección BBVA. Y como curiosidad también, en Cuenca hay nada menos que diez museos y no solo de pintura. También la cerámica tiene trabajando a las musas 24/7.

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